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Publicación: El Imperio grecorromano, de Paul Veyne.

El imperio grecorromano, de Paul Veyne, de editorial AKAL.

La separación de las cátedras de griego y de latín en el seno de la universidad perpetúa el mito de una distinción, incluso de una oposición, entre «Grecia» y «Roma». Sin embargo, el Imperio llamado «romano» fue en realidad grecorromano por más de una razón. En primer lugar por la lengua: sin duda la lengua vehicular que se practicaba en su mitad occidental era el latín, pero lo era el griego alrededor del Mediterráneo oriental y en el Próximo Oriente. Igualmente, la cultura material y moral de Roma surgió de un proceso de asimilación de esa civilización helénica que comunicaba Afganistán con Marruecos. Por último, el Imperio era grecorromano en un tercer sentido: la cultura era helénica y el poder romano; ésa es la razón por la cual los romanos helenizados pudieron continuar creyéndose tan romanos como lo habían sido siempre. El presente volumen sugiere una visión de conjunto y un análisis certero de esa primera «universalización» que constituye los cimientos de la Europa actual.

Paul Veyne nació en 1930 en Aix-en-Provence. Alumno de l’École Normal Supérieure y más tarde la l’École Française de Rome, fue nombrado profesor de Historia romana en el Collège de France en 1975. Ha publicado, entre otras obras, Cómo se escribe la historia (1972), ¿Creyeron los griegos en sus mitos? (1987), La sociedad romana (1991) y El sueño de Constantino (2008). En Akal ha publicado Los misterios del gineceo (2003) con Françoise Frontisi-Ducroux y François Lissarrague.

Índice de materias:

Prólogo
I. ¿Qué era un emperador romano?
II. Los presupuestos de la ciudad griega o por qué Sócrates se negó a huir
III. ¿Existía una clase media en aquellos tiempos lejanos?
IV.  La identidad griega contra y con Roma: «colaboración» y vocación superior
V. Palmira y Zenobia entre Oriente, Grecia y Roma
VI. El arte de Palmira: «universalización», semejanza, frontalidad, ojos alucinados
VII. Objetivos del arte, propaganda y fasto monárquico
VIII. Culto, piedad y moral en el paganismo grecorromano
IX. Paganos y caridad cristiana ante los gladiadores
X. Los problemas religiosos de un pagano inteligente: Plutarco
XI. Pasión, perfección y alma material en la utopía estoica y en san Agustín
XII. La toma de Roma en el año 410 y las grandes invasiones
XIII. ¿Por qué el arte grecorromano llegó a su fin?

Título: El imperio grecorromano
Autor: Paul Veyne
Editorial: Akal
Colección: Universitaria
Traductor: Elena Del Amo
Materia: Historia
Dimensiones: 13,5×22
N.° páginas: 816
Año edición: 2009
Precio: 60 €
ISBN: 978-84-460-2465-1

Crítica literaria: Gala Placidia, Reina de los bárbaros, de Rufino Fernández.

En octubre del año 2010 la editorial Edhasa publicó Gala Placidia, Reina de los bárbaros, la tercera novela del escritor Rufino Fernández (la segunda en el género de la novela histórica). Si en su primera novela histórica Fernández nos trasladaba al gran conflicto militar que se produjo entre cartagineses y romanos a finales del siglo III a.C., en su nueva novela el autor nos permite ser testigos de uno de los momentos que, por sus consecuencias políticas, es uno de los de mayor trascendencia para la historia de Occidente: los años de crisis, decadencia y posterior desaparición, al menos en su parte Occidental, del Imperio romano.

Fernández ha escogido para retratar literariamente este período a la emperatriz Gala Placidia (392-450 d.C.) una de las figuras políticas más fascinantes y con mayor ambición del Imperio romano del siglo V d.C. Aún así, y aunque pueda parecer una contradicción, podríamos decir que Placidia no es, ni mucho menos, el personaje central a partir del cual Fernández crea su novela. La obra está organizada como un relato de múltiples entradas narradas desde el punto de vista de diferentes personajes históricos que junto a Placidia protagonizaron la historia de aquellos «años decisivos» y en las que hallamos a Honorio, hermano de Placidia y emperador de Occidente; a su consejero Olimpio; al general Estilicón y a su esposa Serena, prima y rival de Placidia; a los visigodos Alarico, Saro y Ataulfo; a Pulqueria, la hermana de Teodosio II, el emperador de la parte oriental…

Fernández ha decidido, de esta forma, construir una narración coral, desde múltiples puntos de vista, para darnos una visión mucho más global de la historia de un periodo que, aunque menospreciado por muchos, representó una época clave para el futuro.

Una vez dicho esto, hablemos un poco de la trama. Gala Placidia. Reina de los bárbaros, como decía antes, nos ubica en el período de años que va del 401 al 415 d.C. El Imperio romano se ha recuperado de la crisis visigoda acaecida tras la gran derrota del ejército oriental a manos de los visigodos en Adrianópolis, en el año 378, gracias, en gran medida a la actividad y al pragmatismo del emperador Teodosio. Tras la muerte del gran emperador son ahora sus hijos, Honorio en Occidente y Arcadio en Oriente, los que gobiernan las dos partes del imperio.

Aunque no todos están de acuerdo con esta repartición del poder. Gala Placidia, sin duda alguna la más dotada de los hijos de Teodosio pero relegada a un simple papel «decorativo» por su condición femenina, ha aspirado desde pequeña a alcanzar la púrpura imperial. Si bien Placidia no es la única que aspira al poder. Serena, la mujer de Estilicón, el hombre fuerte de Roma, pretende hacer recaer el poder si no en su marido si en su hijo Eucherio, miembro como ella de la dinastía imperial.

Toda esta lucha por el poder imperial se lleva a cabo en un ambiente atenazado por la amenaza germánica. Desde que penetraron en territorio romano los visigodos, y a su frente el rey Alarico, han llevado a cabo una política de continuo chantaje a la autoridad imperial, actividad que está acompañada, también, por la voluntad si no de ejercer directamente el poder en Roma (o mejor dicho, en Ravena) realizarlo de una forma indirecta, y basada en la fuerza y la intimidación generada por sus violentos guerreros.

Es por tanto la novela de Rufino Fernández una historia que nos habla del poder en una época, el Imperio romano tardío, en la que toda la autoridad estaba concentrada en la persona del emperador y en su camarilla. Una novela de ambiciones y pretensiones políticas en las que acostumbraban a estar implicados un número nada despreciable de los personajes de la corte y de la familia imperial.

Rufino crea un ambiente típico para su novela, en el sentido de la imagen que desde nuestra época se ha tenido y se tiene de aquella centuria en la que despareció el poder romano en Occidente. Una visión de corrupción e inmoralidad que afectaba a los más altos estratos de la política y, también, de la Iglesia, en estos momentos una fiel aliada del poder. Un ejemplo claro de esto lo representan las páginas dedicadas por Fernández al emperador Honorio y a su principal consejero Olimpio, en las que la malicia y la crueldad están siempre presentes.

Aún así, la novela nos transporta a una época de cambio y a unos años donde todo estaba en continua transformación, como era el caso del debilitamiento del poder imperial; la acumulación de poder en manos de la Iglesia, la progresiva instalación de los germanos en suelo imperial… aspectos que nos irán dirigiendo cada vez más al mundo medieval. Es en este marco que Rufino nos relata la vida y las ambiciones de Gala Placida, hija de emperador, hermana de emperador y madre de emperador, una protagonista algo insólita si tenemos en cuenta que en la época en concreto el papel de la mujer en la vida pública era poco más que testimonial.

Rufino nos presenta a una Placidia, joven y ansiosa por alcanzar lo que creía que le pertenecía por herencia. De esta forma su lucha se desplegará en varios frentes: ante la autoridad y la indiferencia de su hermano Honorio y de su secuaz Olimpio; en la competencia con su prima Serena o en sus relaciones con los visigodos, un hecho, este último, que sobre todo marcará la parte final de la novela. Ya que, como sabemos, Gala Placidia fue capturada por los visigodos de Alarico durante el famoso saqueo de la ciudad de Roma en el año 410, hecho que propicio el acercamiento entre Gala y Ataulfo, sucesor de Alarico. La novela, pues, no solo analiza el mundo romano del momento, sino que también nos transporta al mundo germano al que Gala se vio reducida durante algunos años. Un marco histórico, sin duda, al que no estamos acostumbrados en la novela histórica, y menos en el marco de la novela histórica hispana.

Rufino Fernández nos ofrece un fresco histórico plagado de tópicos y de imágenes clásicas. En su relato la violencia está muy presente, y sorprende el detallismo que el autor utiliza a la hora de describir los actos de sangre, muy presentes en la política y en el día a día de la época. Un hecho que sin duda diferencia su libro de la multitud de novelas históricas que no son tan preciosistas en este aspecto.

Otro de los elementos que individualiza la obra es la descripción del saqueo de Roma por parte de los visigodos en el año 410, un episodio histórico del cual nunca había sido testigo en formato literario el que estas líneas escribe. Todo un gustazo si bien el relato de este acontecimiento histórico está muy centrado en la búsqueda y el rapto de Placidia, por lo que pierde la fuerza política, emotiva y simbólica que el hecho tuvo, incluso, en la época.

