La comunicació és la millor manera de baixar als inferns propis. Quan ens relacionem amb els altres i els prenem seriosament, quelcom dins nostre tremola: Ens adonem que ni som tan feliços, ni tan equilibrats ni molt menys sabem aparentar-ho tan bé als ulls aliens.
Per això, tendim a defugir el contacte amb aquells que podrien amenaçar-nos amb més garanties d’èxit: la parella, la família, els companys de feina i els veïns. De tots ells, ens quedarem amb els primers i amb els darrers.
Aquesta és una història sobre dos que no s’entenen i que trobaran una segona oportunitat quan obren la porta de la seva llar a uns altres dos que viuen justament a dalt i que vénen amb una bona nova.
En Cesc Gay, després d’explorar amb sensibilitat l’univers individual dels sers humans i el boicot propi a la seva realització personal a pel·lícules com “En la ciudad” o “Ficció”, es llença ara la piscina de la comèdia teatral comercial sobre parelletes en crisi seguint el rastre del seu altre film “V.O.S.”. I troba uns banyistes que neden amb bona tècnica: un quartet d’actors continguts (excepte algunes concessions d’en Pere Arquillué a la galeria), expressius i creïbles. L’aigua que els manté a la superficie és un text eficaç (malgrat la seva previsibilitat) perquè tracta novament com la llibertat sexual no només pot alleujar la crispació sentimental, sinó que a més pot arribar a refermar el vincle tan pesant de la parella. I, en aquest sentit, el públic torna a mossegar l’ham: Seguim sent criatures reprimides. No només al llit o sobre la catifa. També a l’hora d’expressar-nos emocionalment. Per tant, ens cal rebre contínues lliçons per aprendre a superar-ho.
Aquests “veïns de dalt” aposten molt encertadament per la vis còmica d’Àgata Roca (magnífica amb les seves onomatopeies i monosíl·labs i el seu tarannà liberal cada cop més destapat), la naturalitat de Nora Navas (graciosa i deliciosa com a progre llibertina), la frescor de Jordi Rico i el carisma de l’Arquillué. La història, plena de moments divertits, no aporta cap novetat al subgènere de la comèdia negra burgesa urbana però té un bon ritme, perquè ni resulta afectada ni barroera. I perd una mica el nord en la seva part final amb la teràpia improvisada, per un afany d’en Gay d’alliçonar un públic que podria arribar també a la mateixa conclusió sense tantes facilitats.
Ya saben que al teatro le gusta tratar sobre muchas cosas, a veces inmerecidas, y en no pocas ocasiones le place reflexionar sobre sí mismo y su acomodamiento en la vida política, social, y económica. Una de estas ocasiones la representa L’art de la comedia, de Eduardo de Filippo, que el TNC estrenó el pasado 12 de febrero, dirigida por Lluís Homar e interpretada por él mismo, Victòria Pagès, Joan Carreras, Lluís Villanueva y Andreu Benito entre otros.
«En una ciudad de provincias italiana, el nuevo prefecto se dispone a recibir a las visitas de su primer día de trabajo. Para distraerse un rato, aceptará escuchar al director de una troupe ambulante que ha perdido su teatrillo debido a un incendio, y que pretende invitarle a asistir a su espectáculo para que el nuevo dirigente, con su presencia, demuestre a la ciudadanía que ese arte aún tiene una gran importancia social. Tras una apasionada controversia en la que político y humorista harán patentes sus desavenencias, el artista se llevará por error la lista de visitas del prefecto, y saldrá por la puerta amenazando con hacer que su familia teatral convierta esa sala de audiencias en una zona de incertidumbre»
Como ven una idea bien labrada que permite a Filippo tratar sobre la ligazón entre la política y el teatro (intensa a veces, vilipendiada otras) y sobre las diferencias que existen entre la realidad y la figuración, en un momento en el que la relación en este país entre el gobierno y la cultura se ve contaminada por una política desubicada que incluye la subida del IVA cultural al 21% con las nocivas consecuencias que esta medida ha provocado en el sector. El TNC, Homar y Filippo se alían de esta forma para dar un espaldarazo al teatro igualándolo a la política y aún más, a la misma realidad, ya que nunca sabremos con certeza, aunque lo podamos intuir, si la retahíla de personajes y situaciones que desfilan ante el nuevo prefecto son personas reales o personajes ficticios, lo que crea la fuente de humor, crítica y reflexión que posee la obra.
