Caroline y Jim decidieron darse una oportunidad. Y se aliaron con el destino: Los tres se fueron a vivir juntos. Como el amor triangular solo luce en el arte, buscaron una canción. Lou Reed se dio por aludido. Y, entonces, fueron cuatro.
“Berlín” se convirtió, pues, en una comuna donde practicar una lucha desenfrenada por la Vida: pasión y entrega hicieron temblar los cimientos de su hogar. Pero la comunidad de vecinos, celosa de su fulgor doméstico, pronto tomó cartas en el asunto. Y desahució al destino por ser tan imparcial. Caroline y Jim, a quienes la casa ahora se caía encima, empequeñecían minuto a minuto. Y Lou, que necesitaba emanciparse, les abandonó también. Se sintió culpable y, por ello, les dedicó un disco entero.
«Desde Berlín” es un homenaje a ese romance musical que embellece con una puesta en escena deslumbrante la turbiedad atmosférica de la obra de Reed. Nos lo hace más digerible. Y, por ello, pierde sentido. Andrés Lima dirige a unos esforzados Pablo Derqui y Nathalie Poza y les hace protagonizar un videoclip de larga duración que recree el amor autodestructivo entre una puta gafe y un desequilibrado mesías de una felicidad pasajera. Nos impacta la pirotecnia escénica que casi desvanece las sombras de los protagonistas. La elegancia con que ambos deslizan su esfuerzo entre fragmentos musicales estelares y estrellados episodios argumentales. Pero no podemos socorrerles porque nos resulta muy difícil conocerles. Es tanto el respeto a la obra de Reed (o, tal vez, la admiración) que sienten los artífices de este espectáculo que no son capaces de dotarle de entidad propia. Cuando una historia respira en una serie de canciones, los acordes son su aire y las letras, los pulmones.Si la historia viaja a un recipiente teatral, pide un desarrollo argumental y que sus personajes maduren una personalidad propia construida a partir de la progresión dramática.
Aquí distinguimos sensibles momentos gracias a la verosimilitud de Derqui para combinar ternura y fatalismo (ya nos lo demostró en “Roberto Zucco”), a la clase de Poza (que ofrece su mejor registro expresivo cuando canta) y a un trabajo luminotécnico fascinante (el momento en que él evoca a su amada, una Reina para él, una presencia macabra para todos los demás). El conjunto, no obstante, carece del brío o la esencia que un experimento como este pretende.
Seguro que si os digo que la vida se puede reducir a una obra de teatro, la mayoría de vosotros pensaríais que probablemente sí, que con una buena obra de teatro todo es posible. Pero si os dijera que la vida se puede reducir a una partida de cartas, y más concretamente a una de póker, posiblemente me costaría más convenceros. Pues bien, este es el objetivo de Julio Manrique, que con el estreno de La partida nos presenta un esbozo de la vida de varios hombres marcadas por las figuras del póker.
La obra nos sitúa en el restaurante Carta, regentado por Esteve (Ramon Madaula), en el que todos los sábados por la noche se organiza una timba de póker en la que participan él mismo; Carles (Oriol Vila), su hijo; Santi (Joan Carreras), el cocinero y Maxi (Marc Rodríguez) y Frankie (Andrew Tarbet), los dos camareros del local. Pero esta noche se apunta a la partida Ash (Andreu Benito), un jugador profesional con el que Carles ha contraído una fuerte deuda de juego, lo que convertirá la velada en una partida en la que los miedos, las frustraciones y los sueños se cambiarán por fichas de póker.
Manrique nos propone una disertación teatral sobre la vida de un grupo de hombres marcados por el fracaso y la desorientación, una temática muy al gusto del director, y que ya tratara en obras como Coses que dèiem avui, montaje a partir de textos de Neil LaBute y American Buffalo de David Mamet, ambas estrenadas inicialmente en el año 2010 y de marcado cuño norteamericano. Por lo que hemos de tener en cuenta que la historia que da forma a la obra no pertenece tanto a nuestra realidad mediterránea como a un mundo de marcada origo estadounidense, en la cual el juego y el póker se vive de una forma muy diferente a la que estamos acostumbrados la mayoría de nosotros, aunque esto es algo que internet está empezando a cambiar.
La partida nos muestra un retrato de 6 hombres marcados por la tragedia o la derrota que aunque intentan mantenerse firmes sobre suelo resbaladizo, no consiguen darle un sentido estable a su existencia y en la que la esperanza toma la forma de una partida de póker en la que lo pueden ganar o perder todo y donde la victoria de uno siempre supone la derrota de los otros.
El escenario donde se jugará la partida nos muestra la sala del restaurante y la cocina, pero en esta ocasión la escena del Romea sale de su ubicación habitual y se ubica en el espacio central del teatro, rodeado a banda y banda por las filas de espectadores. Si bien más tarde este doble escenario sufre una metamorfosis que lo transforma en el sótano en el que se jugara la partida que da nombre a la obra.
