Cada vez más los autores de novela histórica tienen que expandir su repertorio de épocas, personajes y contextos para hacer valer la originalidad y la creatividad en la elección y elaboración de sus obras. Queramos o no, ciertos momentos, trascendentes o no, de la historia han generado y generan un gran número de novelas, mientras que otros, considerados menos atractivos, se mantienen en la penumbra, iluminados tan solo por débiles soslayos de luz, aunque posean, a priori, tanta validez e interés como aquellos periodos y escenarios históricos más transitados por los escritores.
Si bien, de vez en cuando las mesas de novedades de las librerías nos muestran nuevos temas y, por tanto, nuevas posibilidades para realizar un viaje literario en el tiempo, en la historia, y nos ofrecen “billetes” de lectura con dirección a la Grecia Helenística, a la Roma imperial (aunque ambientada en otros momentos que no sean en los que gobernaron los emperadores de la dinastía Julio-Claudia) e incluso al periodo del Bajo Imperio, una época al parecer prohibida para muchos de los autores y de las editoriales (luce más un Julio-Claudio cualquiera que un Diocleciano, un Teodosio o un Mayoriano posteriores).
José Luis Corral
Por suerte las cosas cambian, aunque sea poco o poco, y la creatividad literaria desborda los itinerarios marcados por la tradición o el hábito. Un ejemplo de ello lo muestra la publicación de La prisionera de Roma, de José Luis Corral, editado por la editorial Planeta, una novela histórica ambientada a mediados del siglo III d.C. y que narra la vida y las ansias de poder de la reina Zenobia, la mujer que dirigió los designios de Palmira, una de las ciudades más importantes del Oriente romano y que pretendió construir un nuevo imperio independiente del romano y del de su gran enemigo, el imperio persa sasánida. Todo un soplo de aire fresco que permite revitalizar y ampliar la “base de datos” temática del género.
José Luis Corral nos traslada, como les decía, al Oriente romano, un territorio que aunque marcado por la dominación y el poder de Roma, posee un carácter exótico y oriental que lo acerca más al mundo medieval que no al propiamente romano que acostumbramos a hallar en otras novelas. El libro nos relata la vida de Zenobia, la reina más famosa de Palmira, la ciudad de las palmeras, y si me permiten, una de las soberanas más interesantes del Oriente mediterráneo después de la ilustre y famosa Cleopatra. La acción se sitúa, justamente, en los años conocidos como los de la Crisis del siglo III, en la que el poder romano parecía abocado al desastre debilitado por las constantes usurpaciones y conflictos políticos internos, por una crisis económica galopante (la historia siempre se repite), por la amenaza de los enemigos externos, principalmente bárbaros en la frontera del norte y persas en el limes oriental, y por la desestructuración interna, protagonizada por la escisión del conocido como Imperio galo y la independización del Oriente en manos de Palmira.
Corral nos transporta, así, a la ciudad caravanera y comercial de Palmira, que conoció su apogeo político a lo largo de los reinados de Odenato y su mujer Zenobia, y nos presenta a la bella e indomable reina que, tras la muerte de su marido heredó las riendas del poder. Asistiremos, pues, a la materialización de sus sueños de independencia tanto del poder romano como del persa y a la puesta en marcha de una fructífera política entre Oriente y Occidente. Si bien la osadía de Zenobia no será vista con buenos ojos desde Roma, que reclamará el dominio de sus posesiones en Oriente y luchará contra la soberana y contra su ciudad para recuperar su poderío en la zona.
Básicamente el libro se desarrolla entre estos parámetros: el Oriente antiguo, personificado en Palmira e invadido por el olor a las especias y la visión de las mercancías que llegaban del extremo Oriente y de la China, con el comercio de las cuales la ciudad se hizo rica y famosa. Aunque también seremos testigos de las intrigas políticas que la ambiciosa reina llevó a cabo para asegurar la autonomía de su ciudad situada entre los dos imperios más importantes del mundo antiguo. Es así que visitaremos la mágica y portentosa ciudad de Ctesifonte en la que los representantes de Palmira deberán negociar la paz con el Rey de reyes, seremos testigos de la conquista de Egipto por parte de las tropas palmirenas y nos veremos obligados a tener un ojo puesto en Roma, en la gran capital del mundo antiguo, que en su camino de recuperación política y con la llegada al poder de emperadores competentes como Aureliano, pretenderán recuperar su poderío en Oriente y escarmentar a la ciudad y a la reina que pretendió abandonar la égida romana.
Corral nos muestra a una Zenobia joven, hermosa (hermosísima) que anida en su corazón demasiados anhelos y sueños para su ciudad y para su descendencia. Una mujer decidida que llevó a su reino a un periodo de plenitud sin precedentes y que, según los historiadores, defendió el limes oriental romano en uno de los momentos más críticos de su existencia.
La última mirada a Palmira de la reina Zenobia, cuadro de Herbert Schmalz.