Sin embargo, L’art de la comedia, que juega en su título con la inversión del término Commedia dell’arte, no es una obra equilibrada del todo, lo que la convierte en una propuesta irregular. La obra se divide, así de primeras, en dos grandes secciones. La primera, como presentación, nos permite presenciar la conversación entre Campese (un bravo Homar) y el prefecto De Caro (Carreras), en la que veremos cuál es la opinión de cada uno sobre la relación entre el teatro y la política. Un acto este que se extiende en demasía, es en parte iterativo y le roba parte del ritmo a la obra.
A lo largo de la segunda parte podremos observar como toda una serie de personajes hilarantes y/o con ideas descabelladas, se suceden al otro lado del escritorio del prefecto, desquiciando progresivamente a la autoridad, que no podrá saber nunca si lo que está pasando ante sus ojos es realidad o ficción, algo que en sí mismo habla de lo sublime del artificio teatral. En esta segunda parte, por desgracia, la representación es muy irregular y la comicidad a veces escasa, excepto en la historia narrada por Mosén Salvati (Andreu Benito) que le sabe dar a su historia el humor que necesita el personaje.
Como prueba del artificio teatral la propuesta de Homar ha optado por permitir al público ver el truco existente en la obra misma, a través de un escenario y de un vestuario que se van construyendo poco a poco con la ayuda de los integrantes de la compañía, una opción que sorprende inicialmente al espectador, pero que después se convierte en un recurso algo repetitivo y acaba dejando un escenario extraño y difuso. Por lo que respecta al trabajo de los actores y actrices, se debe destacar a Homar y Carreras en la primera parte de la representación, y a Benito en la segunda, aportando a la obra el único acto de verdadera comicidad a la representación.
L’art de la comedia es, por otra parte, una obra que se entiende en un autor como Filippo que vivió toda su vida en el seno del teatro, ya fuera en la compañía familiar o, posteriormente, en sus propias compañías, circunstancia que no solo le permitió dominar la ficción propia del teatro, sino conocer en su misma persona la relación de este con la política y con la vida.
Como ven L’art de la comedia nos permite, de nuevo, reflexionar sobre el teatro, en esta ocasión sobre su vinculación con la política y la subvención pública, y la consideración que la autoridad tiene de la cultura y, más concretamente, de la profesión teatral. Puede ser que muchas cosas hayan cambiado desde la redacción de esta obra en el año 1964, aunque parece que la cultura siempre queda en un segundo lugar en referencia a las cosas importantes de esta vida. Un acierto, un error… todo depende del punto de vista des del que se mire.
Autor: Eduardo de Filippo
Dirección: Lluís Homar
Traducción: Xavier Albertí
Reparto: Lluís Homar, Pau Viñals, Victòria Pagès, Joan Carreras, Lluís Villanueva, Roger Casamajor, Andreu Benito, Mar Ulldemolins, Oscar Valsecchi, Eduard Muntada y Quimet Pla
Escenografía: Lluc Castells y Jose Novoa
Vestuario: Nina Pawlowsky
Iluminación: Ignasi Camprodon
Sonido: Jordi Bonet
Caracterización: Toni Santos
Horarios: miércoles y viernes a las 20:00 horas; jueves a las 17:00 horas; sábados a las 17:00 y a las 21:30 horas y domingos a las 18:00 horas Precio: 28 € / Disponibilidad de descuentos Idioma: catalán Duración: 2 horas y 10 minutos
Pues muy fácil: Sacándolo con decisión y dejando pasmados a cajeros propios y extraños. Pero antes, habrá que ver cómo se nos ocurre. Eso es lo que Quique Culebras describe en su texto: El proceso de emancipación de una sujeta mediocre que no encuentra otro modo de escapar de la insatisfacción que convirtiéndose en delincuente.
Y no se trata de una cuestión crematística: El dinero no hace la felicidad. Porque la cortejada señorita reclama otra clase de mimos. Como el tener agallas para lanzarse al vacío desde el precipicio de lo cotidiano. Como el asumir que formar parte del rebaño no garantiza más que aprender a balar.
En “ATRACAR UN BANCO CON UN BOTE DE LACA”, nos reímos de lo inquietante que puede resultar sentirnos observados. Y hasta podríamos sentir lástima de nosotros mismos por ser poco más que el objetivo de quienes observan con ánimo fiscalizador. Pero, en resumidas cuentas, y a pesar de la pretenciosidad con que Culebras presenta su historia (como si se tratase de un experimento sociológico sobre miradas subjetivas conformando realidades plurales), la obra es un entretenido monólogo para actriz resultona y público impresionable.