Como os decía las experiencias individuales que nos narra la obra son lejanas y singulares, aunque poseen, creo yo, la fuerza necesaria para hablarnos sobre la vida en pleno siglo XXI, en la que los sueños y las esperanzas dependen muchas veces de factores en gran parte incontrolables o que no sabemos controlar. Para explicarnos todo esto Manrique utiliza a un grupo de actores que destacan por su buen hacer, y que encarnan de forma mimética a los personajes diseñados por Marber. Ramón Madaula da vida al propietario del restaurante que intenta proteger y a la vez controlar al resto; Joan Carreras interpreta a Santi, capaz de jugarse hasta el último euro en la partida; Marc Rodríguez encarna al típico soñador atolondrado que no es consciente de la realidad que le rodea y que en parte nunca ha dejado de ser un niño; Andrew Tarbet da vida al segundo camarero del restaurante, de paso por Barcelona y en cuyos sueños no aparece nadie más que él; Oscar Vila interpreta a Carles, el hijo de Esteve con graves problemas de adicción al juego y capaz de vender a familiares y amigos con el objetivo de saldar sus deudas. Por último Andreu Benito encarna al jugador profesional sin escrúpulos que hará lo necesario para recuperar su dinero. Un elenco teatral sin duda de primera.
Sin embargo a la obra le falta principalmente ritmo, tanto en la primera parte de la representación, en la que se presenta a los caracteres y las situaciones y sobre todo en la segunda, donde a veces la partida parece interminable. A lo que se suma el hecho de que la obra nos dice pocas cosas que no sepamos y que no podamos corroborar en nuestras experiencias personales.
A pesar de ello La partida mantiene su poder de convocatoria y su fuerza de espíritu gracias al altísimo nivel en el que se mueven los actores, entre los que destacan Madaula y Benito, y por la creación de una realidad escénica que a veces parece que no avance y que forme parte de un limbo existencial en el que los protagonistas se hallan atrapados y del que no pueden huir, un efecto potenciado además por la música y los efectos sonoros. Una partida, en definitiva, que vale la pena jugar, aunque para ello debamos apostar con una mano que no nos garantiza el éxito final.
«La partida» se representa en el Teatre Romea del 2 de julio al 3 de agosto de 2014.
Autor: Patrick Marber
Traducción / Adaptación: Cristina Genebat
Dirección: Julio Manrique
Reparto: Ramon Madaula, Joan Carreras, Marc Rodríguez, Andrew Tarbet, Oriol Vila y Andreu Benito
Escenografía: Sebastià Brosa
Vestuario: Maria Armengol
Iluminación: Jaume Ventura
Espacio sonoro: Ramon Ciércoles
Producción: Grec 2014 Festival de Barcelona y el Teatre Romea
Horario: de martes a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 18:00 y a las 21:30 horas y los domingos a las 18:00 horas. Precio: 17 – 27 € Duración: 120 minutos Idioma: catalán
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Te quiero a pesar de tus boludeces, que son muchas.
Te amo pero me ahogo cada vez que me acercas al pelotudo compromiso.
Somos Laura (ingenua, tierna y nada rencorosa) y Steven (tiburón, inmaduro y manipulador impenitente).
No podemos vivir el uno con el otro.
Así que metámonos en este tentador quilombo de la vida en pareja.
¿Queréis conocernos en el ring?
Gabriel Beck, ese loco a quien nadie lograba poner la camisa de fuerza en el Teatre Romea hasta hace unos días, acapara honores ahora en La Seca recurriendo a un doble juego: Dirige y protagoniza “Ocho veces te dejo” un producto refrescante escrito por ElviraGómez de pequeñísimo formato para dos boxeadores emocionales, un árbitro narrador que anima los asaltos y una grada de espectadores ávidos de invertir el KO inevitable en apañado OK.
Lo que Beck ha organizado no es más que un nuevo ejemplo del inestable paisaje sobre la convivencia semimatrimonial entre Adán Con Taparrabos y Eva Oculta En La Maleza Del Deseo, La Constancia y La Prudencia. O sea, que no nos vale como hembra turbadora ni malintencionada. De este modo, su Machito puede tomar el fruto prohibido directamente. Y lo hace en forma de rupturas múltiples. Para coleccionar después reconciliaciones victoriosas.
La trama de Gómez es convencional y está trufada de lugares comunes. Así puede soltar su incontinencia expresiva y facilitar a su compañera (sensible María José Cordonet Castagneto) una apetitosa delicadeza interpretativa. Gabriel, además, exhibe con soltura un carisma escénico agradecido. Y finalmente obtiene sus mejores resultados cuando los personajes interactúan con el conspicuonarrador (algo envarado Lautaro Correa) deteniendo la acción para analizar su transcurso, los efectos del juego escénico y despertar de vez en cuando al público del letargo canicular.