Como le decía, Gala Placidia, Reina de los bárbaros es un relato histórico en el que tienen un gran peso la política y las ambiciones políticas, en la que también estará presente, aunque de forma secundaria (y sin demasiado sentido, si me permiten la opinión) la parte oriental del Imperio romano, aquella que se centraba en la ciudad de Constantinopla y que, con el tiempo, llegaríamos a conocer como Imperio bizantino. La novela es un auténtico placer para aquellos que gozamos con el relato político de la historia, sea de la época que sea, y que disfrutamos visitando los grandes hechos políticos y a los grandes personajes que dirigen, con la batuta de sus sentimientos, sus ambiciones y sus actuaciones, los destinos de la mayoría. Si es usted uno de ellos no dude, hágase con un ejemplar de la novela y sumérjase de pleno en el siglo V d.C., y conozca de primera mano, aunque sea un relato de ficción, la historia de una mujer que marcaría, sin duda, el destino de un Imperio.


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Título:
Gala Placidia. Reina de los bárbaros
Autor: Rufino Fernández
Editorial: Edhasa
ISBN: 9788435062091
Formato: Tapa dura / 15 x 23 cm
Número de páginas: 576
Precio: 25 €
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Novedades de historia y misterio de la editorial Robin Book.

Os dejamos aquí con dos interesantes libros de historia publicados por la editorial Robin Book en sus colecciones «Historia Enigmas» y «Hermética» relacionados con la Antigüedad y con la historia más oscura y criminal del Imperio romano.

«Historia Enigmas» es un sello en el que destacan el misterio y los interrogantes de la historia. Su importante gama de productos, ha desafiado los grandes relatos históricos por la búsqueda de la verdad. Con sus pocos años como fondo editorial, ha orientado su visión a la investigación de culturas, religiones y personajes de la historia, tratando de brindar a sus lectores, los más amplios descubrimientos.

Historia criminal del Imperio romano. De Calígula a Trajano.
Stephen Dando-Collins
La crónica fascinante de una época convulsa

Cuando el Imperio romano se encontraba todavía en pañales, ¿podría el asesinato de un gran líder erigirse en la raíz y la causa de su desmoronamiento posterior, ocurrido más de cuatro siglos después? Quizás sí, pero sólo si ese gran líder fuese el nieto de Marco Antonio, el hijo adoptivo del emperador Tiberio, elegido a dedo por Augusto para convertirlo en el tercer emperador, así como el padre de Calígula y el abuelo de Nerón.

Título: Historia criminal del Imperio romano. De Calígula a Trajano
Autor: Stephen Dando-Collins
Páginas: 304
Tamaño: 17 x 24
Encuadernación: Rustica
ISBN: 978-84-9917-146-3
Género: Misterios Históricos
Precio: 20,00 €

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«Hermética» es un sello en el que se integran el ESOTERISMO Y OCULTISMO.

Misterios de la Antigüedad.
Spencer
Carter

¿Qué hay de verdad y de leyenda en los grandes mitos de la Antigüedad? ¿Qué nuevos hallazgos han obligado a revisar los enigmas pendientes? Una nueva y apasionante visión de los enigmas no resueltos de nuestro pasado.
Este libro arroja una nueva luz sobre los misterios sin resolver de todas las civilizaciones, misterios que, en ocasiones, se remontan a los nebulosos tiempos ancestrales de nuestro planeta.

Título: Misterios de la Antigüedad
Autor:
  Carter, Spencer
Páginas: 240
Tamaño: 21.5×13.5
Encuadernación: Rústica
ISBN: 978-84-7927-572-3
Género: Misterios Históricos
Precio: 13,50 €

Crítica literaria: Los guardianes de la luz, de Rosemary Sutcliff.


Gracias al estreno del film La legión del águila el mes de abril del año pasado y la reedición, por parte de la editorial Plataforma, de la novela El águila de la novena legión, de Rosemary Sutcliff, en la cual se basa la película, Blog Culturalia ha podido iniciar y finalizar un viaje de análisis a través del mundo de ficción histórica creado por la autora inglesa en los años 50 del siglo XX. Un viaje que repasa, a través de las peripecias de la familia Aquila, la historia de Britania desde el siglo II al V d.C. y que revive, en forma de ficción histórica, la conquista y la dominación romana de la isla.

Esta tercera entrega de la saga, titulada Los guardianes de la luz, publicada originalmente en el año 1959 (y editada en español por Plataforma editorial también en el año 2011), posee un alto grado de finalización en lo que respecta al mundo romano establecido en la isla y tiene un acentuado carácter de inicio en relación a la fase medieval de la historia de las islas británicas.

Nos hemos de situar, pues, a mediados del siglo V d.C., cuando, debido a la crítica situación política que atravesaba el Imperio romano, el todopoderoso general Aecio decide retirar las últimas tropas romanas presentes en Britania ubicadas en la costa este, en el fuerte de Rutupiae, dejando, de esta forma, a la isla indefensa ante los ataques de los pueblos germánicos (anglos, jutos y sajones), que iniciarán el saqueo y la conquista del territorio britano.

Marco Flavio Aquila, decurión de la caballería romana de origen britano optará, ante la marcha de las águilas, por la deserción y por permanecer en la isla, junto a su familia, su padre y su hermana Flavia, y hacer frente a la invasión y a la inminente destrucción sajona. Ésta no se hará esperar y traerá la desgracia a la familia Aquila. El ataque germano acabará con la villa familiar, la muerte de su padre y el rapto de su hermana por parte de los sajones.

Aquila sobrevive al ataque germano para ser esclavizado por un joven juto, que lo llevará a tierras escandinavas donde servirá como esclavo. El destino, sin embargo, permitirá a Aquila volver a tierras britanas, donde podrá escapar y ponerse en contacto con las fuerzas de Ambrosio Aureliano, el líder celto-romano que capitaneará la resistencia frente a la invasión germana.

Sutcliff nos sitúa, literariamente hablando, en el cierre del periodo de dominación romana sobre la Britania antigua y nos ubica en un nuevo comienzo, el de la historia medieval de la isla, que la autora había escuchado tantas veces narrar a su madre. Un mundo donde la leyenda, la fábula y el heroísmo estarán muy presentes, no en vano nos adentramos en la época en la que se ambientan las leyendas del Rey Arturo y sus caballeros, presentes también en esta novela, si bien de una forma bastante más «realista» a la que estamos acostumbrados.

La autora, como decía, se zambulle en este ambiente de decadencia y de crisis política del poderío romano para concebir, seguramente, algunas de las escenas más emotivas de toda la saga. La primera es la de la deserción del propio Aquila, con el faro de Rutupiae y la marcha de las galeras romanas como símbolo final de la dominación romana y como leitmotiv que reaparecerá a lo largo de la novela. Toda una escena que nos sitúa rápidamente en lo que va a ser la trama histórica y que nos muestra el terror, las emociones y la fidelidad que Flavio mantiene no solo con su patria sino también con su familia. Una brecha que prefigura de alguna forma la rotura política entre la isla británica y el poderío romano continental.

La segunda, un poco menos verídica según mi opinión, es la llegada de los grupos de saqueadores sajones a la villa familiar de los Aquila, que acaba de poner fin al mundo romano que había desarrollado Sutcliff en sus dos novelas anteriores y que nos muestra claramente la brutalidad y la irracionalidad de la nueva época que se abría paso en la isla. Una visión muy propia de los autores y del público, de la primera mitad del siglo XX, y si me apuran, también en la actualidad.

Los guardianes de la luz se convierte en un episodio literario más que nos describe la historia de la Britania romana. La meta de Sutcliff, sin embargo, no era nada fácil, no solo por la falta de información histórica a la que pudo tener acceso la escritora, sino por la «legendarización» de todo el periodo de la mano, como he indicado anteriormente, de las leyendas artúricas y de la universalización de la figura del rey Arturo, que hemos de ubicar, más o menos, en esta época. Aún así Sutcliff opta, como ya hiciera en los dos volúmenes anteriores de la trilogía, por un ambiente mucho más histórico del que estamos acostumbrados. La autora nos relata la llegada de los sajones y su asentamiento en la isla y los esfuerzos de los britanos, los descendientes de la tradición romana, por defender su territorio. Es aquí donde aparecen personajes como Ambrosio Aureliano y Vortigern, dos caudillos britanos de época post-romana; Hengest, el cabecilla sajón que liderará la acometida germana en tierras britanas; e incluso Artos, personaje este último que prefigura al legendario rey Arturo.

Los guardianes de la luz, título que hace una clara referencia a la resistencia britana, es una novela de lucha y de supervivencia, que nos narra el choque «literario» entre dos mundos diferentes, la tradición britano-romana y la nueva realidad que representaban los invasores germanos, en la novela principalmente sajones, y que con el tiempo daría forma a la Inglaterra medieval.

Rosemary Sutcliff, la autora.

El espacio delimitado por la autora es el de un mundo en descomposición, el romano-britano, que ha de unirse para luchar contra los salvajes e inhumanos sajones. El marco es el que ya conocemos de la saga: una historia donde un joven miembro de la familia Aquila, en este caso Flavio, militar de profesión, es el protagonista, y de cómo, a través de su experiencia se materializa la transformación de la isla y de su historia. Flavio, tras la pérdida de su familia, de su lealtad (a las águilas romanas) y de su libertad a manos de los sajones, hallará la esperanza en la figura del líder britano-romano Ambrosio, donde residirá el futuro de los aterrorizados britanos. Una clara referencia a la transmutación de la identidad de la isla.

La tercera parte de la saga la podríamos considerar, también como en el caso de las dos entregas anteriores, como ejemplo de las novelas juveniles aptas, claro está, para todos los públicos. En ella estará presente la violencia, los valores, el compromiso y la esperanza, aunque se hallan ausentes las emociones amorosas, un hecho que sorprende ya que es en esta tercera novela donde por primera vez el protagonista mantiene una relación sentimental (en algunos tramos una relación de amor/odio) con una joven celta llamada Ness, hija de un caudillo britano. Aún así, el componente más afectivo de la relación está ausente, algo que podemos entender en base al público (juvenil) al que estaba dedicada la obra, y a la experiencia vital de la autora, la cual, debido a la enfermedad de carácter artrítico que sufrió desde muy joven, se vio pronto reducida a una silla de ruedas. Sutcliff no se casó nunca y no tuvo hijos, hecho que ayuda a explicar, en parte, esa ausencia de contenido sentimental y emotivo en sus obras, algo que no impidió que sus novelas triunfaran, no solo en su país sino también en el extranjero.