En esta ocasión, Jorge Salinas revisita la propuesta y apuesta por la versatilidad de Sole Israel, cuya humanidad en escena es doblemente valiosa: enternecedora y cáustica. Cincómonos Espai d’Art se pone a los pies de la entrega de Israel y de una puesta en escena con matices a cargo de Salinas.
La Soledad que se redime en el escenario.
De todo el despliegue de capas que muestra y oculta la aspirante a limpiadora de sucursal bancaria protagonista, nos impactan sus enfoques televisados, de un halo seductor muy sugerente. Nos traslada a su espacio el momento en que llega al lugar de los hechos, haciendo una cola interminable que es un ejemplo de concisión escénica. Nos divierten los comentarios escépticos de la desdichada cuando se ve envuelta en una masturbación-homenaje a su triste figura. Y nos sobran los llantos existenciales por su poca verosimilitud sobre el papel.
Y es que a este divertimento a laca armada le basta y sobra su anécdota argumental: fresca como un fogonazo de aerosol; aparente como el efecto que causa sobre las cabelleras maltrechas; y con efecto de fijación relativa, la que agradecemos que se quede con nosotros durante la función y que luego se evapora alegremente cuando salimos de la sala para planear nuestros propios atracos…
Mirem per sentir-nos millor: La realitat se sotmet a la nostra pupil·la. Si tanquem, però, els ulls tornarem a estar perduts: Ens convertim en sers desvalguts a mercè del que la Realitat real vulgui fer-nos.
Fa uns cinquanta-cinc anys, un director de cinema va desafiar la vista dels espectadors que encara no entenien la importància de reunir-se en una sala de projeccions a les fosques amb el pretext de veure una pel·lícula. En Michael Powell va insultar la miopia del públic amb “Peeping Tom”, una obra que encegava amb un noi obsessionat per crear un entorn on la por fos la conseqüència directa de ser observat.
L’Alícia Gorina va presentar a La Seca-Espai Brossa un espectacle teatral que trasllada la premissa del protagonista de “Peeping Tom” a dues plataformes encara més estremidores que el Setè Art: el teatre i la reflexió crítica sobre aquest. Del que es tracta és de simular una reunió de treball entre un prestigiós crític (l’inacabable Àlex Gorina) i la directora que el farà debutar en un experiment artístic per parlar, precisament, del film de Powell. Tot plegat, que a priori podria semblar un exercici recargolat pretensiós, en mans de l’Alícia esdevé un magnífic exemple de fet escènic d’una riquesa semàntica admirable.
Primer de tot, perquè la directora demostra que el procés creatiu pot arribar a tenir tanta entitat per si mateix que no requereix mostrar un resultat final. La passió de l’Àlex i la desimboltura de la Patrícia Mendoza (la falsa directora) són elements actius de valor sorprenent.
Després, l’habilitat del dramaturg Ferran Dordal per a construir subtilment una història de suspens protagonitzada per uns personatges que semblava que només havien de ser uns instruments narratius és esfereïdora: L’espectador alterna els papers de víctima i botxí, segons si es limita a esguardar el que no succeeeix a l’escenari o si bé, en canvi, adopta el rol de “voyeur” sense embuts. Perquè, al capdavall, ¿hi ha res de més morbós que mirar com els altres es veuen obligats a prendre decisions que no afectaran el que els mira?
També ens ensenya l’Alícia la multitud de punts de vista per representar una ficció: Els seus actors es filmen entre ells i, fins i tot, destrueixen els límits del fals plató per a identificar-lo amb el propi espai escènic.
Deixo per al final la part més inquietant: La por novament es converteix en el personatge central: El temor de l’Àlex de quedar-se sol a escena sense haver assajat quan el que s’espera d’ell és que sigui ell mateix davant de la càmera; l’amenaça de l’Alícia que posa en perill un cop i un altre la confiança de l’Àlex; i el desconcert de nosaltres, que haurem d’acabar participant espiritualment en una litúrgia consagradora de la carn cinèfila i la sang que brolla d’aquells que fan, de l’anàlisi de la Realitat, Art joiós.
Per Juan Marea WATCHING PEEPING TOM es va representar el 10 de març a la Seca-Espai Brossa de Barcelona.