Las continuas situaciones jocosas que provoca la transformación del narrador omnisciente en interlocutor de los díscolos Laura y Steven señalan momentos hilarantes y airean el discurso apolillado de la historia. Esto, junto a la simpática química (si la ciencia se congraciase con la empatía emocional) que desprenden los protagonistas, distinguen las ocho veces mencionadas de tropecientas rupturas exhibidas en los escenarios del Mundo y de millones de tragedias familiares domésticas.
Mi grabadora debería repostar combustible. Algo le impulsa a pasar de largo. Tal vez no desee constatar que no sabe hacia dónde circula.
La mirada semioculta de Carla, el desafío ocular de Alejo y los ojos incautos de Silvia Delagneau, la tercera en concordia
¿Qué es “El tiempo inmóvil”?
Alejo: Un monólogo interior de un personaje atrapado en la tarima de un teatro que constituye, al mismo tiempo, un diálogo constante con el espectador. Y tiene un componente casi “performático” muy cercano.
Carla: Mezcla lo audiovisual y el trabajo actoral y eso es poco frecuente en un escenario. Nuestra propuesta estética es muy contundente.
La protagonista resulta muy humana.
C: Enseña sus miserias y eso provoca ternura en el espectador. Y podemos reconocernos en su parte torturada. Por ese dolor que siente.
¿Qué le pasa?
C: Tiene una realidad que no le gusta nada y trata de huir de ella de muchas maneras sin lograrlo. Porque algo le inmoviliza dándole en la cabeza continuamente. Entonces, para salvarse, juega a imaginar.
A: Está encerrada en una cabina de peaje de autopista, artefacto que representa el interior de su cabeza. Al final, se rebela matando a una parte de ella misma.
Sentenciada por Beckett y liberada finalmente por David Lynch
A: Nuestra propuesta comparte con Beckett que transcurre en un no-espacio y no-tiempo. Oímos y visualizamos su mundo interior, el inconsciente y sus fantasías. Donde tiene un lado muy perverso en el que la sexualidad aflora sin filtros, se manifiesta incluso la violencia, y coinciden lo absurdo, lo caótico y los miedos. Ahí es donde asoma Lynch.
La trama es una ilusión.
A: El teatro suele contar una historia en presente para el público. En cambio, “El tiempo inmóvil” no tiene una estructura lineal. Hay un subtexto que afecta a la protagonista, a quien pasan cosas constantemente pero siempre en lo oculto.
¿Qué significa eso?
A: El público se encuentra de repente con un juego de repeticiones y bucles temporales extraños. ¡Nunca sabe si va hacia delante o si permanece en el mismo sitio! Es como si, al despertar de un sueño, tuvieras que reconstruirlo encajando las piezas en su lugar.
¿Qué está suponiendo para ambos deteneros en este peaje?
C: Los dos hacemos la pieza cada noche: Alejo me va dando inputs y yo, a cambio, interpreto. ¡Representar esta obra es como hacer el amor!
¿Qué estáis aprendiendo con “El tiempo inmóvil”?
A: Hemos sido ambiciosos en lo plástico y hemos comprobado que podíamos hacerlo sin tener recursos.
¿Cómo debe movilizarse el espectador para acudir a vuestro encuentro?
C: Le hacemos una propuesta arriesgada. Así que tendrá que venir sin prejuicios y con ganas de ser sorprendido. Dejando que le lleve la historia.
Recomendadme una obra de teatro que hayáis visto recientemente.
A: “Frontex” de Falk Richter, que se representa en el Teatre Nacional de Catalunya.
C: “El loco y la camisa”, de la compañía Banfield Teatro Ensamble,que podemos ver en el Teatre Romea.
Mi grabadora se detuvo. Y el estremecimiento que sintió le gustó.
Cuando decían que el Mundo era un Valle de Lágrimas, los bufones desempeñaban una tarea privilegiada: Solo a ellos permitía el Monarca decir lo que pensaban. Y, encima, se les recompensaba con carcajadas.
Hoy el Mundo sigue siendo un derrame continuo de pesares. Y seguimos necesitando quien nos obligue a abrir los ojos. Ahora les llamamos “locos”. Pero andémonos con tiento porque pueden aparecer en cualquier parte.
Nelson Valente ha vuelto con su compañía Banfield Teatro Ensamble para dar una nueva oportunidad al público barcelonés de escuchar (quizás también aprender) la lección. Después de su brillante intervención en el Festival Grec del verano pasado, queríamos más. Y tendremos nuestro merecido. Hasta el 8 de junio.
Valente encierra a una familia humilde argentina y suelta entre ellos al hijo menor para que haga de pepitogrillo y desfigure al resto de miembros, pinochos entrañables por lo cercanos que nos resultan y también patéticos por la dificultad de reivindicarse como seres humanos.
Beck sobrevuela el conformismo castrador.