Si bien la publicación de La esclava de Roma es todo un acierto, algunos aspectos atenúan sus méritos. El principal de ellos es su extensión de 826 páginas. Sin duda un exceso que hace a la novela algo cansina y difícil de transportar. Es posiblemente un yerro del autor abarcar en la obra desde el mismo nacimiento de Zenobia hasta su cautiverio en Roma y su posterior liberación, de la que, por cierto, los historiadores no están tan seguros. Corral hubiera tenido que resumir o abreviar alguna parte de la historia para hacerla más abarcable “físicamente” al lector. Además en algunos momentos la historia deviene algo lenta, con lo que al sumiso lector le puede parecer que no avanza.
Corral, además, hace prevalecer a lo largo de la obra, y sobre todo en su parte final, los diálogos sobre las descripciones y contextualizaciones, con lo que la trama llega a desfallecer en algunos momentos, dejando al lector sin un espacio o ambiente en el que ubicarlas. Algo incomprensible estando situada la historia en una época y, sobre todo, en una región, el exótico Oriente, cuya fisicidad tendría que perfumar cada una de las páginas y las escenas del libro.
Por último el estilo de Corral nos deja claro muy pronto su dedicación como profesor de historia y su amplia experiencia en la difusión histórica, ya que su última novela, como otras escritas por él anteriormente, pecan, a veces, de una mayor voluntad de enseñar que de narrar. Si bien esto es algo positivo para aquellos de sus lectores que no conozcan demasiado bien la época en la cual se desarrolla la acción, puede afectar negativamente la lectura de aquellos que “controlan” algo más el asunto. Como no podía ser de otra forma, todo tiene elementos positivos y negativos.
Aún así, La prisionera de Roma es un buen ejemplo de la amplitud de miras y del profundo conocimiento que Corral posee sobre el tema y sobre la época, y su consagrado estilo a la hora de narrar un episodio que, aunque desconocido por muchos, constituyó un momento decisivo en la historia del Imperio romano. No sé si tengo la confianza necesaria con ustedes para solicitarles que opten esta vez por salirse de lo “conocido” por todos (al menos de aquellos habituados a leer novela histórica) y se entreguen a la lectura de una novela que, aunque extensa, tiene el atractivo y el encanto de hacernos viajar a uno de los momentos más interesantes de la historia de Roma y nos permite conocer a la reina Zenobia, un grandioso personaje histórico que tuvo el atrevimiento de enfrentarse a los dos imperios más colosales que haya conocido la humanidad y que durante algunos años convirtió a su ciudad, la comercial Palmira, en la base de un gran reino que intentó hacerles sobra.
Título:La prisionera de Roma Autor: José Luis Corral Editorial:Planeta Colección: Autores Españoles e Iberoamericanos Fecha de publicación: 10/05/2011 Páginas: 832 ISBN: 978-84-08-10203-8 Formato: 15 x 23 cm. Encuadernación: Tapa dura con sobrecubierta Precio: 22,90 €
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Seguramente es Ariel la editorial que nos presenta cada temporada algunas de las novedades editoriales más interesantes con respecto a la historia en general y a la historia Antigua en particular. Es por eso que destacamos aquí algunas de sus últimas propuestas (bueno, algunas no son tan recientes!) que os pueden ayudar a entender un poco más la historia del mundo, analizada en sólidas y convincentes monografías.
Maratón. El origen de la leyenda Richard A. Billows
Pocas batallas hay tan legendarias como la de Maratón. Este episodio decisivo de la primera de las Guerras Médicas enfrentó en el siglo V a. de C. a los ejércitos de los griegos y los persas, y dio lugar a nombres míticos, como el del general Milcíades, cuya estrategia permitió vencer a un ejército superior en número, o el del soldado Filípides, el mensajero que murió para anunciar la victoria a la ciudad de Atenas.
Pero las leyendas suelen estar teñidas por un velo de misterio, y el caso de Maratón no es distinto. ¿Cómo condujo Milcíades a sus hombres para derrotar a un ejército muy superior en número? ¿Murió Filípides al llegar a Atenas, como quiere la tradición? ¿Se dirigía a esta ciudad para anunciar la victoria o para advertir del peligro que suponía la armada persa? A estos interrogantes hay que sumarle otro que ha fascinado a estudiosos de todos los tiempos. ¿Qué hubiera sido de la civilización occidental de haber perdido los griegos la batalla?
Richard A. Billows viaja al origen de la leyenda, y nos ofrece las claves que explican todos los secretos que oculta un momento clave en la historia. Sus minuciosas investigaciones permiten ofrecer un gran fresco histórico en el que los personajes, las historias y el espíritu de otro tiempo nos transmiten la emoción de una batalla que pudo cambiar nuestra cultura.
