Tras el parón teatral debido a la segunda ola de la Covid-19, el pasado sĆ”bado asistĆ a la representación de Lāhome de la flor als llavis i⦠una creación colectiva de Mario Gas, Ćlex Casanovas, Montse Guallar y Xavier Ripoll que reflexiona sobre el teatro y el recuerdo a partir de la figura de Luigi Pirandello.
El teatre AkadĆØmia ha vuelto a tejer una obra consistente en la que el teatro, el oficio y la vida de los y de las que se dedican a ello se nos hace palpable desde la sencillez y el buen gusto. Para ello se ha escogido la vida de Pirandello, uno de los dramaturgos mĆ”s importantes del siglo XX, del que se ofrece al pĆŗblico una realidad ampliada que abarca su teatro, su vida privada y la relación que mantuvo con algunos de los actores y actrices de su compaƱĆa.
La obra se estructura de una forma atentamente delicada y en varios formatos que incluyen el monólogo, con el que conoceremos a los personajes, Ruggero Ruggeri (Ćlex Casanovas), Marta Abba (Montse Guallar) y el propio Pirandello (Xavier Ripoll), el diĆ”logo, en la Ćŗnica escena en la que Casanovas y Guallar comparten escena y la representación teatral dentro de la representación teatral, que nos acerca al juego de desdoblamiento habitual en la obra de Pirandello con la interpretación de una escena de la obra Lāhome de la flor als llavis.
En esta ocasión todo estÔ llevado a la prÔctica con una delicadeza extrema, ya sea por respeto a la obra de Pirandello o por la consideración hacia una profesión, la teatral, que ha sido y es uno de los grandes pilares del arte en nuestra sociedad. En la puesta en escena, ademÔs, destaca la materialización de la relación epistolar mantenida a lo largo del tiempo entre la actriz Abba y el propio Pirandello, una delicia por como estÔ tratada y por los temas vitales y profesionales que son tratados en ella.
Lāhome de la flor als llavis i⦠es una gozada. La obra solo pretende hacernos disfrutar del teatro por el teatro, de las trayectorias vitales de los actores, de las actrices y de los directores de teatro y que, ademĆ”s, nos regala al reflexionar sobre los valores y las ideas de uno de los dramaturgos fundamentales de la Europa del siglo XX. Una pequeƱa y estimulante gozada teatral.
Dirección: Mario Gas Autor: Luigi Pirandello Dramaturgia: Mario Gas, Ćlex Casanovas, Montse Guallar y Xavier Ripoll Traducción: Pau Vidal Reparto: Ćlex Casanovas, Montse Guallar y Xavier Ripoll EscenografĆa: SebastiĆ Brosa, Paula Bosch, Francesc Colomina y Art Coolers Figurines: Antonio Belart Iluminación: LluĆs Serra Sonido: Orestes Gas Caracterización: Helena Fenoy, Marta Ferrer y MercĆØ SĆ”nchez Vestuario: Cornejo, Goretti i Ćpoca Producción: Teatre AkadĆØmia
Este aƱo BlogCulturalia ha estado algo ausente del Festival Grec, debido en parte a la programación y en parte a la fuerte carga de trabajo pendiente. Prueba de ello es que la crĆtica de CalĆgula, programada en el Teatre Grec los dĆas 20 a 23 de julio, la publicamos el 23 de agosto (vaya, que tarde!!).
En esta ocasión, criticamos una obra con un claro adnĀ culturalia, esto es, una pieza teatral ambientada en la Roma imperial, escrita por Albert CamĆŗs, dirigida por Mario Gas e interpretada, entre otros, por Pablo Derqui, Borja Espinosa, Pep Ferrer y Mónica López, yĀ que reflexiona sobre el poder y Ā la tiranĆa.
La versión de CalĆgula de Mario Gas tiene elementos a favor y elementos en contra. Entre los primeros estĆ” el envejecimiento del texto, una reflexión sobre la naturaleza humana y el poder que profundiza en estos temas posiblemente en demasĆa para los gustos del pĆŗblico actual. CamĆŗsĀ analiza la figura del emperador CalĆgula, de la que extrae un caso sobre el que dilucidar el lĆmite del poder y la naturaleza de la tiranĆa, en un contexto, el del Imperio romano, ejemplo por antonomasia del poder absoluto. Una reflexión plasmada sobre el escenario con un ritmo pesado, que a veces parece que mĆ”s que avanzar se extiende en espiral, volviendo una y otra vez a las mismas reflexiones. Mario Gas no ha sabido, por tanto, insuflarle a la representación la vitalidad necesaria, lo que hace que la obra padezca por ello.
Un elemento que tampoco ayuda demasiado es la escenografĆa, que representa en plano inclinado lo que podrĆa ser la porción de la fachada de un coliseo o teatro romano. Si bien la apuesta sorprende inicialmente, provee a la representación de un grado de frialdad que contagia al espectĆ”culo.