“El loco y la camisa” es una comedia negrísima. Tanto que en realidad se trata de una tragedia. Pero en lugar de perderse por veredas de manierismos folletinescos viaja siempre por un camino muy transitable. El desarrollo de su trama es impecable: Fluye con tanta gracia que los personajes se convierten en nadadores; la presentación de los protagonistas, admirable por su precisión y verosimilitud; la dosificación de la intriga, hitchcockiana (el espectador anticipa la trama y sufre al comprobar cómo se va ejecutando su pronóstico); y la dirección de actores, extraordinaria: Exceptuando algún histrionismo de Carlos Rosas y de Gabriel Beck, el reparto se comporta con tal desenvoltura que recrea algo muy parecido a la vida cotidiana.
Con esta “locura descamisada”, Valente equilibra hábilmente el acontecer de sus monigotes obligándoles a desmenuzar su reseñable humanidad: El padre autoritario vive aislado en un hermetismo atroz; la madre sumisa logra hacer acopio de una rebeldía incipiente defendiendo a su hijo; la hija avergonzada no quiere bajo ningún medio saber quién es; el yerno sin escrúpulos no esperará a subir al trono para imponer a los demás su ley. Y todos ellos, a merced de la mosca cojonera de la función, ese cuerdo tan clarividente responsable de momentos inolvidables como cuando denuncia “Tuve que pegar un tiro para generar una charla en esta casa” después de un disparo imposible o propone jugar a buscar temas de conversación que interesen a todos los presentes, asunto pendiente en casi todas las casas de vecino que se ven “obligadas” a recibir visitas de vez en cuando…
La compañía T de Teatre regresa a los escenarios con Dones com jo, una comedia negra que nos plantea el drama generacional y social de los tiempos de crisis en los que vivimos, una propuesta dirigida por Pau Miró e integrada holgadamente en el sello teatral de la compañía.
La obra da comienzo con el asilamiento buscado por una mujer desesperada. Necesita huir de su vida y de su familia al menos durante algún tiempo. Gracias a la ayuda de una de sus amigas se esconde en el viejo estudio de un abogado. Ante sus ojos la realidad que la rodeaba se ha degradado hasta reventar. Sus amigas no van a dejarla sola y compartirán con ella un momento tan penoso como este. Pero al hacerlo cada una de ellas se dará cuenta de lo precario de sus vidas, una situación que solo podrán afrontar juntas. Será en ese momento cuando les llegue una oportunidad para solucionar sus problemas ante la que tendrán que decidirse. Posiblemente esta sea su última oportunidad.
T de Teatre nos presenta una nueva reflexión que aunque de género es posible trasladar a una generación, como parece indicar su título, e incluso a una sociedad entera, y que no es otra que la perdida de anclajes y objetivos vitales que ha provocado el callejón sin salida social, económico y político que sufrimos tras décadas de falsa democracia. El conjunto de personajes que nos presenta la obra está compuesto por mujeres adultas que han ido fracasando a lo largo de la vida. La primera es una arqueóloga que trabaja limpiando suelos; la segunda es una maestra a la que acaban de echar del trabajo por culpa de los recortes; la tercera, licenciada en biología, trabaja en una cabina de peaje y la cuarta, la que pone en marcha todo el drama, es arquitecta, trabajaba como dependienta en una tienda de la cual la han echado hace poco y se ha visto obligada a prostituirse para hacer frente a las necesidades familiares.
Como ven la construcción de los personajes intenta mostrarnos un reflejo, si bien parcial, del momento socio-económico en el que vivimos y que en muchas ocasiones nos obliga a dilapidar proyectos personales y profesionales a jóvenes y no tan jóvenes. El drama que todo esto representa nos lo relata Pau Miró con un sello inconfundible T de Teatre, es decir, a través de una tragicomedia de género que lleva al espectador de momentos tensos y pesarosos hasta instantes de comicidad que nos muestran el panorama personal de cada uno de los personajes o los frágiles lazos familiares que han sido capaces de crear.
Por ello las protagonistas necesitan un respiro que les permita apropiarse de una reserva de ánimo con la que hacer frente a sus atribuladas vidas reales, un lugar que hallan en el estudio que ocuparán ilegítimamente, que parece suspendido en el tiempo y que perteneció a un abogado fallecido del que nadie reclama ni sus bienes ni su memoria, una muestra dolorosa de la implacable sociedad en la que vivimos.
Dones com jo nos habla, de esta forma, de cosas muy cotidianas y lo hace con la plantilla T de Teatre, esto es, con una estructuración, unos diálogos y una creación de personajes típico de la compañía a lo que hay que sumar una trama que recuerda demasiado a la que dirigió el propio Miró en Els jugadors, en la que un grupo de hombres, bastante más entrados en edad aunque también fracasados, lo arriesgaban todo en un último «golpe» que podía cambiar sus vidas. Así, pues, Dones com jo se podría considerar el sumatorio de dos plantillas teatrales, la de Miró y la de T de Teatre, por lo que en este aspecto no esperen hallar nada demasiado original.