Richard A. Billows es profesor en la universidad de Columbia, especializado en historia de la Grecia Antigua y Roma y en epigrafía griega. Además de Maratón es autor de numerosos libros sobre historia Antigua, como Antigonos the One Eyed and the Creation of the Hellenistic State, Kings and Colonists: Aspects of Macedonian Imperialism o Julius Caesar: The Colossus of Rome.
Título:Maratón. El origen de la leyenda Autor: Richard A. Billows Fecha de publicación: 14/04/2011
288 páginas Idioma: Español ISBN: 978-84-344-1324-5 Formato: 15 x 23 cm. Encuadernación: Rústica con solapas Colección: Ariel PRECIO: 23,90 €
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Babilonia. Mesopotamia: La mitad de la historia humana Paul Kriwaczek
En el VI milenio a.C. los habitantes de las riberas del Tigris y el Éufrates crearon las primeras ciudades del mundo. Con ello escribían el primer capítulo de la civilización humana tal como la conocemos hoy.
Paul Kriwaczek narra la extraordinaria historia de la antigua Mesopotamia, desde los primeros asentamientos alrededor del 5400 a. C. hasta el dominio de Babilonia por los persas en el siglo VI a. C. Relata el ascenso y caída del poder dinástico y examina sus numerosas innovaciones materiales, culturales, sociales y sus inventos: la rueda, el ladrillo, el estado centralizado, la división del trabajo, la religión organizada, la escultura, la educación, las matemáticas, la ley y los grandes monumentos. En el corazón del relato está la gloria de Babilonia – o “puerta de los dioses”- bajo el rey amorita Hammurabi, quien unificó Mesopotamia entre el 1800 y el 1750 a. C.
Paul Kriwaczek nació en Viena en 1937. Ha sido escritor, productor y director de la BBC durante veinticinco años y delegado de Central Asia Affairs en el servicio internacional de la BBC. Habla ocho lenguas incluyendo farsi, pashto, urdu, hindi y nepalí.
Título:Babilonia. Mesopotamia: La mitad de la historia humana Autor: Paul Kriwaczek Fecha de publicación: 25/11/2010
416 páginas Idioma: Español ISBN: 978-84-344-1366-5 Formato: 14,5 x 23 cm. Encuadernación: Rústica con solapas Colección: Ariel PRECIO: 21,90 €
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Soldados y fantasmas. Mito y tradición en la antigüedad clásica J. E. Lendon
Esparta, Macedonia y Roma… ¿cómo llegaron estas naciones a dominar el Mundo Antiguo? ¿Qué distinguía a sus ejércitos? Dejando claro que fue una era de pocos avances tecnológicos, J.E. Lendon nos muestra que los ejércitos de mayor éxito fueron aquellos que precisamente utilizaron de manera más efectiva la tradición cultural. El combate en la Antigüedad avanzaba recurriendo el pasado en busca de inspiración: los griegos, a Homero, y los romanos, a los griegos y a su propio pasado heroico. El resultado es un libro apasionante, que introduce al lector en las guerras de la Antigüedad en Grecia y Roma.
Un apasionante relato sobre el belicismo de la era Antigua, de las batallas y victorias de las naciones que más han impactado en el devenir de Occidente: los griegos (atenienses, macedonios y espartanos) y las Romas republicana e imperial. Colosales enfrentamientos y decisivas escaramuzas contados con gran lujo de detalles en el plano militar. También encontramos espacio para los movimientos diplomáticos que hicieron evitar inútiles derramamientos de sangre.
J. E. Lendon es profesor de Historia en la Universidad de Virginia. Es autor de Empire of Honour: The Art of Governement in the Roman World.
Título: Soldados y fantasmas. Mito y tradición en la antigüedad clásica Autor: J. E. Lendon Fecha de publicación: 14/11/2006
576 páginas Idioma: Español ISBN: 978-84-344-6966-2 Formato: 16 x 24 cm. Encuadernación: Rústica con solapas Colección: Ariel Historia PRECIO: 19,5 €
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El cadáver de Alejandro. Y otras historias sobre ciencia y superstición en la Antigüedad Vicki León
Una dulce posteridad: eso era lo que Alejandro Magno buscaba… y la consiguió. Embalsamado en miel, su cadáver dorado se convirtió en una atracción que nadie quería perderse, y que visitaron Julio César y varias generaciones de emperadores romanos. Según testigos directos, Alejandro siguió siendo «Magno» durante 538 años.
La historia de «Alex», así como la confirmación moderna de las extraordinarias propiedades de la miel, representa uno de los ochenta y ocho relatos sobre genios griegos y expertos romanos contados con claridad e ingenio por Vicki León en Cómo embalsamar con miel. En ellos traza el perfil de un sinfín de personajes inquietos de antaño que recorrieron con sudor y esfuerzo el tortuoso camino que separa las creencias mágicas de unas disciplinas entonces emergentes: la física, la astronomía y las matemáticas, entre otras.