Los guardianes de la luz es una obra que nos permite echar un vistazo, en clave de «aventura» histórica, a un mundo convulso, donde el lector se verá reclutado por parte de las escasas y desprovistas huestes britanas y donde seguiremos los pasos de Flavio y de los nuevos referentes históricos de la isla, ya sea el líder britano Ambrosio o su gran oponente Vortigern, cuya malicia nos será mostrada ya desde muy pronto a través de su alianza con las bandas de guerreros sajones, que traerán la muerte y la destrucción al territorio britano.

La autora mantiene a lo largo de toda la novela el estilo grato, entretenido y emotivo, al que ya nos tiene acostumbrados en la saga y se nota que nos explica una historia muy querida por ella. Una historia que posee un marco en el que la decadencia está muy presente: la decadencia del poder romano o la decadencia de la romanidad, que se mostrará plenamente en la escasas descripciones que la autora realiza de las ciudades britano-romanas. En ellas se huele y se nota el declive y la falta de recursos que hacen que los centros urbanos decaigan, que vayan envejeciendo poco a poco. A esto se suma un cambio de escenario. Si en las anteriores novelas las ciudades estaban muy presentes en la trama, en esta tercera entrega siguen existiendo, si bien la acción no se desarrolla en ellas. El relato es más rústico, más agreste, ambientado sobre todo en los asentamientos celtas de carácter más rural. Una perspectiva ésta que, como dije, prefigura una visón más «medievalizante» de la historia.

Los guardianes de la luz es una novela de transición, una novela entre dos mundos, entre el romano y el medieval, una novela que abrió el camino a otras aproximaciones de Sutcliff a la épica medieval de la historia de Britania, que de una forma u otra también tendrían a la familia Aquila como protagonista. Es, en definitiva, un cierre de la autora a unos personajes y a un ambiente muy apreciados por ella. Una buena clausura para una trilogía que hizo las delicias de millones de lectores y que, gracias a Plataforma editorial, hará también, las delicias del público español gracias a su reedición en lengua castellana.

Título: Los guardianes de la luz
Autora: Rosemary Sutcliff
Año de publicación: 2011
Traducción: Ángel Jiménez
Colección: Novela Histórica
Formato: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-15115-03-8
Páginas: 371
Precio: € 19.95
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchgez

Crítica: 428 después de Cristo. Historia de un año, de Giusto Traina.

Pocos son los libros que se publican a lo largo del año que por su características y peculiaridades, se diferencian del resto de novedades bibliográficas, y menos aún en el campo de la historia. Por eso la publicación el año pasado del libro 428 después de Cristo. Historia de un año de Giusto Traina, editado por Akal, es una novedad digna de destacar por varios motivos.

El libro, como su nombre indica, está dedicado a la historia de un año, o mejor dicho, a la historia de un periodo corto de tiempo que se ubica en el 428 y en los años inmediatamente anteriores y posteriores, y pretende realizar una «instantánea» de un momento concreto de la historia del Imperio romano, por lo que se aleja de la narración diacrónica de la historia, para ofrecernos un estudio sincrónico de la misma. O lo que es lo mismo, el autor no pretende estudiar la fase histórica que conocemos como Antigüedad tardía, sino que pretende analizar un momento histórico preciso y concreto de ella.

Lo más curioso del intento es que la fecha escogida no es una de esas que «pretendidamente» marcan un antes y un después en la historia, o en los que piensan que la historia depende de momentos y de acciones singulares, sino que es un año «en blanco», casi lo podríamos considerar un año vacío o con poca transcendencia, sino es porque fue precisamente ese año, el 428, cuando el reino de Armenia, una de las causas principales de la lucha entre Roma y Persia, dejó de ser un estado independiente en manos de un rey de la dinastía arsácida, y se constituyó como un marzbanato o provincia dentro del imperio persa sásanida.

Si bien éste es un hecho de notable relevancia para el Oriente romano, algunos lectores de esta reseña se preguntarán en qué afectó este suceso a la historia del Imperio romano, que es el tema principal al que está dedicado el libro. Yo, por mi parte, considero la selección de Traina una excusa, como otra cualquiera, para analizar una época histórica apasionante como es la Antigüedad tardía, y más concretamente el siglo V d.C., de una forma global e interrelacionada. Es, posiblemente, más interesante para el lector conocer la historia de un Estado como el romano durante un año «cualquiera», que en una fecha «crítica» en la que parece que todo ha de cambiar, que todo está en transformación «de un estado a otro». Hemos de tener presente, además, que Giusto Traina es un autor especializado en la historia de Armenia, por lo que no es de extrañar que sea un hecho «armenio» el que escoja como punto de partida para analizar un momento histórico en concreto.

Pues bien, a través de las páginas del libro nos trasladaremos al año 428 d.C., e iniciaremos un viaje por los territorios que formaban parte de Roma, de su imperio, y aunque de forma secundaria, por los territorios de Armenia e incluso del Imperio persa, al que el autor dedica un último capítulo. Y la visión sincrónica que les comentaba nos permitirá observar las interconexiones y las relaciones que existían no tan solo entre regiones y lugares, sino entre personajes, entre procesos y entre acontecimientos históricos, unos nexos que podían pasar algo desaparecido a través del estudio diacrónico de los hechos al que estamos acostumbrados. Y es seguramente este punto de vista estático y global el que le da al libro su baza bibliográfica más importante.

A todo ello hay que sumar el especial interés que el autor muestra a lo largo de la obra por los temas religiosos cristianos; a los obispos, y a las herejías; a las luchas por el poder en la Iglesia y por establecer la ortodoxia cristiana, un contenido que viste la mayoría de los capítulos del libro. Un peso que, en algunos momentos, puede ser algo desmesurado si pensamos que el objetivo del libro no es el estudio de la Iglesia cristiana sino del Imperio romano del siglo V d.C. Si bien, es un claro recuerdo del protagonismo cada vez mayor que el cristianismo, y sobre todo, la Iglesia, iba acumulando en esa época.

Giusto Traina

El estudio es, como decía, un análisis histórico global, si bien se divide en diversos capítulos que van avanzando geográficamente por las diversas regiones que constituían el Imperio romano. En este aspecto funciona más como una breve introducción a las diversas «piezas» territoriales del imperio, aunque desde una perspectiva ampliamente académica. Traina tiende a presentarnos al Imperio romano de la segunda década del siglo V d.C. aún como una unidad «conceptual» de funcionamiento, aunque administrativamente estaba dividido en dos partes (o en dos «Estados») en aquellos momentos, la Occidental y la Oriental. Una visión, la suya, en la que no están de acuerdo todos los especialistas.

El autor demuestra un amplio conocimiento de la realidad histórica del momento, sobre todo de la zona oriental del Imperio. De esta forma, podremos constatar cuales eran las condiciones y las problemáticas de los diversos territorios sobre los que gobernaba aún Roma (y Constantinopla) en el año 428, que, como es normal, dependían muchas veces de acontecimientos y características locales, como podían ser, por ejemplo, los efectos de las migraciones germanas en el limes del norte, o la relación con el reino persa en la frontera oriental. Elementos que diferenciaban grandemente las derivas históricas de ambas partes del imperio.

El texto está acompañado, además, de una extensa batería de notas a pie de página y de una amplia bibliografía, que le dan a la obra un relevante perfil académico y que permiten al lector no solo conocer las fuentes de las afirmaciones del autor, sino también las obras donde hallar cualquier información relacionada. Es por tanto un libro no demasiado útil para una primera aproximación a la época (atención lectores menos avezados!!) sino más bien una obra que proporciona una visión estructuradora y ordenadora de conocimientos previos.

Si en una cosa destaca el libro es en la rica galería de personajes tratados en el texto, lo cual resulta en un relato más cercano, más humano y más cotidiano del que estamos acostumbrados a leer, sobre todo en lo referente a esta época dominada por las grandes personalidades políticas y religiosas y por los grandes hechos. Hallaremos a personajes como los generales Flavio Constancio y Aecio, a la emperatriz Gala Placidia, al emperador Teodosio II, o a los religiosos San Agustín, Nestorio, Cirilo de Alejandría, Hidacio, o el anacoreta Simeón el Estilita, que irán pasando, junto a otros, a lo largo de las páginas escritas por Traina.

Todo lo cual nos provee de un corte estratigráfico y cronológico de primera magnitud de una época infravalorada durante mucho tiempo pero que, con obras como las de Giusto Traina, es cada vez más conocida por el amplio público y valorada en su justa medida, ni más ni menos, rompiendo, así, ese odioso velo que la situaba como el primer acto de la mal llamada Edad Media, considerado, indecorosamente, como uno de los períodos más oscuros de la historia europea.

Título: 428 después de Cristo. Historia de un año
Autor: Giusto Traina
Editorial: Akal
Año edición: 2011
Colección: Universitaria
Traductor: Manuel J. Parodi Álvarez
Materia: Historia
ISBN: 978-84-460-2791-1
Dimensiones: 14 x 22
N.° páginas: 208
Precio: 19,50 €
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Publicación: El triunfo romano. Una historia de Roma a través de la celebración de sus victorias, de Mary Beard. Editorial Crítica.