La baza que juega la obra es la del relato que seguro que hará moverse impetuosas las fibras emotivas de muchos, sobre todo a aquellos que están pasando por calvarios parecidos a los que nos narra la obra, una agitación intestinal que fomenta la vinculación del espectador con la historia que se desarrolla sobre el escenario.
Por lo que respecta a las interpretaciones la propuesta no escapa de la plantilla que les comentaba, en la que Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla y Àgata Roca desarrollan de nuevo los roles que ya estamos acostumbrados a ver y que van desde el feminismo agresivo, la ironía despechada, la sensualidad desilusionada o la aspereza transgresora, lo que convierte la propuesta en un episodio más de la serie teatral producida por la compañía, un sello que ha triunfado en los escenarios y en la televisión.
La dirección de Miró se deja ver más en la historia y el envoltorio que en las propias interpretaciones, mostrándonos una escenografía parecida a la de Els jugadors que se va diluyendo a medida que avanza la representación y un ambiente pesaroso que se apodera poco a poco de la obra, salpimentado, eso sí, con momentos de humor, como la descolorida coreografía que las integrantes de T de Teatre realizan al son de la canción de Last Dance de Donna Summer.
Un título de canción que nos recuerda que siempre existe un último baile, una última oportunidad, la de apostar por uno mismo por encima de todo lo demás. Una oportunidad de decirle al mundo que estamos ahí y que vamos a seguir estando pase lo que pase y ocurra lo que ocurra, y que nada puede acabar con la voluntad de cada uno de nosotros de cumplir nuestros sueños y alcanzar la felicidad, por muy dura, cruel y salvaje que sea la realidad que nos rodea.
«Dones com jo» se representa en el Teatre Romea hasta el 18 de marzo de 2014.
Autor y director: Pau Miró
Intérpretes: Mamen Duch, Marta Pérez, Carme Pla y Àgata Roca
Escenografía y vestuario: Alejandro Andújar
Iluminación: Albert Faura
Sonido: Roger Ábalos
Coreografía: Roberto G. Alonso
Producción: T de Teatre
Horarios: de martes a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 18:00 y a las 21:00 horas y domingos a las 18:00 horas. Precio: de 17 a 29 € Idioma: catalán
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Hay ocasiones en las que cuando uno va al teatro se encuentra sobre el escenario no una ficción sobre la realidad sino la realidad misma, traspuesta allí con toda su materialidad, de una forma en la que si uno no estuviera sentado en la butaca y acompañado por el resto de espectadores le costaría distinguir qué es real y qué no lo es. Esto es lo que pasa con Un aire de família, estrenada en el teatro Romea el pasado 7 de septiembre y que, a través del texto de Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri nos permite, cual voyeur atrevido, ser testigos de un día, o más bien una noche, en la vida de una familia cualquiera.
Así, pues, la obra nos muestra la cotidianeidad de una familia durante la cena que comparten juntos todos los viernes. Además hoy es el cumpleaños de Elisenda, por lo que es una ocasión especial. Sin embargo la celebración queda empañada por los problemas y la asfixiante relación que mantienen los miembros de la familia. La madre, viuda desde hace años, nunca ha tenido una buena opinión de los hombres, incluyendo a su difunto marido y a Quim, su hijo mayor. Sin embargo adora a Jordi, su otro hijo, un ejecutivo de tres al cuarto que trabaja en una pequeña empresa informática y que acaba de ser entrevistado en un canal local de televisión. Por su parte Quim ha heredado el bar de su padre, un negocio tranquilo que ha mantenido sin excesivos cambios, aunque una crisis en la relación con su mujer hará que esta noche sea muy diferente a todas las demás. Bet, la tercera hermana, es una chica independiente y con carácter que acaba de ser despedida del trabajo y que necesita concretar algo más la relación que mantiene con Tomàs, el camarero que trabaja en el bar de su hermano. Por último Elisenda, la esposa de Jordi, es una mujer joven, atractiva y con ganas de vivir, si bien cada vez se siente más frustrada en su relación con su marido. Una suma de situaciones y de estados anímicos que llevarán al traste a la cena familiar y que abrirá la veta a las recriminaciones y a las discusiones, todo ello con un indudable aire de familia.
El Romea ha decido dar inicio a la temporada con un drama familiar que sin duda va más allá de los límites de la ficción teatral para presentarnos una biopsia de las relaciones de familia, hecha no con instrumentos médicos al uso sino con buen gusto artístico y teatral. Pau Durà ha apostado, en su primera dirección escénica, por el realismo visceral, proporcionándole a la obra de Jaoui y Bacri la cercanía vivencial que la representación requiere. La acción transcurre en un pequeño bar de barrio en el que las relaciones familiares se ven sometidas a una presión tal que amenazan con la rotura, aunque esta nunca llega a producirse, ya que la familia, cualquier familia, posee la habilidad necesaria para manejar de una forma u otra las tan habituales, a veces, situaciones de tensión.