Como ya sabéis, las obras y los espectáculos de base histórica que se realizan en la actualidad, tanto en el cine, en la televisión, como en el teatro, pretenden revisar, normalmente sin los conocimientos y las aptitudes necesarias, figuras claves de la historia, para acercarlas y hacerlas más inteligibles a los públicos de hoy en día, ávidos de poca reflexión y mucho entretenimiento. Y sabéis también que en Culturalia nos gusta especialmente reseñar este tipo de espectáculos. Hoy es por tanto el día de El testamento de María, el monólogo teatral estrenado en el Teatre Lliure de Montjuïc, escrito por el irlandés Colm Tóibín, adaptado y dirigido por Agustí Villaronga e interpretado de forma magnífica, por Blanca Portillo.
Asistimos, pues, a un monólogo intenso que nos permite acceder a la mujer que existió tras la figura de la María «Madre de Dios» cristiana y que nos muestra cómo vivió los episodios mesiánicos protagonizados por su hijo. El Testamento de María es una pequeña gran obra. Pequeña por su formato, ya que, en verdad, tan solo necesita a Portillo para su realización, y grande porque hace bien lo que se propone, y os puedo asegurar que la reconstrucción histórica en general las más de las veces fracasa en sus intentos.
Y con eso no quiero decir que la obra sea un testimonio histórico real de la mujer, ni mucho menos (de la que, por cierto, fuera de la Biblia, una obra de carácter no histórico, no sabemos nada), pero el esfuerzo hecho en la escritura del texto es inteligente, consistente y en parte prudente, aunque en algunos momentos juegue con la polémica. La obra, además, está dirigida por Agustín Villaronga, autor de un éxito de cine histórico reciente como Pa negre (2010) ambientado en la posguerra española. De ahí que la construcción del personaje hecho entre él mismo y Blanca Portillo, nos permita acercarnos a una dimensión humana «posible» de la «Madre de Dios».
Por lo que respecta a Portillo, cabe decir que la actriz está esplendida, tanto en la interpretación como en la en la recitación del texto, trasladando al espectador a un drama que la «interfaz» católica nunca ha permitido que fuera visto. María teme, María duda, María llora y María huye, todo ello a través de la interpretación y del cuerpo, que aunque físicamente no se asemeje demasiado al estereotipo establecido en la imaginería cristina, invade de emotividad al público, sobre todo en algunos momentos del monólogo, como el de la Resurrección de Lázaro o la Crucifixión de Jesús.
La María de Portillo es un portento que nos permite conocer la «pretendida realidad» que existió detrás de la María del Nuevo Testamento, aunque la historicidad del personaje sea ficticia. Tóibín juega, además, con la polémica al tratar de una forma irreverente alguno de los episodios de la vida de la «Madre de Dios», ya sea la paternidad de Jesús, la huída de la propia María tras la muerte de este en la Cruz y sobre todo, su «apostasía», al acabar en la ciudad de Éfeso protegida por los apóstoles adorando una imagen de la diosa pagana Artemisa. Algo indemostrable, por otra parte, pero consistente si repensamos la vida de María desde un punto de vista más realista y actual como lo hace Tóibín. Son materia de reflexión, además, la acusaciones que realiza varias veces María a lo largo de la representación sobre la veracidad de los hechos narrados en el Nuevo Testamento, una crítica, sin duda al peso de la Iglesia a lo largo de la historia e incluso en la actualidad.
Un punto negativo de la propuesta es la composición de una escenografía, obra de Frederic Amat, que no acaba de conectar con el espíritu minimalista de la obra y con lo que quiere comunicar. Una des-conexión que le hurta más bien poco a la magnificencia de un texto esplendoroso, una dirección firme y considerada y una interpretación de una calidad que no hallamos habitualmente sobre los escenarios. Portillo es, por otra parte, el alma de la obra, y la que influye de forma decisiva en el resultado final de la misma, rompiendo en varios momentos la barrera entre público y actriz.
El Testamento de María es un intento atinado de acercarse a los contornos y los sentimientos de la Madre de Dios, algo de por sí imposible siquiera de imaginar para la mayoría, en un siglo, el XXI, que no acepta ninguna figura consagrada por la historia y/o la religión, y que se esfuerza por desvelar sus fueros internos aunque sea a partir de apuntes e hipótesis nimias. La diferencia, aquí, reside en la calidad del conjunto, el texto, la dirección y como envolviéndolo todo, la interpretación de Portillo.