El pasado 2008 la editorial Crítica publicó El triunfo romano. Una historia de Roma a través de la celebración de sus victorias, de Mary Beard, una nueva muestra de la calidad editorial del sello y una buena oportunidad para conocer algo más uno de los elementos más populares del mundo militar romano.

Cada gran victoria militar acababa en la antigua Roma en un gran desfile por las calles de la ciudad hacia el templo de Júpiter, en la colina del Capitolio, en el que el general vencedor y sus soldados iban acompañados por los más importantes de los dignatarios derrotados y por el botín que habían capturado. Mary Beard, catedrática de la Universidad de Cambridge, analiza la magnificencia del triunfo romano, pero nos muestra también el lado oscuro de esta celebración del imperialismo que iba a servir de modelo para los monarcas y los generales de épocas sucesivas. «En algunas raras ocasiones», ha dicho Robert Harris, «nos encontramos con un libro de historia que ilumina una época entera como con la luz de un relámpago. El libro de Mary Beard pertenece a esta rara y valiosa categoría».

Mary Beard es catedrática de Clásicas en Cambridge y fellow de Newnham College. Es editora en The Times Literary Supplement y autora del blog «A Don´s Life». Entre sus libros publicados se incluye The Parthenon y El triunfo romano (Crítica, 2008) y Pompeya, Historia y leyenda de una ciudad romana (2009)

Título: El triunfo romano. Una historia de Roma a través de la celebración de sus victorias
Autora: Mary Beard
Editorial: Crítica
Colección: Tiempo de Historia
Fecha de publicación: 03/11/2008
Páginas: 584 páginas
Idioma: Español
ISBN: 978-84-9892-320-9
Formato: 15,5 x 23 cm.
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta

Crítica literaria: La prisionera de Roma, de José Luis Corral.


Cada vez más los autores de novela histórica tienen que expandir su repertorio de épocas, personajes y contextos para hacer valer la originalidad y la creatividad en la elección y elaboración de sus obras. Queramos o no, ciertos momentos, trascendentes o no, de la historia han generado y generan un gran número de novelas, mientras que otros, considerados menos atractivos, se mantienen en la penumbra, iluminados tan solo por débiles soslayos de luz, aunque posean, a priori, tanta validez e interés como aquellos periodos y escenarios históricos más transitados por los escritores.

Si bien, de vez en cuando las mesas de novedades de las librerías nos muestran nuevos temas y, por tanto, nuevas posibilidades para realizar un viaje literario en el tiempo, en la historia, y nos ofrecen “billetes” de lectura con dirección a la Grecia Helenística, a la Roma imperial (aunque ambientada en otros momentos que no sean en los que gobernaron los emperadores de la dinastía Julio-Claudia) e incluso al periodo del Bajo Imperio, una época al parecer prohibida para muchos de los autores y de las editoriales (luce más un Julio-Claudio cualquiera que un Diocleciano, un Teodosio o un Mayoriano posteriores).

José Luis Corral

Por suerte las cosas cambian, aunque sea poco o poco, y la creatividad literaria desborda los itinerarios marcados por la tradición o el hábito. Un ejemplo de ello lo muestra la publicación de La prisionera de Roma, de José Luis Corral, editado por la editorial Planeta, una novela histórica ambientada a mediados del siglo III d.C. y que narra la vida y las ansias de poder de la reina Zenobia, la mujer que dirigió los designios de Palmira, una de las ciudades más importantes del Oriente romano y que pretendió construir un nuevo imperio independiente del romano y del de su gran enemigo, el imperio persa sasánida. Todo un soplo de aire fresco que permite revitalizar y ampliar la “base de datos” temática del género.

José Luis Corral nos traslada, como les decía, al Oriente romano, un territorio que aunque marcado por la dominación y el poder de Roma, posee un carácter exótico y oriental que lo acerca más al mundo medieval que no al propiamente romano que acostumbramos a hallar en otras novelas. El libro nos relata la vida de Zenobia, la reina más famosa de Palmira, la ciudad de las palmeras, y si me permiten, una de las soberanas más interesantes del Oriente mediterráneo después de la ilustre y famosa Cleopatra. La acción se sitúa, justamente, en los años conocidos como los de la Crisis del siglo III, en la que el poder romano parecía abocado al desastre debilitado por las constantes usurpaciones y conflictos políticos internos, por una crisis económica galopante (la historia siempre se repite), por la amenaza de los enemigos externos, principalmente bárbaros en la frontera del norte y persas en el limes oriental, y por la desestructuración interna, protagonizada por la escisión del conocido como Imperio galo y la independización del Oriente en manos de Palmira.

Corral nos transporta, así, a la ciudad caravanera y comercial de Palmira, que conoció su apogeo político a lo largo de los reinados de Odenato y su mujer Zenobia, y nos presenta a la bella e indomable reina que, tras la muerte de su marido heredó las riendas del poder. Asistiremos, pues, a la materialización de sus sueños de independencia tanto del poder romano como del persa y a la puesta en marcha de una fructífera política entre Oriente y Occidente. Si bien la osadía de Zenobia no será vista con buenos ojos desde Roma, que reclamará el dominio de sus posesiones en Oriente y luchará contra la soberana y contra su ciudad para recuperar su poderío en la zona.

Básicamente el libro se desarrolla entre estos parámetros: el Oriente antiguo, personificado en Palmira e invadido por el olor a las especias y la visión de las mercancías que llegaban del extremo Oriente y de la China, con el comercio de las cuales la ciudad se hizo rica y famosa. Aunque también seremos testigos de las intrigas políticas que la ambiciosa reina llevó a cabo para asegurar la autonomía de su ciudad situada entre los dos imperios más importantes del mundo antiguo. Es así que visitaremos la mágica y portentosa ciudad de Ctesifonte en la que los representantes de Palmira deberán negociar la paz con el Rey de reyes, seremos testigos de la conquista de Egipto por parte de las tropas palmirenas y nos veremos obligados a tener un ojo puesto en Roma, en la gran capital del mundo antiguo, que en su camino de recuperación política y con la llegada al poder de emperadores competentes como Aureliano, pretenderán recuperar su poderío en Oriente y escarmentar a la ciudad y a la reina que pretendió abandonar la égida romana.

Corral nos muestra a una Zenobia joven, hermosa (hermosísima) que anida en su corazón demasiados anhelos y sueños para su ciudad y para su descendencia. Una mujer decidida que llevó a su reino a un periodo de plenitud sin precedentes y que, según los historiadores, defendió el limes oriental romano en uno de los momentos más críticos de su existencia.

La última mirada a Palmira de la reina Zenobia, cuadro de Herbert Schmalz.

Si bien la publicación de La esclava de Roma es todo un acierto, algunos aspectos atenúan sus méritos. El principal de ellos es su extensión de 826 páginas. Sin duda un exceso que hace a la novela algo cansina y difícil de transportar. Es posiblemente un yerro del autor abarcar en la obra desde el mismo nacimiento de Zenobia hasta su cautiverio en Roma y su posterior liberación, de la que, por cierto, los historiadores no están tan seguros. Corral hubiera tenido que resumir o abreviar alguna parte de la historia para hacerla más abarcable “físicamente” al lector. Además en algunos momentos la historia deviene algo lenta, con lo que al sumiso lector le puede parecer que no avanza.

Corral, además, hace prevalecer a lo largo de la obra, y sobre todo en su parte final, los diálogos sobre las descripciones y contextualizaciones, con lo que la trama llega a desfallecer en algunos momentos, dejando al lector sin un espacio o ambiente en el que ubicarlas. Algo incomprensible estando situada la historia en una época y, sobre todo, en una región, el exótico Oriente, cuya fisicidad tendría que perfumar cada una de las páginas y las escenas del libro.

Por último el estilo de Corral nos deja claro muy pronto su dedicación como profesor de historia y su amplia experiencia en la difusión histórica, ya que su última novela, como otras escritas por él anteriormente, pecan, a veces, de una mayor voluntad de enseñar que de narrar. Si bien esto es algo positivo para aquellos de sus lectores que no conozcan demasiado bien la época en la cual se desarrolla la acción, puede afectar negativamente la lectura de aquellos que “controlan” algo más el asunto. Como no podía ser de otra forma, todo tiene elementos positivos y negativos.

Aún así, La prisionera de Roma es un buen ejemplo de la amplitud de miras y del profundo conocimiento que Corral posee sobre el tema y sobre la época, y su consagrado estilo a la hora de narrar un episodio que, aunque desconocido por muchos, constituyó un momento decisivo en la historia del Imperio romano. No sé si tengo la confianza necesaria con ustedes para solicitarles que opten esta vez por salirse de lo “conocido” por todos (al menos de aquellos habituados a leer novela histórica) y se entreguen a la lectura de una novela que, aunque extensa, tiene el atractivo y el encanto de hacernos viajar a uno de los momentos más interesantes de la historia de Roma y nos permite conocer a la reina Zenobia, un grandioso personaje histórico que tuvo el atrevimiento de enfrentarse a los dos imperios más colosales que haya conocido la humanidad y que durante algunos años convirtió a su ciudad, la comercial Palmira, en la base de un gran reino que intentó hacerles sobra.

Título: La prisionera de Roma
Autor: José Luis Corral
Editorial: Planeta
Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos
Fecha de publicación: 10/05/2011
Páginas: 832
ISBN: 978-84-08-10203-8
Formato: 15 x 23 cm.
Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta
Precio: 22,90 €
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Artículo: El emperador Didio Juliano. La subasta de un Imperio.