La obra se construye a través del trabajo coral de todos los actores y actrices que conforman el reparto y con el que hacen suyos unos personajes cotidianos. En verdad que es difícil destacar a unos sobre otros. Si bien, y por edad, cabe señalar las composiciones de Maife Gil como la madre dominante y de escaso tacto dispuesta a decir todo aquello que le pasa por la cabeza sin ser consciente de sus consecuencias; de Francesc Orella como el hijo mayor poco avispado que ha heredado el negocio familiar y de Ramon Madaula como el falso triunfador de la familia protegido por el cariño materno. A ellos se suman Àgata Roca, que encarna a la mujer de Jordi, algo desatendida e ingenua, de la cual se celebra el aniversario; Cristina Genebat seductora es su papel de hija rebelde y con maneras demasiado masculinas para el gusto de la familia y Jacob Torres que encarna al joven camarero empleado en el bar familiar que, a gusto o a disgusto, forma cada vez más parte de la familia.
La fotografía de conjunto es, como les comentaba, hiper-realista y en ella podremos observar a una familia sobrepasada por las circunstancias cotidianas, habituales por otra parte en la vida real, aunque contempladas a través del humor y de la proximidad de unos personajes que hacen que el público se identifique muy pronto con ellos, un sello de los autores del texto Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri. A lo que ayuda, también, una escenografía realista y efectiva lo que permite que el público se familiarice todavía más con la acción que se desarrolla encima del escenario.
Así, pues, el inicio de la programación del Romea nos lleva al teatro para contemplar, como en un contrasentido artístico, la realidad que nos rodea, la que nos envuelve en su fluir diario y la que podemos observar en los establecimientos en los que consumimos, en las calles por las que paseamos y en los salones que habitamos.
«Un aire de família» se representa en el Teatre Romea desde el 7 de septiembre de 2013.
Autores: Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri
Traducción: Alejandra Herranz y Pau Durà
Dirección: Pau Durà
Reparto: Francesc Orella, Maife Gil, Ramon Madaula, Cristina Genebat, Àgata Roca y Jacob Torres
Escenografía: Joan Sabaté
Vestuario: Leo Quintana
Iluminación: Sergio Lobaco
Espacio sonoro: Jordi Bonet
Caracterización: Toni Santos
Producción: Teatre Romea e Intent Produccions
Horarios: de martes a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 18:00 y a las 21:00 horas y domingos a las 18:00 horas. Precio: de 19 a 29 € Idioma: catalán Duración: 1 hora y 30 minutos (sin entreacto)
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Claudio Tolcachir elige el teatro como “la ocasión para mirar en un espejo deformado todas las debilidades, extremarlas y hacerlas salir a la luz”.
E intenta que un vendaval desafíe las cuerdas delicadas del violín.
En un extremo, una historia disparatada que sacude las conciencias de unos seres nada tranquilos en su punto de partida: un joven inútil deseoso de dejar de serlo (el mismo Tolcachir, carismático y aparente) descubre la manera de dar la vuelta a su angustia al verse obligado (literal y violentamente) a crear una nueva familia. Con ello, conseguirá exterminar casi instantáneamente diferencias sociales, culturales y de opción sexual.
Sigamos: el conflicto constante que impulsa dicho protagonista se envuelve con las lazadas de una criada servil y deliciosamente humana (magnífica Araceli Dvoskin, cuyos silencios y breves réplicas salpican de vida este concierto) pero también se enreda con la simplicidad de los demás personajes. Y los nudos consiguientes que forman las interpretaciones del resto del elenco (poco matizadas y tendenciosas en los casos de la pareja de mujeres o bien muy pasadas de rosca en lo que respecta a las “criaturas” más burguesas como la locuaz madre o el psicoanalista farsante) acaban imposibilitando que la resolución vaya más allá del banquete de perdices y felicidad habitual de los cuentos de ¿hadas?.
Todos a la cama y nadie que quiera hacerla.
En cambio, en el extremo de las cuerdas del instrumento citado podemos oír tenuemente el brío de algunos momentos celebrados por una comicidad desprejuiciada que habría supuesto hermosa melodía si la razón de ser de la obra fuese un vodevil o bien una comedia ligera. En estas escenas (el enfrentamiento entre el paciente y el profesional con el diván a punto de salir corriendo; los despertares de la criada a la señora en una alcoba siempre apresurada) sí que vislumbramos el esperpento del que hablaba nuestro dramaturgo y director. Pero para ello nos falta la capacidad de ahondar en el alma y la ironía a la hora de ridiculizar la manera de relacionarse unos y otros en ese mundo tan dispar que Tolcachir pretende acercar a golpe de chiste fácil y equívoco argumental.