Desde el idilio de griegos y romanos con los grandes barcos hasta su fascinación por el firmamento, que les llevó a inventar el primer ordenador de la historia, León explora los albores de la ciencia y su persistente rival, la superstición. La vida de los antiguos fue una carrera de obstáculos salpicada de días aciagos, amenazas de cometas, avistamientos de vampiros y pócimas raras, en ocasiones letales.
Vicki León ha hecho de California su hogar, pero regresa a menudo a sus orígenes mediterráneos. Tras afinar sus aptitudes de investigadora desenterrando a centenares de mujeres notables de la Antigüedad para retratarlas en su libro sobre mujeres poderosas, ha vuelto a zambullirse, más si cabe, en la Grecia y la Roma clásicas y helenísticas para la elaboración de esta obra y de su anterior título, dedicado a profesiones antiguas.
Título:El cadáver de Alejandro. Y otras historias sobre ciencia y superstición en la Antigüedad Autora: Vicki León Fecha de publicación: 14/04/2011
352 páginas Idioma: Español ISBN: 978-84-344-1323-8 Formato: 14,5 x 23 cm. Encuadernación: Rústica con solapas Colección: Ariel PRECIO: 25 €
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El declive de la República romana. De la oligarquía al imperio Christopher S. Mackay
Algunos momentos históricos consiguen concentrar tal cantidad de personajes carismáticos y sucesos decisivos que se convierten en auténticos hitos históricos durante generaciones. Es el caso de las décadas previas a la caída de la república romana. La historia ha sido contada por Salustio, puede seguirse en los escritos del propio Julio César y en los textos de Cicerón, y Shakespeare la recuperó con sus obras de teatro siglos después. Pero, como sucede con períodos parecidos, los protagonistas y los autores se concentran en un aspecto (la conjura de Catilina, la traición de Bruto…) y es difícil encontrar una visión de conjunto.
Christopher S. Mackay es profesor del Departamento de Historia y Clásicas de la Universidad de Alberta.
Título:El declive de la República romana. De la oligarquía al imperio Autor: Christopher S. Mackay Fecha de publicación: 27/01/2011
552 páginas Idioma: Español
ISBN: 978-84-344-6954-9 Formato: 16 x 24 cm. Encuadernación: Rústica con solapas Colección: Ariel Historia Traductor: Ana Herrera Ferrer PRECIO: 29,9 €
Cuando uno se encuentra de viaje siempre se topa con un serio inconveniente (sobre todo si el turista es todo un sibarita): ¿dónde comer? A pesar de las múltiples recomendaciones que recibe antes de partir por parte de aquéllos que ya han estado en la ciudad visitada, siempre es más interesante encontrar, por uno mismo, un lugar especial, un restaurante en el que no sólo degustar unas deliciosas viandas, sino que también el ambiente y el trato sean excepcionales.
Si nos encontramos en Roma, bien podríamos afirmar que cualquier restaurante es bueno para comer una buena pizza, o un buen plato de pasta. Sin embargo, quizá no sea tan fácil encontrar un restaurante en el que la tranquilidad y el trato afable por parte de sus empleados sean características destacables. No sucede así en el restaurante Massenzio ai Fori, en la calle Largo Corrado Ricci, número 2-6, un restaurante de calidad, a precio razonable, situado cerca del Foro Romano, lugar de visita imprescindible para el turista en la capital italiana.
El nombre del restaurante alude a la basílica de Majencio (Massenzio en italiano), el viejo edificio situado en el Foro Romano cuya construcción fue iniciada por dicho emperador en el 308 d. C., y terminada por Constantino en el 312, lugar del que se encuentra a cuatro pasos, haciendo de éste un restaurante céntrico y bien comunicado. En el local, las referencias a la arquitectura del Foro Romano son constantes; el restaurante se encuentra dividido en tres ambientes, el elegante comedor interior, el bar y, sobre todo, la fantástica terraza, un lugar en el que las plantas que la delimitan crean una atmósfera especial, tranquila, mitigando de esta forma el ruido del tráfico, permitiendo así que olvidemos por un instante que nos encontramos en una calle céntrica en medio del caos romano.
Tomando como referencia la cocina tradicional romana, el Massenzio ai Fori se ha especializado en platos cuyo ingrediente principal es el pescado, y de entre su amplia carta debemos destacar el generoso Risotto al frutti di mare o el Filetto di spigola dello chef. Sin embargo, si lo que queremos es degustar un plato de pasta deberemos optar entre los magníficos Bucatini all’amatriciana o los sensacionales Ravioli vegetali (aunque éstos resulten una ración algo escasa). Por supuesto, no faltan entre sus platos una excelente lassagna ni las pizzas cocidas en horno de leña que harán las delicias de cualquiera. Y, para redondear el menú, nada mejor que regarlo con un vino italiano de los que ofrece su extensa carta, con precios de todo tipo, aunque no siempre al alcance de cualquier bolsillo. Además, la oferta se completa con hasta seis menús distintos para grupos.