Didio Juliano

Son normalmente los grandes emperadores de Roma, aquellos que no solo gobernaron durante muchos años sino que realizaron una gran y diversa actividad política, los que atraen la atención tanto del gran público como de los historiadores acostumbrados a reconstruir sus vidas a través del estudio de una gran variedad de fuentes históricas que incluyen las obras de los autores antiguos, la arqueología, la epigrafía, la numismática…

A la sombra de estos gigantes se mueven (y se remueven) otra serie de personajes que, aunque nombrados también emperadores y a pesar de gobernar sobre las mismas ciudades y los mismos territorios en los que lo hicieron Augusto, Trajano, Marco Aurelio, Constantino o Teodosio no tuvieron la capacidad, la suerte o la destreza de emular el camino y las hazañas trazadas y realizadas por ellos.

Estos “otros” emperadores han sido desplazados de la historia y del conocimiento más general incluso por aquellos de sus semejantes que atemorizaron, sobresaltaron y ofendieron (esto siempre según las fuentes escritas partidistas, subjetivas y parciales) la autoridad y la dignidad de uno de los mayores imperios conocidos de la Antigüedad, y con él a una gran parte de su población, que sufrió los efectos de su malsana y perturbada actividad.

Este texto pretende analizar el breve reinado de uno de esos “otros” emperadores, de uno que gobernó Roma menos de tres meses (más exactamente dos meses y 5 días) y que alcanzó el poder imperial a través de una subasta, una simple puja organizada por la Guardia Pretoriana. Su nombre, Didio Juliano, seguro que no te sonará, aunque, como te decía antes, alcanzó la máxima dignidad que una persona podía conseguir por entonces, a finales del siglo II d.C., en el Imperio romano.

Nos disponemos, pues, a internarnos en el mundo regido por Roma y narrar brevemente cómo Didio Juliano accedió al poder y lo qué sucedió durante su corto aunque significativo reinado, con lo que podremos adquirir una visión más real y amplia de la historia de un Imperio que, aunque a veces no lo parezca, existió más allá de la dinastía Julio-Claudia y cuyo acontecer fue, en ocasiones, mucho más trágico y aciago de lo que el cine y la literatura nos puede hacer creer.

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Didio Juliano inició su carrera política durante el gobierno de Antonino Pío (138-161) y la continuó bajo el reinado de los últimos Antoninos, esto es, Marco Aurelio (161-180), Lucio Vero (161-169) y Cómodo (180-192), el final de un periodo considerado por diversos historiadores y especialistas como el más feliz y próspero que vivió el Imperio romano.

Fue, por otra parte, el gobierno de Cómodo y el escenario político que originó su muerte en el año 192 lo que permitió el ascenso al poder primero de Helvio Pertinax (193) y más tarde de Didio Juliano (193). Es por ello que iniciaremos estas páginas con el breve repaso al final del emperador Cómodo y con el relato del asimismo breve reinado de Pertinax, sin lo cual no podríamos entender, en su justa medida, la figura y el gobierno de Didio Juliano.

El final de Cómodo y el reinado de Helvio Pertinax.

Tras la muerte de Marco Aurelio en el año 180 a causa, seguramente, de la peste, le sucedió su hijo Cómodo (180-192), uno de los emperadores que con más mala fama ha llegado hasta nosotros, debido a la imagen que de él nos han transmitido las fuentes antiguas pro-senatoriales y, mucho más recientemente, a causa de la deformación narrativa que películas como La caída del Imperio romano (Anthony Mann, 1964) o Gladiator (Ridley Scott, 2000) nos han proporcionado de su reinado.

En consecuencia, lo que conocemos de Cómodo a través de los autores antiguos trascurre plagado de acontecimientos y situaciones presuntamente reprobables y propias de un comportamiento megalomaníaco, entre las que destacan diversas conspiraciones contra su persona (una de ellas tramada por Lucila, su propia hermana); delaciones, juicios y ejecuciones de un gran número de miembros de la clase senatorial; la delegación del poder imperial en manos de los favoritos del emperador, en muchos casos, según las fuentes, indignos de tal potestad; la oposición en el Senado y en el ejército a su persona; el condenable intento de sustituir el nombre de la ciudad de Roma por el de Colonia Comodiana e incluso la acusación de locura y de una voluntad manifiesta de autodivinización. Todo ello llevó a Cómodo a ser objeto de una última y certera conspiración que acabó con su vida la noche del 31 de diciembre del año 192, finalizando con él la dinastía antonina, que llevaba en el poder desde el año 98 d.C.

El emperador Cómodo.

Una vez muerto Cómodo, los principales instigadores de su muerte, el prefecto del pretorio Emilio Leto y el cubiculario o chambelán del palacio imperial Eclecto, ofrecieron el poder a Publio Helvio Pertinax, general de gran prestigio y de óptima reputación, que ejercía en aquellos momentos el cargo de prefecto de Roma, esto es, el encargado de mantener el orden en la ciudad.

Pertinax, del que los historiadores albergan dudas acerca de su posible participación en la conspiración que llevó a la muerte de Cómodo, tenía 66 años por aquel entonces. Era hijo de un liberto y había ejercido de joven como profesor de gramática. Más tarde desarrolló una amplia y provechosa carrera política que incluyó diversos destinos militares, el gobierno de varias provincias y el nombramiento como cónsul en dos ocasiones, en los años 175 y 192.

El nuevo emperador fue aclamado primero en el campamento pretoriano y confirmado más tarde en el Senado, no sin antes verse obligado a disipar ciertas dudas iniciales ante la nueva situación y sobre su futuro gobierno. Una de las primeras medidas que tomó el Senado tras el nombramiento de Pertinax fue la aprobación de la damnatio memoriae o condena de la memoria de Cómodo, lo que comportó la destrucción de sus estatuas y la eliminación de su nombre de todos los registros públicos.

Pertinax dispuso de muy poco tiempo para poner en práctica nuevas medidas políticas destinadas a afianzar el Estado tras el reinado de Cómodo y a consolidar su recién adquirida posición. Así, por ejemplo, sabemos que prohibió los procesos judiciales por traición iniciados contra los senadores; permitió el regreso a Roma a los exiliados políticos y restituyó el buen nombre de aquellos injustamente ejecutados durante el gobierno de su predecesor.

Para hacer frente a la ruinosa situación de las arcas públicas, el nuevo augusto se vio obligado a subastar las pertenencias de Cómodo que incluían, entre otras, sus “extravagantes” vestiduras, los carruajes imperiales, concubinas e incluso diversos bufones, en un momento en el que Pertinax tenía que hacer frente a grandes dispendios, que incluían los obligados donativos debidos al ejército y a la plebe por su ascensión al trono. Se esforzó, también, en mejorar la ley de la moneda de plata que había sido devaluada durante el reinado anterior; ideó un programa para impulsar la producción agrícola y eliminó diversos impuestos de aduana instituidos por su predecesor. Por último también intentó poner orden en las filas del Senado, aplicando una serie de medidas que provocaron malestar entre muchos de sus miembros.

De los pocos nombramientos que sabemos que realizó Pertinax destaca el de su suegro Flavio Sulpiciano como prefecto de la ciudad de Roma, cargo que el mismo Pertinax había ocupado antes de ser nombrado emperador y que, por ésta misma razón había quedado vacante.

Por desgracia para Pertinax, su relación con la Guardia Pretoriana, la fuerza militar más cercana a Roma y a la que el propio emperador debía, en parte, su nombramiento, fue deteriorándose con el paso del tiempo, llegando a producirse, incluso, dos tentativas conspiratorias organizadas en su contra des del mismo campamento pretoriano. Esta relación empeoró, tal como nos explica Dión Casio, historiador romano de origen minorasiático del siglo III, tras hacer evidente Pertinax, durante una reunión del Senado, la ingratitud de los soldados a los cuales había concedido, aseguró, el mismo donativo que emperadores predecesores tras su ascensión al trono, aunque los recursos económicos de aquéllos fueran superiores a los suyos. Parece ser que la aseveración del emperador no fue del agrado de los pretorianos, sobre todo si tenemos en cuenta que no era del todo cierta.

Poco después de este hecho, la Guardia Pretoriana organizó un nuevo motín en contra del emperador que, esta vez sí, pondría fin a su vida. El alzamiento se produjo el día 28 de marzo del año 193. Parece que Pertinax tuvo aún tiempo de enviar a Sulpiciano al campamento pretoriano para tranquilizar allí los ánimos. Aún así unos 200 o 300 soldados se dirigieron al palacio imperial donde se hallaba el emperador. Aunque inicialmente el arrojo y las palabras de éste pudieron aplacar el ánimo de los insubordinados, la voluntad de estos últimos acabó por prevalecer, iniciándose una escaramuza que acabó con la vida de Pertinax y con la de su chambelán Eclecto. Por el contrario, Leto, que también se hallaba en el palacio en aquellos momentos, consiguió escapar, según la Historia augusta, colección de biografías de diversos emperadores romanos escrita a finales del siglo IV, abandonando a su suerte al emperador.

La muerte de Pertinax tras 87 días de gobierno evidenciaba el poder que por aquel entonces poseía el ejército, en este caso más concretamente las cohortes pretorianas, ya que su favor o su desafección podían causar, como hemos visto, tanto el auge como la caída de un emperador.

La subasta del Imperio.

Los hechos se sucedieron rápidamente tras la muerte de Pertinax. Sulpiciano, que se hallaba como sabemos en el campamento pretoriano, trató de convencer a las tropas allí acuarteladas de que le proclamaran emperador tras conocer la noticia del asesinato de Pertinax. Parece, por el contrario, que los soldados no estaban muy convencidos a la hora de nombrar al suegro del emperador asesinado como nuevo augusto, por lo que algunos tribunos se dirigieron a la ciudad con el objetivo de hallar en ella a un candidato mejor. En su búsqueda hallaron a Didio Juliano, senador de larga carrera política que, junto a su yerno Cornelio Repentino, había acudido al Senado para atender a la reunión de la cámara que Pertinax había convocado poco antes de morir.