por Juan Marea
Del 24 al 27 de julio Horario: jueves y viernes, 20.30 h; sábado, 18 y 21.30 h Descuentos a mayores de 65 años, menores de 14 años, Club Tr3sC, Tarjeta Rosa, Tarjeta Discapacidad y Carnet Jove En castellano Teatre Romea http://www.teatreromea.com/es/showing c/ Hospital, 51, de Barcelona Dirección, dramaturgia: Claudio Tolcachir Intérpretes: Inda Lavalle, Tamara Kiper, Miriam Odorico, Araceli Dvoskin, C. Tolcachir y Gonzalo Ruiz Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez Luces: Omar Possemato Ayudantes de dirección: G. Cordoba Estévez y Melisa Hermida
El Festival Grec ha llegado a Barcelona y con él el calor y el colorido sobre los escenarios de la ciudad condal, con una programación, la de este año, en la que está muy presente la reivindicación social y en la que se han hecho hueco algunas propuestas transgresoras e innovadoras.
Uno de los primeros estrenos del festival lo constituye El veneno del teatro, obra escrita por Rodolf Sirera, adaptada por José María Rodríguez Méndez y dirigida por Mario Gas que nos propone una reflexión sobre la profesión del teatro y nos remite a un debate siempre existente entre la veracidad y la simulación sobre el escenario.
Nos hemos de situar en una gran sala de recepción de una lujosa mansión. Allí, el actor de teatro Gabriel de Beaumont lleva más de una hora esperando a que un enriquecido y presuntuoso marqués le reciba. Tras una pequeña disputa con el extraño mayordomo Gabriel es finalmente recibido por el potentado, que lo ha citado con la voluntad de que interprete un texto escrito por él y que ahonda en la muerte de Sócrates, allá a finales del siglo V a. C. época en la que agonizaba junto a él el modelo de ciudad-estado griega. Gabriel enardecido por la singular proposición acepta el encargo sin sospechar los oscuros propósitos de su anfitrión.
La propuesta de Sirera/Gas nos guía hacia uno de los grandes qués del teatro, la necesidad de la simulación y del artificio para conseguir construir la realidad que se consume encima del escenario. ¿Puede ser una obra de teatro algo más que una suma de impostura y técnicas de actuación que tratan de asemejarse o de copiar a la realidad en la que vivimos?
El texto de Sirera, escrito en 1993, profundiza sobre esta cuestión llevando la representación teatral hasta el límite de sus posibilidades, mostrándonos una situación tensa y angustiosa regada por lo sombrío de la misma, en una propuesta que recuerda en algunos momentos a una obra como La huella, adaptada para el cine por Joseph L. Mankiewicz en el año 1972 e interpretado magistralmente por Laurence Olivier y Michael Caine, en el que el juego entre la verdad y la mentira estaban muy presente. Mario Gas, por su parte, dirige la obra con mano firme pero con la flexibilidad necesaria para que fluyan las personalidades de sus actores protagonistas.
El veneno del teatro nos propone, en un contexto más actual, una reflexión sobre la capacidad de dominio que una minoría adinerada, encarnada en el personaje del marqués, dispone para obligar a aquellos sus inferiores, en este caso un simple pero afamado actor de teatro, a hacer aquello que sus caprichos morales y estéticos le apetecen. Una situación esta que se puede trasladar fácilmente a la actualidad en la que se agiganta cada vez más el dominio sintomático de los ricos sobre los pobres a medida que los mercados y los poderes financieros imponen sus designios sobre la sociedad.
La obra se construye, por otra parte, a partir de una escenografía exigua pero contundente que crea un espacio sobrio y lúgubre, como lo es la trama que se representa sobre el escenario, sintetizada a su vez por las interpretaciones de los argentinos Miguel Ángel Solá y Daniel Freire, cuyo trabajo potencia el tono hiriente de una representación que se convierte en un tour de force entre ambos actores.
Una propuesta, en definitiva, indicada para reflexionar sobre el teatro y sobre la agonía que se transfigura a lo largo de su representación, de la que, no olviden, solo queda una semana de representación.
«El veneno del teatro» se representa en el Teatre Romea del 2 al 13 de julio de 2013.
Autor: Rodolf Sirera
Versión: José María Rodríguez Méndez
Dirección: Mario Gas
Reparto: Miguel Ángel Solá y Daniel Freire
Escenografía: Paco Azorín
Vestuario: Antonio Belart
Iluminación: Juan Gómez-Cornejo
Diseño de sonido y música original: Orestes Gas
Producción: Concha Busto Producción, Teatros del Canal, CLECE y MAJI
Horario: de martes a sábado a las 20:30 horas y domingos a las 18:30 horas. Precio: de martes a jueves 24 – 30 €; de viernes a domingo 26,5 – 31,5 €. Idioma: castellano Duración: 65 minutos
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El pasado lunes en la Librería La Central de Barcelona desafiaba Mario Gas: “Hay que acercarse a Shakespeare con cierta ingenuidad” y habilitaba embarcaciones para “dejarse llevar por el río que propone”.