Autor: Colm Tóibín
Adaptación y dirección: Agustí Villaronga
Intérpretes: Blanca Portillo
Traducción: Enrique Juncosa
Escenografía: Frederic Amat
Vestuario: Mercè Paloma
Iluminación: Josep Maria Civit
Sonido: Lucas Ariel
Música original: Lisa Gerrard
Producción: Testamento, Grec 2014 Festival de Barcelona, INAEM – Centro Dramático Nacional y Avance – Producciones Teatrales
Horarios: de martes a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 21:00 horas y domingos a las 18:00 horas. Precio: 29 € / existencia de descuentos Idioma: castellano Duración: 1 hora y 15 minutos (sin pausa)
El Circo Carrusel está deseoso de empezar la función. Lo malo es que no hay público que quiera girar con sus monstruos. Será que pasó su momento. Mas no por ello cejan en su empeño. El programa se nutre de la ternura con que malvive la compañía bajo una carpa aislante: El espectáculo debe continuar, sí, solo que no parece haber nadie dispuesto a motivar su arranque. ¿Nos aventuramos a dar un garbeo?
En esta obra de Alberto Rizzo, luce con alarmante peligro la historia de una iniciación. La de un joven de alma cándida preparado para encontrar su “grandiosidad”. Y lo hará en medio del patetismo de artistas olvidados. Probablemente arrinconados por las invencibles descargas de internet, las impertérritas series televisivas y las abductoras aplicaciones de teléfono móvil. ¿Qué más da? Rincones como CincómonosEspai d’art se prestan con generosidad a obrar el milagro.
Aquí se trata de convocar a los supervivientes de un arte otrora capaz de consolar con sus trucos a quienes no necesitaban la credibilidad. Alberto sitúa a su héroe (sensible David Ortiz) en medio de un despliegue de personajes paradigmáticos y, aunque no se atreve a ahondar en sus miserias, los sacude con sugestión en una exhibición de números entrañables. La sangre no llegará al río porque la propuesta funciona, sobre todo, como fresco costumbrista. Para que no perdamos de vista que hace algún tiempo los forzudos no lo eran tanto pero nos gustaba creer en sus bíceps. Que los ventrílocuos podían verse atemorizados por las ínfulas estelares de sus muñecos (inquietante Guillermo García). Que, por debajo de las barbas de la mujer vellosa, podía manar una melodía cautivadora (dulce Laia Pérez). Que para ser malabarista sonreír con esmero era condición casi suficiente. Y que las bailarinas (pizpireta Alba Mesa) se podían erigir en cálidas voces de la conciencia.
El montaje se ve malogrado por un ritmo irregular y la dirección de actores de Rizzo oscila entre el balbuceo y las buenas intenciones. Sin embargo, la atmósfera que envuelve la sala a lo largo de la representación constituye un tentador elemento para desear desdibujarnos en la platea: La mezcla de tiniebla, ensoñación y solidaridad que une al equipo de La Coquera la toman prestada de un lugar del que no logramos escapar por más que nos empeñemos.
Porque la ingenuidad colinda con la picardía. Porque la sencillez a veces se enturbia con la extravagancia. Y, además, porque hay espectáculo cuando antes se causa expectación. Y, en todo esto, Jorge Dutor y Guillem Mont de Palol tenían algo que decirnos.
La 4ª edición deNUEVAS ESCENAS, NUEVAS MIRADAS de La Pedrera incluyó en su estancia la sala de ensayo de ambos artistas, a la sazón escenario. Aunque diré con mayor precisión que el auditorio de la insigne mansión ideada por Gaudí cedió parte de su brillo a las buenas artes comunicativas de este dúo de intérpretes.
Con un ojo puesto intermitentemente en la complicidad del respetable, Jorge se atribuye el rol de payaso serio. Ello no es óbice para que Guillem se deslice convencido a lánguidos pasos. Y, juntos, tientan al espectador con un plan de trabajo tan ambiguo como de adscripción creciente: Sin balbucear, advierten que van a experimentar. Y, mostrando sus ejercicios, intentan viajar hacia la esencia del proceso creativo.