Aunque Juliano rechazó, en un principio, la púrpura que le ofrecían los tribunos, finalmente cedió a sus proposiciones y se dirigió hacia el campamento pretoriano, del que halló las puertas cerradas. Fue entonces cuando se produjo uno de los hechos más notorios y sorprendentes en la historia de Roma, la tristemente célebre subasta del poder imperial, que es, seguramente, el hecho más destacado del reinado de Didio Juliano.

Según parece éste no se amedrentó al hallar vedado su acceso al campamento. Consciente de lo que se decidía en su interior, no dudó en subirse a la muralla del cuartel pretoriano para recordar a los soldados allí reunidos lo peligroso que podía resultar para ellos la elección de Sulpiciano y escribió en una tablilla la promesa de que él restauraría el buen nombre del emperador Cómodo. La pugna por el poder del Imperio entre Sulpiciano y Juliano llevó al primero de ellos a ofrecer 20.000 sestercios por su nombramiento a cada uno de los soldados, a lo que Juliano respondió aumentando la puja en 5.000 sestercios más, según Dión Casio, gritando en voz alta la suma e indicándola con los cinco dedos de la mano en alto, una temeraria apuesta que le permitió, finalmente, ser reconocido emperador por los pretorianos la noche del 28 de marzo del año 193. Sin duda alguna este no era el mejor ejemplo que dar a las tropas ya que evidenciaba la dependencia del poder político con respecto al ejército o a una parte de él, que podía, así, nombrar y deponer emperadores a cambio de la promesa del pago de una determinada cantidad de monedas.

Sin embargo, no todo el trabajo estaba hecho. Una vez ganado el ejército, o al menos aquel más cercano a Roma, Juliano necesitaba ser reconocido emperador por el Senado, cámara que aunque había perdido gran parte de su poder real en esta época, aún era considerada un estamento de representación y de legitimidad capital en la política romana.

Así, pues, Juliano se dirigió al Senado escoltado por los propios pretorianos que, con el objetivo de presionar a los senadores, rodearon el edificio de la curia Julia donde se reunían, y en el que Juliano fue reconocido emperador con el nombre oficial de Marco Didio Severo Juliano.

La Curia Julia en Roma, lugar donde se reunía el Senado.

Fue la plebe de Roma, sin embargo, la que mostró un mayor descontento ante la proclamación de Juliano. Ya al día siguiente, el 29 de marzo, injurió al nuevo emperador en su camino al Senado, e incluso se atrevió a lanzarle piedras. Dión Casio nos informa de que la plebe acusó a Juliano de “ladrón del Imperio” y parricida, viéndose éste obligado al uso de la fuerza para acabar con aquella situación. No contenta con esto, la plebe se dirigió al Circo Máximo donde permaneció reunida toda la noche y durante el día siguiente, pronunciándose a favor de que Pescenio Niger, gobernador de la provincia de Siria, regresara a Roma con su ejército para asistirla.

Parecía, pues, que las cosas se le complicaban a Juliano desde un buen principio, aunque el nuevo emperador poseía una larga carrera al servicio del Estado que le convertía en una persona capacitada para tal nombramiento y que incluía el mando de una legión en Germania, la curatela de los alimentos en Italia y el gobierno de diversas provincias, entre ellas Bélgica, Dalmacia, Bitinia, África y Asia. Juliano era además uno de los miembros del Senado de mayor edad y rango. Aún así fue la forma en la que se había producido su ascenso al poder lo que desacreditó al nuevo augusto ante el resto de senadores, que aceptaron la situación, en gran medida, debido a la presión ejercida por los pretorianos, los causantes de la muerte de su predecesor Pertinax.

Fuera como fuese, la principal oposición ante el nombramiento como emperador de Juliano no se produjo en la ciudad de Roma sino en las provincias y más concretamente en aquellas donde estaban concentradas las legiones romanas. Como ya se había demostrado anteriormente, el verdadero poder no residía, entonces, en el Senado, en la ciudad de Roma o en las tropas pretorianas, sino en la amenaza que constituían los ejércitos provinciales que podían apoyar a sus generales en la lucha por el poder imponiendo, con la desnuda fuerza de las armas, a sus propios candidatos en aquellas ocasiones en las que la autoridad en Roma diera muestras de debilidad, como era ahora el caso tras la muerte violenta de dos emperadores, Cómodo y Pertinax. La situación no se hizo, pues, esperar, y no pasó demasiado tiempo para que aparecieran diversos pretendientes al “trono” imperial apoyados por sus respectivas legiones.

El primero de ellos fue Septimio Severo, gobernador de origen africano de la provincia de Panonia Superior, que fue proclamado emperador el 9 de abril del año 193 en Carnuntum (la actual Petronell-Carnuntum, en el noreste de Austria) y al que le apoyaban dieciséis legiones: las tres bajo sus órdenes y otras seis establecidas en las provincias de Moesia y Dacia, a las que se sumaron más tarde las legiones del Rin. Severo se presentó ante sus tropas como el vengador del difunto Pertinax.
Poco más tarde, Clodio Albino fue asimismo aclamado emperador en la provincia de Britania con el apoyo de las tres legiones establecidas allí y un gran número de fuerzas auxiliares.
El último en proclamarse emperador fue el propio Pescenio Níger, gobernador de la provincia de Siria, que lo hizo hacia finales de abril respaldado por las tropas orientales que sumaban un total de diez legiones.

La situación se complicaba para Juliano, sobre todo si tenemos en cuenta que para hacer frente a tales amenazas militares apenas contaba con el apoyo de los pretorianos, una fuerza que ascendía a unos 8.000-15.000 hombres que, con la muerte de Pertinax y el insólito nombramiento de él mismo como emperador demostraba la poca confianza que se podía depositar en ellos. Juliano no había llegado tampoco a decantar plenamente al Senado a su favor y mucho menos a la plebe, que había mostrado de forma clara su oposición al nuevo augusto.

Consciente de su precaria posición y a nivel de propaganda política, Juliano acuñó diversas series de monedas proclamándose Rector Orbis (‘regidor del mundo’) y manifestando la ‘unidad del ejército’ (Concordia militaris), unas afirmaciones, para su desgracia, bastante alejadas de la realidad.

Áureo de Juliano.

Más tarde, al llegar a Roma las noticias de la rebelión de las tropas en la provincia de Panonia, sin duda alguna la amenaza militar más cercana a la capital, el Senado, a instancias de Juliano,

declaró a Severo enemigo público, haciendo, seguramente, lo mismo con respecto a Níger. Juliano inició, además, las tareas para mejorar la defensa de la capital en el caso de que las tropas de Severo se dirigieran hacia ella. Para tal fin se sirvió de los pretorianos e incluso de los marineros de la flota de Miseno, la base naval romana establecida en la bahía de Nápoles.

reverso: leyenda Rector Orbis.

Juliano intentó, incluso, el reclutamiento con fines defensivos de los elefantes utilizados en los juegos y espectáculos de la ciudad de Roma. Sin embargo, tal y como nos informan nuestras fuentes, y en especial Dión Casio, que fue testigo presencial de los hechos, parece que ni los pretorianos ni los marineros se tomaron muy en serio sus tareas asignadas. Fue, además, imposible adiestrar a los elefantes para sostener sobre sus lomos las torres militares que tenían que dar cabida a los soldados.

La Historia Augusta nos indica que fue en estos momentos cuando Juliano ordenó la muerte del antiguo prefecto del pretorio, Leto, que había sido substituido en el cargo tras la muerte de Pertinax, y de Marcia, la concubina de Cómodo y una de las instigadoras de su asesinato, ya que sospechaba que aquél podía tomar partido por Severo.

Esta misma fuente nos informa de otras de las medidas que llevó a cabo Juliano con el objetivo de reconducir la situación en su favor. Una de ellas fue la concesión de una amnistía general a los soldados que habían tomado partido a favor de Severo, estableciendo, eso sí, una fecha límite para hacerla efectiva, de lo contrario ellos mismos serían declarados, también, enemigos públicos. Juliano nombró, además, a Valerio Catulino para que reemplazara en el cargo a Severo, provocando la sorpresa en el autor de su biografía en la Historia Augusta pues, como éste indica, el emperador actuaba “como si fuera posible sustituir a alguien que se había granjeado ya el favor del ejército”. Otra de las osadas medidas llevadas a cabo por Juliano fue el envío de Aquilio Felix, frumentarius (oficial de la “policía secreta” del ejército romano) especializado en el asesinato de senadores, con la misión de dar muerte al propio Severo.

Por su parte, éste último se dio prisa en iniciar su marcha hacia Italia y, aprovechándose de la aparente incapacidad de Juliano, alcanzó los pasos de los Alpes sin encontrar allí resistencia alguna, según Herodiano, historiador que vivió entre los siglos II y III d.C, porque Juliano no se atrevió a salir de la ciudad con las tropas pretorianas. Severo se adelantó también a su rival a la hora de conseguir el apoyo de la flota del Adriático estacionada en Rávena.

Por el contrario, los esfuerzos diplomáticos y militares llevados a cabo por Juliano no alcanzaban los resultados esperados, ya fuera por el fracaso en las negociones, como en el caso del envío de Vespronio Cándido a la frontera del Rin con el objetivo de conseguir el apoyo militar de las legiones allí establecidas, o por la deserción de diversos de sus emisarios, como fue el caso de la delegación senatorial enviada a Severo o la defección del mismo Aquilio Felix.