Cuatro días antes, Montse Vellvehí, aplicada directora, advertía en el programa del X Festival Shakespeare que se trata este acontecimiento de “una acción a favor del momento que vivimos: una lucha a favor de las personas, a favor del pensamiento, del conocimiento y de todas aquellas facultades que nos hacen más humanos y más civilizados”.
Actuemos.
Naveguemos.
Pensamiento el de Moreno Bernardi abriendo el fuego de sus “(H) Works” en la Biblioteca de Catalunya con un solo de danza contemporánea (“7 dances for H.”) en el que un Hamlet atrapado por un mecanicismo coreográfico extenuante no puede liberarse del compás de una voz cuasidemiurga que invoca el dilema existencial de tan atormentado personaje. Y la agitación de su torturado cuerpo parece que en cualquier momento le vaya a destruir a la vez que la actitud de lucha constante evidencian una dicotomía fascinantemente terrenal. Después llegó “RadioHamlet” en el que Bernardi prende fuego a un público extenuado con una lectura dramatizada o conjunción de voces de él mismo, ahora solista de atronadora voz, y su coro (integrado de forma extraordinaria por Jaume Madaula, Ilona Muñoz y Mònica Portillo), que viaja de lo tribal al grito desgarrador convirtiéndose en orquesta vocal por arte y talento de la batuta de Moreno. Este sorprende con la estridencia de su recitado; impresiona con la versatilidad de su voz; y conmociona con su portentosa cadencia. Y Hamlet obtiene inevitablemente una expresividad superlativa.
Micrófonos ardientes
Conocimiento el de Quim Lecina que, con su tríada de musas-brujas, ofrecía en “Big Will Shakespeare!!” deseoso inventario artístico de su carrera profesional, poderosamente influida por la obra shakesperiana. Los cuatro, un piano alegremente excitado, un saxofón que enmudece y enaltece, y un violoncelo nada receloso, exponen con entusiasmo momentos de algunas de las piezas clave del omnipresente William. Como si de un espectáculo de cabaret se tratase, la comicidad y la tragedia se suceden en un ejercicio docente algo pretencioso que ameniza especialmente Montserrat Bertral, con su sugerente voz de mezzosoprano y sus resultones recursos dramáticos.
Humanidad, la de la reconfortante serenidad de Lluís Soler al declamar los “Sonets encadenats de Will Shakespeare”. Cuando Lluís abre la boca, después de ser exquisitamente provocada por la excelencia de los dos violoncelos acariciados por Maria Bou y Marta Roma, todos le consagramos nuestros tímpanos. “Solo si te das a ti mismo sobrevivirás.” susurra Soler. Y él y su público entregado dejamos de ser entidades distintas. ”Solo no serás nada.” prosigue. Ahora somos, juntos, todo. Incluso cuando el juglar de voz ronca y penetrante ironiza sobre la hipocresía del amor de alcoba (“adulados, caminamos”) deseamos arrancar de nuestros lechos cualquier sábana que intercepte el deseo de aprender a amar mejor y a quien se acuesta a nuestro lado. Finalmente, y ya sin posar sus ojos en el papel, el gran recitador que es Lluís proclama la comparación del sentimiento más noble con un faro, aquel que siempre ilumina al ser querido, que para la ocasión es (¿qué duda cabe?) el respetable.
Civilización. También. Esta vez desde el foro del Teatre Romea y bajo los rasgos de Mario Gas, inmenso “Julio César” lanzado a una catarata de conspiraciones por quienes pretenden salvar al pueblo (esto es, de nuevo el público) de un populismo irresistible. Mario reina por encima del histrionismo que lastra parcialmente la puesta en escena de Paco Azorín, demasiado grandilocuente en la interpretación de algunos de los actores así como desmesurado es el obelisco sepultado en medio del escenario y que pretende erigirse en principal símbolo de la grandeza del poder del controvertido emperador. Volvamos a Mario y a su lección de que menos es más: su rotunda corpulencia, su dicción carismática y la frescura de su entonación se magnifican después de ser aniquilado en escena para aparecer proyectado con gesto temible y mayestático y reaparecer después transformado en ambiguo ángel exterminador que no detendrá su venganza aunque para ello no pueda abandonar el más allá. Sergio Peris-Mencheta sabe cómo recoger con firmeza el testigo y su discurso en el Senado desde la piel del sufriente e implacable Marco Antonio es estremecedor.
El augusto Señor Gas cerrará esta crónica con palabras sabias: “Cada época se inventa un Shakespeare”. Pues bien, en estos tiempos tan castigados por el inmovilismo y amenaza constante de perder lo poco que nos dicen a diario que tenemos, hablar del ser humano en un mundo de cambios como hacía el tal William nos permite empezar a doblegar la crisis. Este Festival es prueba fehaciente de ello.