Pero, ¡atención! antes de que empecemos a carraspear ante el temor de un nuevo ejemplo de pretenciosidad narcisista, exhiben una refrescante actitud irónica: ¿Podemos contar algo prescindiendo de contarlo? Claro que sí si rechazamos la intención de sentar cátedra. Por ello, Dutor se detiene con firmeza mientras Mont de Palol se empeña en separarse cada vez más del suelo. A la vez que Jorge llega, Guillem va. Y las consignas que enarbolan los noveleros de principios del milenio adquieren en las chispeantes figuras de estos dos prosaicos bailarines un significado inusual al asociarse a la mínima expresión corporal, al humor jocoso y a una simpatía escénica que se nutre de las ganas de su platea.
John Cage es el “macguffin”, como diría otro provocador constante para desconcierto de James Stewart y donaire de Cary Grant. De lo que aquí se trata es de comprobar una vez más que con la observación (Jorge y Guillem recibiendo sin ambages a su público) se toman apuntes; del desafío al espacio inerte (el acoso y derribo de los cuerpos de los artistas a las paredes de la sala) surgen fronteras apasionantes; y de la mezcla de lo banal (la letanía de vocablos con rima consonante en “ete”) y lo fundamental (el bucle que les arrastra cuando no consiguen encontrar nada concreto con que “empezar” el espectáculo) surgen jugosas vivencias.
De tanto en tanto se estrenan en Barcelona obras de teatro o espectáculos recreativos, que lo único que pretenden es divertir y hacer pasar un buen rato al público. Este es el caso de Pels pèls, comedia-thriller escrita por Paul Pörtner en 1963, dirigida por Abel Folk e interpretada por Jofre Borràs, Àlex Casanovas, Mercè Comes, Pep Planas, Beth Rodergas y Pep Sais, ¡un espectáculo interactivo donde el público tiene mucho que decir!
«Pels pèls es la historia de un asesinato cometido en una peluquería, que implica a todos los protagonistas: el peluquero, su ayudante y los cuatro clientes. Y para resolver el caso, el público juega un papel activo, ayudando a los Mossos d’Esquadra encargados de solucionar el crimen, a encontrar al culpable».
Pels pèls es una obra de éxito mundial. No solo es el espectáculo de teatro no musical con más continuidad en los escenarios internacionales después de La ratonera de Agatha Christie, sino que ha sido traducida a once idiomas recibiendo varios premios, y en Cataluña ha sido representada en dos ocasiones, la primera en el Teatre Victòria, en 1987 dirigida por Pere Planella, y la segunda en 2006 en el Teatre Borràs, dirigida en esa ocasión por el mismo Abel Folk.
Pels Pèls nos propone una comedia-thriller que se convierte en un divertimento interactivo. Como seguro que muchos de los que lean esta reseña ya saben, el público presencia un crimen sobre el escenario. Una vez cometido el asesinato los asistentes se verán obligados a ayudar a los mossos d’esquadra en la reconstrucción de los hechos y más tarde dispondrán de un turno de preguntas para intentar descubrir quién de los cuatro sospechosos, estos es Jofre Borràs, Mercè Comes, Beth Rodergas o Pep Sais es el asesino.
La comedia, así, rompe rápidamente las barreras que la separan del público generando una corriente de participación que convertirá a los espectadores en coparticipantes en el espectáculo. Por lo que los actores y sus interpretaciones han de contar con un alto grado de improvisación, dando pie al público a colaborar, si bien, dirigiendo la obra por las vías del relato establecido.
Nos encontramos, así pues, más ante un espectáculo que una obra de teatro, en el que las aptitudes y las actitudes de los actores y actrices son básicas. De esta forma el reparto realiza un trabajo coral, interpretando a los sospechosos y a los dos mossos que dirigirán la investigación. Encarnando a estos últimos encontramos a Pep Planas, muy acertado en su interpretación de un agente profundamente catalanista y a Àlex Casanovas, el oficial que dirige la investigación y la participación del público en la representación, al que se le nota que aún no ha cogido el tono requerido (al menos la noche del estreno). Por lo que respecta a los sospechosos, Jofre Borràs, Mercè Comes, Beth Rodergas y Pep Sais, todos se muestran muy metidos en sus papeles. Aún así destacan tanto Mercè Comes como Jofre Borràs, que proveen a sus interpretaciones de un gran sentido cómico.
El texto de Pels pèls ha sido actualizado para convertir su trama en algo más cercana a los espectadores del 2015, viéndose la mano del director en el trazado de los personajes y en lo correcto que avanza la trama, teniendo en cuenta que las preguntas y la colaboración de los espectadores pueden ser todo lo singular y sorprendentes que uno se pueda imaginar.