Juliano, consciente de su trágica situación, optó todavía por una nueva estratagema. Reunió de nuevo al Senado instándole a enviar a Severo una delegación constituida por sacerdotes, vestales y los propios miembros de la cámara en acto de súplica. La propuesta, sin embargo, fue rechazada tras el parlamento de Plaucio Quintilo, senador y augur, que según la Historia augusta objetó al propio Juliano que “no debería regir el Imperio un individuo que fuera incapaz de enfrentarse con las armas a su enemigo”, opinión a la que se sumaron la mayoría de los senadores.

La negativa del Senado a acceder a la solicitud de Juliano le obligó a elaborar un nuevo plan que contemplaba nombrar a Severo co-emperador. Para ello envió al prefecto del pretorio Tulio Crispino para hacerle llegar la propuesta a su rival, aunque fatídicamente éste fue interceptado por las tropas severianas y resultó, poco más tarde, ejecutado.

Imagen de Septimio Severo acompañado por su mujer, Julia Domna y sus dos hijos Caracala y Geta.

Severo, que ya poseía, según Herodiano, agentes en las cercanías y en el interior de la ciudad de Roma, escribió, de nuevo si seguimos la Historia augusta, a un gran número de personas en la capital y elaboró proclamas que fueron expuestas públicamente en su interior.

Nuestras fuentes nos informan de que llegado este momento y siendo tal la desesperación de Juliano, pues su propia vida le iba en ello, el emperador sucumbió ante la desazón, y llegó a realizar algún tipo de ritual que comportaba, según parece, sacrificios humanos.

Según la Historia augusta, “Juliano tuvo además la insensatez de utilizar a los magos para celebrar muchos ritos con los que pensaba aplacar el odio del pueblo o apaciguar la exaltación bélica de los soldados. En efecto, los magos sacrificaron algunas víctimas que no eran adecuadas para los ritos romanos y cantaron himnos profanos y Juliano hizo los ensalmos que, según las prescripciones, se hacen ante un espejo, en el que dicen que los niños ven el futuro, después de haber vendado sus ojos y haber pronunciado fórmulas mágicas sobre su cabeza, y en aquella ocasión se dice que un niño vio la llegada de Severo y la retirada de Juliano”.

Por su parte, Dión Casio nos informa de que Juliano “mató a muchos niños en un ritual mágico, creyendo que podría evitar algunas desgracias futuras si era capaz de conocerlas de antemano”.

Otra medida desesperada aunque con más fundamento político que la anterior, de la que también nos informa la Historia augusta, fue la nueva propuesta que Juliano presentó al Senado tras anular los anteriores decretos en relación al nombramiento de Severo como co-emperador y que contemplaba la llamada a las armas de los gladiadores de las escuelas de Capua y la decisión de compartir el poder con el viejo senador Claudio Pompeyano, general de Marco Aurelio y emparentado con este emperador al haberse casado en segundas nupcias con su hija Lucila. Pompeyano, que ya había rehusado la púrpura imperial al ofrecérsela Pertinax tras la muerte de Cómodo, volvió a rechazarla ahora aduciendo, de nuevo, su avanzada edad y “que tenía ya la vista cansada”.

Fue Severo el que dio el siguiente paso, solicitando a través del envío de cartas a los pretorianos el arresto de los responsables de la muerte de Pertinax, asegurándoles que si cumplían su requerimiento no tomaría ninguna represalia contra ellos. Los pretorianos, la base primordial del poder de Juliano, se declararon, entonces, a favor de Severo al responder positivamente a su solicitud e informando de ello al cónsul Silio Messala, que reunió de nuevo al Senado en el Ateneo, edificio construido por el emperador Adriano, e informó al resto de los senadores de la acción llevada a cabo por la guardia pretoriana. El Senado, consciente de la situación, condenó a muerte a Juliano, nombró emperador a Severo y deificó al asesinado Pertinax.

De la muerte de Didio Juliano, que se produjo el día 1 de julio del año 193, poseemos tres narraciones que, aunque muy similares, nos permiten conocer un poco mejor los últimos momentos de vida de este emperador, por lo que las reproduciremos íntegramente aquí.

Según Dión Casio, “Juliano fue asesinado mientras estaba descansando en el palacio imperial; sus únicas palabras fueron ‘¿Pero qué daño he hecho? ¿A quién he matado?’”.

Según la Historia augusta, “el Senado envió a unos individuos por cuya intervención, con la ayuda de un simple soldado, Juliano fue asesinado en Palacio, a pesar de que imploraba clemencia del César, es decir, de Severo […]. Severo entregó el cadáver a su esposa Manlia Escantila y a su hija, para que le dieran sepultura, y ellas le llevaron a enterrar a la tumba de su bisabuelo situada a cinco millas de la vía Labicana”.

Finalmente, según Herodiano: “Cuando el Senado supo que Juliano estaba tan asustado y que la guardia imperial lo había abandonado por temor a Severo, votó la muerte para Juliano y que Severo fuera proclamado emperador único. […] Entretanto un tribuno militar fue enviado a Juliano con la misión de matar al cobarde y miserable anciano que había comprado, así, con su propio dinero, un final tan desdichado. Fue encontrado solo y abandonado por todos y vergonzosamente, entre súplicas y lágrimas, fue ejecutado.

La Historia augusta, al final de la biografía dedicada a Juliano, nos ofrece una breve descripción del carácter de éste efímero emperador, que vale la pena, también, citar aquí como colofón.

“Se le echaron en cara a Juliano estos vicios: que había sido goloso y jugador, que se había entregado a los ejercicios gladiatorios y que todas estas pasiones las había adquirido de anciano, ya que durante su juventud jamás se le había acusado de ellas. Se le reprochó también su orgullo, aunque fue muy humilde, incluso cuando ejerció el poder. Por el contrario, fue muy afable en los banquetes, muy bondadoso ante las peticiones que le hacían y muy comedido respecto a la concesión de la libertad.

Vivió cincuenta y seis años y cuatro meses. Ostentó el poder imperial durante dos meses y cinco días. Se le reprochó principalmente que hubiera nombrado como lugartenientes suyos para gobernar la república a personas a las que tenía que haber controlado con su autoridad”.

La muerte de Juliano no supuso, sin embargo, la consolidación definitiva del poder de Severo, ya que una vez aquél estuvo fuera de combate aún tendría el nuevo hombre fuerte de Roma que enfrentarse a sus rivales Pescenio Níger primero y a Clodio Albino más tarde, no siendo hasta el año 197 cuando se impuso definitivamente a sus dos oponentes.

Lo que sí que dejaba claro la crisis política del año 193 (el año de los cinco emperadores) como antes habían demostrado los enfrentamientos militares originados tras la muerte de Nerón en el año 68 o el asesinato de Domiciano en el año 96, era que la principal fuente de poder ya no residía en Roma y mucho menos en el Senado que, aunque mantenía su prestigio como cámara en la que se reunía la aristocracia más rica y distinguida del Imperio, había perdido todas o la mayoría de sus atribuciones políticas reales y había quedado reducida a una herramienta administrativa que, aunque superior, dependía totalmente del emperador, el cual había ido apropiándose lenta per irremisiblemente del gobierno efectivo del Estado romano desde la época de Augusto.

El único estamento que mantenía su influencia en el acontecer político de Roma era, pues, el ejército, y sobre todo aquellas fuerzas concentradas en gran número en las fronteras del Imperio, que por su cuantía y su actuación bajo las órdenes de diferentes gobernadores provinciales, se podían convertir en el apoyo principal de cualquier general ambicioso que pretendiera la autoridad suprema.

La crisis del año 193 también dejaba claro el peligro que representaba la Guardia Pretoriana para aquél que detentaba el poder, que aunque menor, por el tipo de fuerzas de las que estaba constituida y de su número reducido, también se podía mostrar como una seria amenaza ante la autoridad del emperador. Su importancia residía en el hecho de ser las únicas fuerzas existentes en la provincia de Italia (establecidas en las afueras de la ciudad de Roma desde el reinado de Tiberio), condición que les otorgaba la capacidad de hacer y deshacer emperadores en base a sus propios intereses, como ya se había demostrado con la muerte del emperador Calígula y el nombramiento como augusto de su tío Claudio en el año 41 d.C., dos hechos en los que estuvo implicada la Guardia Pretoriana.

Didio Juliano pagaba así, con su vida, su atrevimiento político y dejaba claro para el futuro que a estas alturas de la historia de Roma se necesitaba algo más que el mero ofrecimiento de dinero y la realización de una más que digna carrera al servicio del Estado para optar a la más alta dignidad política del Imperio, premio reservado solo para aquellos que además de ello dispusieran de una amplia red de contactos y del apoyo de fuerzas militares capaces de secundar sus pretensiones a la púrpura imperial.

Entrevista radiofónica: EL EMPERADOR DIDIO JULIANO Y SU ASCENSO AL PODER (193 d.c.) – Luces en la Oscuridad

Fuentes primarias:

– Historia romana, Dion Casio.

– Historia del Imperio romano después de Marco Aurelio, Herodiano.

– Historia Augusta.

Bibliografía:

– Birley, A. R., Septimius Severus, The African Emperor, ed. Routledge, Londres, 1999.

– Bowman, A. K., Garnsey, P., Cameron, A. (editores), Cambridge Ancient History, The Crisis of Empire, AD 193-337, vol. 12, Cambridge University Press, Cambridge, 2008

– Fredouille, J-C., Diccionario de la civilización romana, ed. Larousse, Barcelona, 1995.

– Jerphagnon, L., Historia de la Roma antigua, ed. Edhasa, 2007.