Por el contrario, en el Ć”mbito de las interpretaciones la cosa mejora. Y en este apartado destaca la figura de Pablo Derqui, cuya fisonomĆa y capacidad interpretativa se amolda a la perfección a la del emperador romano loco por excelencia. Derqui afina su interpretación para dar vida a un emperador afectado por la muerte de su hermana Drusila, hecho este que afecta a su buen juicio y su capacidad para juzgar la realidad que le rodea, y que lo convierte en el tirano que el cine y las novelas, y la obra de Suetonio, nos han dado a conocer, que actuarĆ” con la intención de conocer el lĆmite del poder y de la propia existencia humana.
A su lado el resto del reparto interpreta a los cortesanos cercanos a CalĆgula, entre ellos Pep Ferrer, Borja Espinosa y Mónica López, que dan vida a los principales personajes secundarios, destacando entre ellos la actuación de esta Ćŗltima como Cesonia, la Ćŗltima mujer de CalĆgula.
«Fedra, enamorada de su hijastro Hipólito y empujada por su confidente, Enona, confiesa su pasión. Herida por el rechazo de Hipólito, ella no puede esconder sus sentimientos ante su esposo y rey de Atenas, Teseo. Azotada por un profundo sentimiento de culpa, Fedra se adentra en un infierno personal. Su pasión desbordante e irrefrenable la conducirÔ, a ella y al resto de personajes, a un trÔgico destino».
Con la Fedra de Racine, dirigida por Belbel y acompaƱada por un nutrido cuerpo de contrastados actores y actrices, asistimos al atropello de pasiones, deseos y tumultos que tan del gusto era de los antiguos, y que a los espectadores del siglo XX les queda, puede, algo lejos, si no es en lo que se refiere a la creatividad artĆstica, la puesta en escena y el registro de las interpretaciones. En el caso que nos toca, no todo estĆ” a la misma altura.
Hay que ser conscientes, por otra parte, de que la interpretación de la obra se embellece, a la par que se dificulta, con la plasmación de los originales versos alejandrinos escritos por Racine, adaptados por el propio Belbel, que parecen aĆŗn no asumidos en la declamación por los actores, algo comprensible la noche del estreno, y que a veces complica la comprensión de un texto riquĆsimo y complejo por sĆ mismo.
De todo ello podemos resumir que, si bien la forma es muy bella, al espectÔculo le falta precisión y aroma interpretativos. Esperemos que su propia desenvoltura en el tiempo sea lo necesariamente corregidora para llegar a la simbiosis dramÔtica que requiere el espectador, no por otra Fedra nos habla de las pasiones, en este caso la amorosa y la sexual, del sentimiento de culpa, del amor no correspondido, de los tabús que acompañan a la civilización y de las consecuencias trÔgicas de nuestros hechos, sean estos los que sean, algo que desde siempre y por siempre acompañarÔn al ser humano en su singladura existencial.
«El culpable va hacia el castigo como el agua va al mar.»
Lo que en esta pieza teatral suena a amenaza puede camuflarse de advertencia.
Pero en la función de la Sala Muntaner no se detendrĆ” aquĆ. Sino que acabarĆ” suponiendo un alivio para su protagonista. Aclaremos, no obstante, que no sin tener que pagar un precio al alcance de pocos bolsillos.
Ā«CosmĆØtica de l’enemicĀ» consiste, pues, en un juicio inesperado para su acusado, que primero rechaza y finalmente se erige en liberador. El fiscal es un despiadado avasallador que con su discurso relleno de amistosas intenciones destruye la calma del anónimo transeĆŗnte. Esto no es mĆ”s que el punto de partida de un proceso cuyo objetivo fundamental es averiguar si la impunidad social constituye una buena compensación para quien no puede garantizar su derecho a formar parte del grupo.
Yo querĆa contar la metĆ”fora de la mente humana. Representarlo con algo que recordara al cerebro mediante formas organizadas. Y que el pĆŗblico formara parte del espectĆ”culo de modo que puntualmente se sintiera en un aeropuerto abriendo una ventana hacia la mente de alguien para poder mirar adentro.
El teatro es hacer preguntas. La respuesta debe darla el público formulÔndose mÔs preguntas. El arte causa incógnitas. Cuando miramos un cuadro de Pollock, lo entendemos desde la emoción y la sensación, y no desde la razón. No obstante, a veces los directores y dramaturgos no sabemos explicar lo que queremos decir.
Un espacio de placer y reflexión. Un lugar donde buscarse como persona y como paĆs. Es una de las pocas cosas que te hacen avanzar humanamente. Y empieza en la esfera mĆ”s privada. Si la cultura local no es potente, nunca podrĆ” dar el salto hacia lo universal. Y lo universal nace de la potenciación de aquello que proviene del territorio propio. Cuando lo que se promueve es una colección de obviedades, los saltos son fuegos artificiales. La cultura es incomodidad. Solo asĆ es posible la bĆŗsqueda de algo mejor.
Apago la grabadora. Ahora soy yo el que debe responder a Magda.
Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Ā Todo empieza con el fin.
SegĆŗn tenemos entendido, las vĆctimas de un accidente mortal se marchan al Otro Mundo con un souvenir nada desdeƱable: Por su mente cabalgan endiabladamente los recuerdos mĆ”s intensos de su ya extinguida vida. Cuando el afectado es alguien tan distinguido como Albert Camus, parece ser que valdrĆ” la pena asistir a ese desfile final de emociones personales. O no. DecĆdamoslo al final de esta crónica.