Así que ya lo sabe, si quiere no solo pasárselo bien con una comedia clásica, sino que desea participar en su desarrollo, no lo dude un segundo más. Prepárese a asistir a la representación de Pels Pèls, esté todo lo atento que pueda a lo que sucede sobre el escenario y tenga en cuenta que será el propio público el que realmente decidirá el final de la obra.
Autor: Paul Pörtner
Dirección: Abel Folk Versión: Marilyn Abrams y Bruce Jordan
Adaptación: Guillem – Jordi Graells
Reparto: Beth Rodergas, Pep Planas, Jofre Borràs, Pep Sais, Àlex Casanovas y Mercè Comes
Escenografía: Montse Amenós
Vestuario: Emma Escolano
Iluminación: Jaume Ventura
Espacio sonoro: Jordi Bonet
Caracterización: Toni Santos
Horarios: martes a viernes a las 20:30 horas; sábados a las 17:30 y a las 21:00 horas y domingos a las 18:00 horas. Precio: 24 -28 € Idioma: catalán Duración: 1 hora y 50 minutos aproximadamente (incluido entreacto)
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L’Apocalipsi no ens queda tan lluny. I no em refereixo a l’extinció de l’espècie humana, no. D’això no cal que ens preocupem: Hi arribarem sense gaire esforç. Aquí vull parlar-vos de l’ocàs de l’individu. De tu i de mi i dels que ens envolten. Perquè cada cop que tirem la tovallola, morim una mica. I, quan perdem de vista l’horitzó, que és allò que ens podria fer avançar, la nau on naveguem esdevé l’infern. De nosaltres depèn.
La Companyia La Calòrica s’ha estat embarcant a La Seca-Espai Brossa recreant funció a funció el viatge marítim d’uns elegits fills de les darreries de l’Edat Mitjana. La seva embarcació, sense que ells puguin saber-ho, els porta a la Llum d’una època Moderna. Però ells tenen els ulls embenats amb la seva incapacitat de conviure. I el timó no pot conduir-se sol. La manca d’esperança els aboca a un naufragi segur.
Mes en Joan Yago, autor semivisionari de l’aventura, ha decidit redimir-los. I els ancora als seus estigmes socials per a, després, concedir-los la llibertat: Un bisbe que canviarà els aires de grandesa social per la misèria de sentir-se rabiosament humà (imponent Aitor Galisteo-Rocher); la tavernera que substituirà sensualitat hedonista per l’actitud profètica finalment salvadora (expressiva Júlia Truyol); el poeta a punt de defallir de tant teoritzar sobre l’esperit de lluita (un pèl rígid Toni Guillemat) i un bufó incomprensiblement encarregat de ser el capità i amb crisi vocacional intermitent (àgil Xavi Francés). Fins aquí, la part terrenal, que modelada per les mans del director Israel Solà, creix amb la seva fructífera posada en escena: El ritme escènic alterna el dramatisme distingit amb el brogit popular dels moments festius; el suspens conjuntural amb la bellesa de la reflexió metafòrica. Tanmateix, aquesta nau que desafia la foscor d’una pesta més espiritual que física desplega les veles quan encara el seu cantó més tràgic: La convivència amb la Senyora que només té cites amb qui no les vol (majestuosa Esther López), dotada d’una ambigüitat molt intel·ligent: D’una banda, és aliada melindrosa (quan ajuda el suïcida Klaus a donar-se una segona oportunitat); de l’altra, perillosa rival (quan el termini que corre per a tots està a punt de finalitzar). I la forma en què Yago descriu aquesta lluita acarnissada és d’una elegància inusual. Perquè no cau en esquematismes empobridors. Perquè acosta la tendresa i el manifest. I perquè, a més, unta amb la poesia inherent a la dualitat dels seus personatges el màstil esplèndid d’aquest vaixell amb un lema fascinant: “La millor manera d’arribar a un lloc és no dur cap direcció.”
Per Juan Marea
LA NAU DELS BOJOS es va representar a La Seca-Espai Brossa de Barcelona fins al 22 de febrer.
Ningú va dir que el camí per a un dramaturg incipient seria fàcil, ni molt menys. Estel Solé podria escriure tot un tractat sobre les traves amb què el circuit de teatres convencional va rebre la seva primera proposta teatral; ella, però, lluny de caure en el desànim més absolut, va cercar una solució per a estrenar aquell text que havia modelat conjuntament amb els seus amics/actors, i va trobar en Bárbara Aurell la millor còmplice: ella li va oferir el menjador de casa seva com a escenari improvisat per a la primera representació d’Animals de companyia, un primer èxit al qual van seguir les actuacions en més de setanta pisos arreu de Catalunya i una gira per Centreamèrica, el rodatge perfecte abans del gran premi, l’estrena al Club Capitol, un merescudíssim reconeixement per a aquesta falsa comèdia sobre l’amistat i la solitud que el públic barceloní ha rebut amb entusiasme, exhaurint les entrades en diverses ocasions i convertint-la en una recomanació obligada.
La fórmula de Solé sembla senzilla: un grup d’amics organitzen un sopar amb què celebrar el retorn a casa de la Bet, una jove que ha passat els dos darrers mesos en un centre psiquiàtric. Les bones intencions amb què ultimen els preparatius de la vetllada quedaran sacsejades per la necessitat d’arribar a un acord per a mantenir la mentida –aparentment innocent– amb la qual un dels nois fa setmanes que oculta la realitat a la noia. Sostenir l’engany no serà una empresa fàcil, els quatre amics tindran problemes per a posar-se d’acord en la versió que explicaran, així que serà qüestió de temps que el sopar prengui una deriva terrible i difícil de solucionar, just a mesura que la nit avanci i l’alcohol, inevitablement, comenci a fer estralls en cadascun d’ells.
El plantejament inicial de l’obra pot recordar, en certa manera, el film Petites mentides sense importància, però el cert és que aviat Animals de companyia pren el seu propi camí: comença com una comèdia d’embolics, a estones un vodevil histèric més o menys clàssic, però és en la segona meitat de la funció, amb els primers retrets, quan l’obra es transforma en un notable drama carregat de veritat en què s’evidencia la dificultat per conservar l’amistat quan la sinceritat esdevé un instrument terriblement feridor i que destapa l’egoisme amb el qual sovint tractem els nostres amics, al mateix temps que comprovem que, en el fons, tan sols som animals desemparats que necessitem afecte urgentment. D’altra banda, la trama també posa de manifest que no és fàcil acceptar que mai serem aquell que un dia vam somiar i que els dubtes, inherents en molts de nosaltres, són mals companys de viatge: sovint donem massa voltes per arribar a un lloc i en el trajecte perdem un temps preciós que, per desgràcia, mai recuperarem.
A més, un dels grans encerts d’Animals de companyia el trobem en el seu procés de creació, en què van participar els actors conjuntament amb l’autora de la peça. Aquesta característica potencia la naturalitat amb què cada intèrpret defensa les seves rèpliques, amb un valuós repartiment on trobem Miriam Tortosa, Martina Tresserra i Jacob Torres, però és de justícia destacar la feina d’Eduard Buch i Mercè Martínez, dos grans actors que capten bona part de les mirades dels espectadors: ell en la seva faceta més còmica, amb un memorable monòleg, un discurs marcat per l’alcohol tan divertit com vigorós i en què intuirem com seria la seva vida si tingués tot el valor de què va mancat; per la seva part, ella protagonitza la vessant més dramàtica de l’obra, esplèndida en la seva fragilitat, quan és incapaç de reprimir el plor en adonar-se del poc interès que els seus suposats amics mostren vers ella i els seus sentiments.
Animals de companyia es representarà al Club Capitol fins al 15 de març de 2015.
Autora: Estel Solé
Direcció: Estel Solé
Intèrprets: Eduard Buch, Miriam Tortosa, Martina Tresserra, Jacob Torres, Mercè Martínez
Escenografia: Ramon B. Ivars
Ajudant d’escenografia: Macià Garcias
Il·luminació i so: Bernat Treserra
Vestuari: Maria Armengol
Il·lustració i tipografia: Paula Bonet
Fotografia: Lita Bosch
Assistent fotografia: Berta Vicente
Producció: Carles Roca, Olalla Calvo
Assistent de producció: Violeta Borrell
Construcció d’escenografia: Ricardo Alcaide
Regidoria: Clàudia Flores
Tècnic teatre: Alfons Mas
Disseny gràfic: Eduard Buch
Administració: Teresa Gómez
Premsa: Marta Solé
Distribució: Vania Produccions
Horaris: dimecres, dijous i divendres a les 20:00 hores; dissabte a les 17:30 hores i a les 20:00 hores; i diumenge a les 17:30 hores Preu: de 17 € a 21 € Idioma: català Durada: 1 hora i quinze minuts