– Potter, D. S., The Roman Empire at Bay AD 180-395, ed. Routledge, Londres, 2004

– Roldán Hervás, J. M., Historia de Roma, Ediciones Universidad de Salmanca, Salamanca, 1995.

– Roldán, J. M., Blázquez, J. M. y del Castillo, A., El Imperio romano (siglos I-III), col. Historia de Roma, ed. Cátedra, Madrid, 1989.

– Southern, P., The Roman Empire from Severus to Constantine, Routledge, Londres, 2001.
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Publicación: La ruina del imperio romano, de James O´Donnell.


El año pasado Ediciones B publicó La ruina del imperio romano la última monografía escrita por el historiador James O’Donnell, un análisis sobre las causas de la caída del Imperio romano y sus consecuencias en el inicio de la Edad Media.

Ésta es la historia de cómo uno de los mayores imperios de nuestra historia acabó de desmoronarse y con él el sueño de Alejandro Magno y Julio César de unificar Europa, el Mediterráneo y Oriente Medio en una sola comunidad. Durante el siglo VI, en el año 532 y en pleno centro del Imperio romano, el emperador Justiniano, en su palacio de Constantinopla, trataba de recuperar la antigua gloria de una potencia que estaba moribunda. Pero todo se fue a pique por culpa de las guerras religiosas, la peste y las migraciones ilegales de personas que, paradójicamente, buscaban defenderse de ese mismo imperio. Todo ello tiró por tierra el intento de Justianiano y el imperio se colapsó, para dejar paso al auge del Islam.

James O’Donnell es un distinguido clasicista e historiador educado en Princeton y Yale. Autor de una aclamada biografía de san Agustín, miembro de la Academia Americana de Medievalistas y presidente de la Asociación Filológica Americana, imparte Historia en la Universidad de Georgetown desde 2002.

Título: La ruina del imperio romano
Autor:
James O’Donnell
Editorial:
Ediciones B
Colección: No ficción histórica
Fecha de publicación en España: marzo de 2010
Paginas: 528
Formato: 15 x 23 cm
Precio: 15.00 €

Otros libros del autor:

Avatares de la palabra: del papiro al ciberespacio, Ed. Paidós Ibérica, 2000.
Augustine: A New Biography, Ecco, 2005.

Crítica: Césares, de José Manuel Roldán.

Es seguramente la dinastía de los Julio-Claudios, los primeros emperadores romanos, la que ha centrado el interés general del público, ya sea en su vertiente histórica, simbólica, literaria, o cinematográfica… convirtiéndose en la etapa de la historia del Imperio romano más tratada, analizada y reconstruida, de tal forma que, aunque no sepamos situarla cronológicamente en un marco temporal claro, conocemos no solo a sus integrantes, esto es, Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, sino que podemos trazar, aunque sea de una forma borrosa, las líneas generales ya sea de su reinado o de su personalidad.

No obstante, la celebridad de los miembros de la dinastía Julio-Claudia ha supuesto, también, una “deuda histórica”, no solo a la fama de los primeros emperadores de la Roma imperial, sino a la imagen que de la Antigüedad ha llegado a nosotros, compuesta, gracias sobre todo a el influjo del cine, de grandeza, poder, lujo debilidad, tiranía, perversidad, vileza e inhumanidad, unas características que, de forma injusta, se han contagiado no tan solo al resto de los emperadores romanos (no olvidemos que, al menos oficialmente, se cuentan unos 53) sino también a toda una época, la romana, vista en la actualidad como un período donde el lujo, la codicia y la perversidad (regado, todo ello, como no, por un deseo sexual incontrolado materializado en las ya clásicas escenas de orgia y de bacanales) de los emperadores, dueños absolutos del imperio, se imponían al resto de la población que habitaba el territorio dominado por ellos, ya fueran estos senadores, caballeros, comerciantes, artesanos, hombres libres, campesinos o esclavos.

Pues bien, todo ello, o la mayoría, no es ni más ni menos que una representación tópica y estereotipada de una época que ni mucho menos se puede reducir a lo escrito anteriormente (y si no es así ¿dónde tendríamos que situar a los grandes emperadores como Trajano, Adriano, Marco Aurelio o Constantino?) sino que es una imagen creada, en gran medida, tras mil setecientos años de dominio cultural en Europa en manos de la Iglesia católica, institución que anatemizó el periodo romano como una etapa diabólica, perversa (y pagana) previa a la aparición y consolidación del credo cristiano en Europa. Todo ello fue popularizado, más tarde, por la literatura y el cine que, con la adaptación de diversas novelas históricas ambientadas en la época y la creación de guiones cinematográficos basados en los tópicos conocidos y esperados (y deseados) por el público (comprador de entradas) acabó por consolidar una visión subjetiva, parcial y simplista de una de las épocas más asombrosa y apasionante de la historia del hombre.

Pues bien, la editorial La esfera de los libros ha publicado Césares, de José Manuel Roldán, una de esas obras que son y han de servir de referencia para conocer un poco más profundamente y con mayor fundamento un período y unos personajes vilipendiados, en muchos casos, por la historia. Como decíamos y como su título advierte, Roldán realiza un recorrido por las vidas y los reinados de los primeros emperadores romanos, aquellos que pertenecieron a la dinastía Julio-Claudia. En su viaje, que al leerlo también será el nuestro, el autor se empeña en situar a cada uno de los emperadores reseñados en el lugar que le pertenece y en la época en la que vivieron. No pretende repetir todo aquello que ya se ha dicho de cada uno de los césares sino que, acompañado de las fuentes antiguas siempre que éstas hagan falta, de un amplio conocimiento de la temática, avalado por largos años de docencia universitaria e innumerables obras escritas (algunas de las cuales honra el que estas líneas escribe) y de una magistral y esplendida pluma, Roldán consigue acercarnos, un poco más, al periodo histórico y a las “personas” reales que configuraron y dieron forma a una época.

José Manuel Roldan

El autor aúna en la obra, como decía anteriormente, un dominio absoluto del período histórico y la voluntad de “acabar” con ciertas visiones del pasado. Y esto lo hace de una forma amena, rigurosa e impecable. Y con esto quiero decir que Césares no es solo una obra con la que vayan a gozar aquéllos que conocen y se interesan por la historia, sino que el estilo en el que está escrito el libro invita al lector a interesarse y a avanzar en la lectura. Son pocas las veces en las que el contenido y el contenedor tienen la misma categoría, sobre todo en libros de historia, escritos, no olvidemos, por historiadores, no por literatos. Pues este es uno de ellos, en los que la delicadeza y el rigor (y creo hablar sin exagerar) de la forma en la que el libro está escrito envuelve la belleza y fastuosidad de una época lejana ya de nosotros.

Así, pues, podremos descubrir la transformación política que sufrió Roma durante la última etapa de la República y que llevó, en los tiempos de Julio Cesar y de Augusto, a la creación del Imperio; podremos presenciar la evolución del mismo durante el reinado de Tiberio y el terror desatado en la capital por su mano derecha el prefecto del pretorio Sejano; conocer qué hay de cierto en la acusación de perversidad y crueldad achacada al viejo Tiberio; analizar en clave histórica el reinado de Calígula y Nerón, dos de los emperadores, sin duda, más famosos y que peor ha tratado la historia y seremos testigos, también, del gobierno del “cojo y tartamudo” Claudio o de las ávidas y codiciosas mujeres que influenciaron su vida y su reinado: Mesalina y Agripina.

¿Incendio Nerón Roma? ¿Fue la enfermedad la que trastornó al joven Calígula? ¿Cuáles fueron los motivos de Augusto para materializar la transformación de la República en un Imperio? ¿Cuál fue el legado de Julio César? ¿Participó Claudio en la conspiración que llevó a la muerte de su sobrino Calígula? ¿Fue Tiberio la mano que ordenó la muerte de Germánico, su presunto sucesor en el poder? Roldán nos responde a estas y otras preguntas introduciéndonos en los tejemanejes de una de las dinastías más famosas de la historia, no solo por su importancia política sino también por los supuestos excesos y abusos que, según las fuentes, llegaron a cometer. Y es a través del estudio y la reflexión sobre estas fuentes como José Manuel Roldán nos permite ser testigos “de primera” de un período de la historia importantísimo para entender la evolución del mundo occidental posterior. Una utilización de las obras de los autores antiguos que veremos plasmada en el texto allí cuando haga falta, sin evitar, claro está, la reflexión y la crítica de las mismas, necesaria para entender por qué fueron escritas y con qué objetivo, una práctica pertinente para lograr conocer mejor la época y los personajes históricos a los que hacen referencia.

Roldán consigue crear una imagen realista e histórica de la Roma imperial del momento (siglos I a.C. y I d.C.) y de la primera dinastía que gobernó sobre ella alejada, pues, de todos los tópicos y “errores” fundamentados que la cultura de masas y los media han creado y reproducido de ella. Toda una oportunidad no solo para intentar comprender una época maltratada por la propia historia y de viajar por un período histórico apasionante (y emocionante) sino de dejarse llevar por un texto y un estilo que pertenecen, sin duda, a uno de los historiadores más prolíficos que “campean” por tierras hispanas. Todo acompañado, al final de cada capítulo/reinado de una breve bibliografía actualizada que permitirá, a aquellos que así lo deseen, profundizar y dar un paso más en el conocimiento de uno de los capítulos más importantes de la historia de la humanidad, al menos de aquella que nació y que deriva del mundo en el que gobernaron los sucesores de Julio César y Augusto.

Título: Césares
Autor: José Manuel Roldán
Editorial:
La esfera de los libros
Precio:
29,00 €
Páginas: 528
ISBN: 9788497347211
Fecha de publicación: 08/4/2008
Colección: Historia Divulgativa
Formato: 16×24 Cartoné
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez