El policiaco es un género que suele tomarse muy en serio a sí mismo, así que siempre es una excelente noticia encontrar una novela que, a la intriga habitual, añada con acierto buenas dosis de humor. Ese es el caso de La brigada de Anne Capestan, el debut literario de Sophie Hénaff (Les Sables d’Olonne, 1972), una escritora única capaz de convertir, contra todo pronóstico, a una serie de personajes denostados por sus compañeros de la policía parisina en una brigada de éxito. En su propuesta, Hénaff rechaza recrearse en la violencia que tanto gusta a algunos de sus colegas; ella prefiere emular el estilo de los relatos clásicos que devoraba en su niñez, en el que el misterio era un ingrediente más, junto al humor, la ternura y la simpatía que los personajes despertaban en los lectores, y la verdad es que el cóctel le ha funcionado mejor que bien: este primer libro se convirtió en un éxito en Francia, donde acumuló premios tan prestigiosos como el Polar en Séries 2015, el Arsène Lupin de Literatura Policiaca o el Premio a la mejor Novela Negra Francófona del Salon du Polar, galardones que consagraron definitivamente la fórmula Hénaff.
El punto de partida de esta historia quizás suene algo tópico: una agente es apartada de sus funciones tras una intervención que acabó con el sospechoso muerto. Esa policía es Anne Capestan, la estrella de su generación, con una carrera brillante en la Brigada contra el Crimen Organizado y en la de Menores, pero a quien una bala de más había relegado al más absoluto ostracismo. Tras seis meses suspendida, su mentor le ofrece un nuevo cargo: liderar una brigada de reciente creación, un equipo que trabajará en casos que quedaron pendientes de resolución y en el que acabarán sus días aquellos policías que han sido repudiados por sus compañeros por ser borrachos, chivatos, ludópatas, cenizos, vagos…

Esa especie de pandilla basura, arrinconada en un piso destartalado de la calle de Les Innocents de París, deberá vencer las primeras reticencias para resolver dos casos: el estrangulamiento de una anciana en 2005 y el asesinato de un hombre en 1993. Capestan se erige en la figura perfecta para liderar a un grupo de marginados que se rebelan a su funesto destino, ella sacará lo mejor de cada personaje y conseguirá que entre ellos se establezca una solidaridad insólita. De esta manera, Hénaff, muy hábil en sus descripciones, consigue evolucionar la trama policiaca original en una espléndida historia de amistad, solidaridad y redención en la que se intuye, además, un claro mensaje de justicia poética.
Con La brigada de Anne Capestan se inicia una trilogía centrada en esa comisaria carismática que es Capestan; desde el pasado mes de mayo podemos leer la continuación, Aviso de muerte, y, mientras trabaja en la última entrega, Sophie Hénaff ya puede celebrar que su protagonista tendrá una adaptación televisiva: el canal francés France 2 se ha hecho ya con los derechos para producir una serie de seis episodios basados en esta policía que no deja de dar alegrías a su creadora y a los lectores que ya la han descubierto.
Título: La brigada de Anne Capestan
Autor: Sophie Hénaff
Traducción: María Teresa Gallego Urrutia, Amaya García Gallego
Editorial: Alfaguara
Fecha de publicación: Abril de 2016
ISBN: 9788420419466
Páginas: 301 páginas
Precio: 18,90 €
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Escrito por: Robert Martínez
Si hay una revista de ciencia-ficción que ha estado presente en casa desde siempre, esta no es otra que Nueva Dimensión. Ejemplares de la revista, que inició su singladura en el año 1968, estuvieron siempre, mejor o peor guardados, en la casa de veraneo familiar en Pinedes de l’Armengol. Eran propiedad de mi padre, un adicto a la lectura cuando yo era chaval.
Sí había alguna característica de la revista que impactaba visualmente eran sus portadas. Sus motivos eran una suma de arte, ciencia-ficción o fantasía y cierta psicodelia excelentemente integrados. Uno no podía abrir un ejemplar sin dedicarle unos momentos de atención a las portadas, en los que contemplar la maestría de los ilustradores e intentar descifrar, en algunos casos, su sentido más íntimo. Las dimensiones de los ejemplares tampoco eran las habituales, ya que tenían un formato entre una revista y un libro, algo debido, según parece, a la imposición de la distribuidora.
Luis Vigil, Sebastián Martínez y Pedro Domingo Mutiño, alias Domingo Santos, fueron los editores que dieron forma a la revista, para lo que crearon la editorial Dronte. La publicación de la cabecera estuvo activa desde 1968 hasta 1982, cuando los problemas de distribución y liquidación pudieron finalmente con ella. Por el camino, sin embargo, la revista hizo las delicias de los lectores de ciencia-ficción de habla hispana, en la penumbra antes de la edición de la revista y dio un color especial a los revisteros y los diversos rincones de la casa donde los volúmenes se almacenaban.




Un elemento que tampoco ayuda demasiado es la escenografía, que representa en plano inclinado lo que podría ser la porción de la fachada de un coliseo o teatro romano. Si bien la apuesta sorprende inicialmente, provee a la representación de un grado de frialdad que contagia al espectáculo.
Sin duda alguna, la película 
No es muy habitual, al menos en