El Massenzio ai Fori ofrece al turista una excelente cocina, buenos vinos, un notable café, un horario de cocina totalmente flexible a las necesidades del viajero, y todo ello complementado con un espléndido trato por parte de sus atentos camareros, unas características que lo hacen destacar por encima del resto de restaurantes de la ciudad.
Más información:
Ristorante Massenzio ai Fori: Largo Corrado Ricci, 2-6. 00184 Roma
Web: http://www.massenzioaifori.it/
Teléfono: 06 679 07 06
Son normalmente los grandes emperadores de Roma, aquellos que no solo gobernaron durante muchos años sino que realizaron una gran y diversa actividad política, los que atraen la atención tanto del gran público como de los historiadores acostumbrados a reconstruir sus vidas a través del estudio de una gran variedad de fuentes históricas que incluyen las obras de los autores antiguos, la arqueología, la epigrafía, la numismática…
A la sombra de estos gigantes se mueven (y se remueven) otra serie de personajes que, aunque nombrados también emperadores y a pesar de gobernar sobre las mismas ciudades y los mismos territorios en los que lo hicieron Augusto, Trajano, Marco Aurelio, Constantino o Teodosio no tuvieron la capacidad, la suerte o la destreza de emular el camino y las hazañas trazadas y realizadas por ellos.
Estos “otros” emperadores han sido desplazados de la historia y del conocimiento más general incluso por aquellos de sus semejantes que atemorizaron, sobresaltaron y ofendieron (esto siempre según las fuentes escritas partidistas, subjetivas y parciales) la autoridad y la dignidad de uno de los mayores imperios conocidos de la Antigüedad, y con él a una gran parte de su población, que sufrió los efectos de su malsana y perturbada actividad.
Este texto pretende analizar el breve reinado de uno de esos “otros” emperadores, de uno que gobernó Roma menos de tres meses (más exactamente dos meses y 5 días) y que alcanzó el poder imperial a través de una subasta, una simple puja organizada por la Guardia Pretoriana. Su nombre, Didio Juliano, seguro que no te sonará, aunque, como te decía antes, alcanzó la máxima dignidad que una persona podía conseguir por entonces, a finales del siglo II d.C., en el Imperio romano.
Nos disponemos, pues, a internarnos en el mundo regido por Roma y narrar brevemente cómo Didio Juliano accedió al poder y lo qué sucedió durante su corto aunque significativo reinado, con lo que podremos adquirir una visión más real y amplia de la historia de un Imperio que, aunque a veces no lo parezca, existió más allá de la dinastía Julio-Claudia y cuyo acontecer fue, en ocasiones, mucho más trágico y aciago de lo que el cine y la literatura nos puede hacer creer.
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Didio Juliano inició su carrera política durante el gobierno de Antonino Pío (138-161) y la continuó bajo el reinado de los últimos Antoninos, esto es, Marco Aurelio (161-180), Lucio Vero (161-169) y Cómodo (180-192), el final de un periodo considerado por diversos historiadores y especialistas como el más feliz y próspero que vivió el Imperio romano.
Fue, por otra parte, el gobierno de Cómodo y el escenario político que originó su muerte en el año 192 lo que permitió el ascenso al poder primero de Helvio Pertinax (193) y más tarde de Didio Juliano (193). Es por ello que iniciaremos estas páginas con el breve repaso al final del emperador Cómodo y con el relato del asimismo breve reinado de Pertinax, sin lo cual no podríamos entender, en su justa medida, la figura y el gobierno de Didio Juliano.
El final de Cómodo y el reinado de Helvio Pertinax.
Tras la muerte de Marco Aurelio en el año 180 a causa, seguramente, de la peste, le sucedió su hijo Cómodo (180-192), uno de los emperadores que con más mala fama ha llegado hasta nosotros, debido a la imagen que de él nos han transmitido las fuentes antiguas pro-senatoriales y, mucho más recientemente, a causa de la deformación narrativa que películas como La caída del Imperio romano (Anthony Mann, 1964) o Gladiator (Ridley Scott, 2000) nos han proporcionado de su reinado.
En consecuencia, lo que conocemos de Cómodo a través de los autores antiguos trascurre plagado de acontecimientos y situaciones presuntamente reprobables y propias de un comportamiento megalomaníaco, entre las que destacan diversas conspiraciones contra su persona (una de ellas tramada por Lucila, su propia hermana); delaciones, juicios y ejecuciones de un gran número de miembros de la clase senatorial; la delegación del poder imperial en manos de los favoritos del emperador, en muchos casos, según las fuentes, indignos de tal potestad; la oposición en el Senado y en el ejército a su persona; el condenable intento de sustituir el nombre de la ciudad de Roma por el de Colonia Comodiana e incluso la acusación de locura y de una voluntad manifiesta de autodivinización. Todo ello llevó a Cómodo a ser objeto de una última y certera conspiración que acabó con su vida la noche del 31 de diciembre del año 192, finalizando con él la dinastía antonina, que llevaba en el poder desde el año 98 d.C.
El emperador Cómodo.
Una vez muerto Cómodo, los principales instigadores de su muerte, el prefecto del pretorio Emilio Leto y el cubiculario o chambelán del palacio imperial Eclecto, ofrecieron el poder a Publio Helvio Pertinax, general de gran prestigio y de óptima reputación, que ejercía en aquellos momentos el cargo de prefecto de Roma, esto es, el encargado de mantener el orden en la ciudad.
Pertinax, del que los historiadores albergan dudas acerca de su posible participación en la conspiración que llevó a la muerte de Cómodo, tenía 66 años por aquel entonces. Era hijo de un liberto y había ejercido de joven como profesor de gramática. Más tarde desarrolló una amplia y provechosa carrera política que incluyó diversos destinos militares, el gobierno de varias provincias y el nombramiento como cónsul en dos ocasiones, en los años 175 y 192.
El nuevo emperador fue aclamado primero en el campamento pretoriano y confirmado más tarde en el Senado, no sin antes verse obligado a disipar ciertas dudas iniciales ante la nueva situación y sobre su futuro gobierno. Una de las primeras medidas que tomó el Senado tras el nombramiento de Pertinax fue la aprobación de la damnatio memoriae o condena de la memoria de Cómodo, lo que comportó la destrucción de sus estatuas y la eliminación de su nombre de todos los registros públicos.
Pertinax dispuso de muy poco tiempo para poner en práctica nuevas medidas políticas destinadas a afianzar el Estado tras el reinado de Cómodo y a consolidar su recién adquirida posición. Así, por ejemplo, sabemos que prohibió los procesos judiciales por traición iniciados contra los senadores; permitió el regreso a Roma a los exiliados políticos y restituyó el buen nombre de aquellos injustamente ejecutados durante el gobierno de su predecesor.
Para hacer frente a la ruinosa situación de las arcas públicas, el nuevo augusto se vio obligado a subastar las pertenencias de Cómodo que incluían, entre otras, sus “extravagantes” vestiduras, los carruajes imperiales, concubinas e incluso diversos bufones, en un momento en el que Pertinax tenía que hacer frente a grandes dispendios, que incluían los obligados donativos debidos al ejército y a la plebe por su ascensión al trono. Se esforzó, también, en mejorar la ley de la moneda de plata que había sido devaluada durante el reinado anterior; ideó un programa para impulsar la producción agrícola y eliminó diversos impuestos de aduana instituidos por su predecesor. Por último también intentó poner orden en las filas del Senado, aplicando una serie de medidas que provocaron malestar entre muchos de sus miembros.
De los pocos nombramientos que sabemos que realizó Pertinax destaca el de su suegro Flavio Sulpiciano como prefecto de la ciudad de Roma, cargo que el mismo Pertinax había ocupado antes de ser nombrado emperador y que, por ésta misma razón había quedado vacante.
Por desgracia para Pertinax, su relación con la Guardia Pretoriana, la fuerza militar más cercana a Roma y a la que el propio emperador debía, en parte, su nombramiento, fue deteriorándose con el paso del tiempo, llegando a producirse, incluso, dos tentativas conspiratorias organizadas en su contra des del mismo campamento pretoriano. Esta relación empeoró, tal como nos explica Dión Casio, historiador romano de origen minorasiático del siglo III, tras hacer evidente Pertinax, durante una reunión del Senado, la ingratitud de los soldados a los cuales había concedido, aseguró, el mismo donativo que emperadores predecesores tras su ascensión al trono, aunque los recursos económicos de aquéllos fueran superiores a los suyos. Parece ser que la aseveración del emperador no fue del agrado de los pretorianos, sobre todo si tenemos en cuenta que no era del todo cierta.
Poco después de este hecho, la Guardia Pretoriana organizó un nuevo motín en contra del emperador que, esta vez sí, pondría fin a su vida. El alzamiento se produjo el día 28 de marzo del año 193. Parece que Pertinax tuvo aún tiempo de enviar a Sulpiciano al campamento pretoriano para tranquilizar allí los ánimos. Aún así unos 200 o 300 soldados se dirigieron al palacio imperial donde se hallaba el emperador. Aunque inicialmente el arrojo y las palabras de éste pudieron aplacar el ánimo de los insubordinados, la voluntad de estos últimos acabó por prevalecer, iniciándose una escaramuza que acabó con la vida de Pertinax y con la de su chambelán Eclecto. Por el contrario, Leto, que también se hallaba en el palacio en aquellos momentos, consiguió escapar, según la Historia augusta, colección de biografías de diversos emperadores romanos escrita a finales del siglo IV, abandonando a su suerte al emperador.
La muerte de Pertinax tras 87 días de gobierno evidenciaba el poder que por aquel entonces poseía el ejército, en este caso más concretamente las cohortes pretorianas, ya que su favor o su desafección podían causar, como hemos visto, tanto el auge como la caída de un emperador.
La subasta del Imperio.
Los hechos se sucedieron rápidamente tras la muerte de Pertinax. Sulpiciano, que se hallaba como sabemos en el campamento pretoriano, trató de convencer a las tropas allí acuarteladas de que le proclamaran emperador tras conocer la noticia del asesinato de Pertinax. Parece, por el contrario, que los soldados no estaban muy convencidos a la hora de nombrar al suegro del emperador asesinado como nuevo augusto, por lo que algunos tribunos se dirigieron a la ciudad con el objetivo de hallar en ella a un candidato mejor. En su búsqueda hallaron a Didio Juliano, senador de larga carrera política que, junto a su yerno Cornelio Repentino, había acudido al Senado para atender a la reunión de la cámara que Pertinax había convocado poco antes de morir.
Aunque Juliano rechazó, en un principio, la púrpura que le ofrecían los tribunos, finalmente cedió a sus proposiciones y se dirigió hacia el campamento pretoriano, del que halló las puertas cerradas. Fue entonces cuando se produjo uno de los hechos más notorios y sorprendentes en la historia de Roma, la tristemente célebre subasta del poder imperial, que es, seguramente, el hecho más destacado del reinado de Didio Juliano.
Según parece éste no se amedrentó al hallar vedado su acceso al campamento. Consciente de lo que se decidía en su interior, no dudó en subirse a la muralla del cuartel pretoriano para recordar a los soldados allí reunidos lo peligroso que podía resultar para ellos la elección de Sulpiciano y escribió en una tablilla la promesa de que él restauraría el buen nombre del emperador Cómodo. La pugna por el poder del Imperio entre Sulpiciano y Juliano llevó al primero de ellos a ofrecer 20.000 sestercios por su nombramiento a cada uno de los soldados, a lo que Juliano respondió aumentando la puja en 5.000 sestercios más, según Dión Casio, gritando en voz alta la suma e indicándola con los cinco dedos de la mano en alto, una temeraria apuesta que le permitió, finalmente, ser reconocido emperador por los pretorianos la noche del 28 de marzo del año 193. Sin duda alguna este no era el mejor ejemplo que dar a las tropas ya que evidenciaba la dependencia del poder político con respecto al ejército o a una parte de él, que podía, así, nombrar y deponer emperadores a cambio de la promesa del pago de una determinada cantidad de monedas.
Sin embargo, no todo el trabajo estaba hecho. Una vez ganado el ejército, o al menos aquel más cercano a Roma, Juliano necesitaba ser reconocido emperador por el Senado, cámara que aunque había perdido gran parte de su poder real en esta época, aún era considerada un estamento de representación y de legitimidad capital en la política romana.
Así, pues, Juliano se dirigió al Senado escoltado por los propios pretorianos que, con el objetivo de presionar a los senadores, rodearon el edificio de la curia Julia donde se reunían, y en el que Juliano fue reconocido emperador con el nombre oficial de Marco Didio Severo Juliano.
La Curia Julia en Roma, lugar donde se reunía el Senado.
Fue la plebe de Roma, sin embargo, la que mostró un mayor descontento ante la proclamación de Juliano. Ya al día siguiente, el 29 de marzo, injurió al nuevo emperador en su camino al Senado, e incluso se atrevió a lanzarle piedras. Dión Casio nos informa de que la plebe acusó a Juliano de “ladrón del Imperio” y parricida, viéndose éste obligado al uso de la fuerza para acabar con aquella situación. No contenta con esto, la plebe se dirigió al Circo Máximo donde permaneció reunida toda la noche y durante el día siguiente, pronunciándose a favor de que Pescenio Niger, gobernador de la provincia de Siria, regresara a Roma con su ejército para asistirla.
Parecía, pues, que las cosas se le complicaban a Juliano desde un buen principio, aunque el nuevo emperador poseía una larga carrera al servicio del Estado que le convertía en una persona capacitada para tal nombramiento y que incluía el mando de una legión en Germania, la curatela de los alimentos en Italia y el gobierno de diversas provincias, entre ellas Bélgica, Dalmacia, Bitinia, África y Asia. Juliano era además uno de los miembros del Senado de mayor edad y rango. Aún así fue la forma en la que se había producido su ascenso al poder lo que desacreditó al nuevo augusto ante el resto de senadores, que aceptaron la situación, en gran medida, debido a la presión ejercida por los pretorianos, los causantes de la muerte de su predecesor Pertinax.
Fuera como fuese, la principal oposición ante el nombramiento como emperador de Juliano no se produjo en la ciudad de Roma sino en las provincias y más concretamente en aquellas donde estaban concentradas las legiones romanas. Como ya se había demostrado anteriormente, el verdadero poder no residía, entonces, en el Senado, en la ciudad de Roma o en las tropas pretorianas, sino en la amenaza que constituían los ejércitos provinciales que podían apoyar a sus generales en la lucha por el poder imponiendo, con la desnuda fuerza de las armas, a sus propios candidatos en aquellas ocasiones en las que la autoridad en Roma diera muestras de debilidad, como era ahora el caso tras la muerte violenta de dos emperadores, Cómodo y Pertinax. La situación no se hizo, pues, esperar, y no pasó demasiado tiempo para que aparecieran diversos pretendientes al “trono” imperial apoyados por sus respectivas legiones.
El primero de ellos fue Septimio Severo, gobernador de origen africano de la provincia de Panonia Superior, que fue proclamado emperador el 9 de abril del año 193 en Carnuntum (la actual Petronell-Carnuntum, en el noreste de Austria) y al que le apoyaban dieciséis legiones: las tres bajo sus órdenes y otras seis establecidas en las provincias de Moesia y Dacia, a las que se sumaron más tarde las legiones del Rin. Severo se presentó ante sus tropas como el vengador del difunto Pertinax.
Poco más tarde, Clodio Albino fue asimismo aclamado emperador en la provincia de Britania con el apoyo de las tres legiones establecidas allí y un gran número de fuerzas auxiliares.
El último en proclamarse emperador fue el propio Pescenio Níger, gobernador de la provincia de Siria, que lo hizo hacia finales de abril respaldado por las tropas orientales que sumaban un total de diez legiones.
La situación se complicaba para Juliano, sobre todo si tenemos en cuenta que para hacer frente a tales amenazas militares apenas contaba con el apoyo de los pretorianos, una fuerza que ascendía a unos 8.000-15.000 hombres que, con la muerte de Pertinax y el insólito nombramiento de él mismo como emperador demostraba la poca confianza que se podía depositar en ellos. Juliano no había llegado tampoco a decantar plenamente al Senado a su favor y mucho menos a la plebe, que había mostrado de forma clara su oposición al nuevo augusto.
Consciente de su precaria posición y a nivel de propaganda política, Juliano acuñó diversas series de monedas proclamándose Rector Orbis (‘regidor del mundo’) y manifestando la ‘unidad del ejército’ (Concordia militaris), unas afirmaciones, para su desgracia, bastante alejadas de la realidad.
Áureo de Juliano.
Más tarde, al llegar a Roma las noticias de la rebelión de las tropas en la provincia de Panonia, sin duda alguna la amenaza militar más cercana a la capital, el Senado, a instancias de Juliano,
declaró a Severo enemigo público, haciendo, seguramente, lo mismo con respecto a Níger. Juliano inició, además, las tareas para mejorar la defensa de la capital en el caso de que las tropas de Severo se dirigieran hacia ella. Para tal fin se sirvió de los pretorianos e incluso de los marineros de la flota de Miseno, la base naval romana establecida en la bahía de Nápoles.
reverso: leyenda Rector Orbis.
Juliano intentó, incluso, el reclutamiento con fines defensivos de los elefantes utilizados en los juegos y espectáculos de la ciudad de Roma. Sin embargo, tal y como nos informan nuestras fuentes, y en especial Dión Casio, que fue testigo presencial de los hechos, parece que ni los pretorianos ni los marineros se tomaron muy en serio sus tareas asignadas. Fue, además, imposible adiestrar a los elefantes para sostener sobre sus lomos las torres militares que tenían que dar cabida a los soldados.
La Historia Augusta nos indica que fue en estos momentos cuando Juliano ordenó la muerte del antiguo prefecto del pretorio, Leto, que había sido substituido en el cargo tras la muerte de Pertinax, y de Marcia, la concubina de Cómodo y una de las instigadoras de su asesinato, ya que sospechaba que aquél podía tomar partido por Severo.
Esta misma fuente nos informa de otras de las medidas que llevó a cabo Juliano con el objetivo de reconducir la situación en su favor. Una de ellas fue la concesión de una amnistía general a los soldados que habían tomado partido a favor de Severo, estableciendo, eso sí, una fecha límite para hacerla efectiva, de lo contrario ellos mismos serían declarados, también, enemigos públicos. Juliano nombró, además, a Valerio Catulino para que reemplazara en el cargo a Severo, provocando la sorpresa en el autor de su biografía en la Historia Augusta pues, como éste indica, el emperador actuaba “como si fuera posible sustituir a alguien que se había granjeado ya el favor del ejército”. Otra de las osadas medidas llevadas a cabo por Juliano fue el envío de Aquilio Felix, frumentarius (oficial de la “policía secreta” del ejército romano) especializado en el asesinato de senadores, con la misión de dar muerte al propio Severo.
Por su parte, éste último se dio prisa en iniciar su marcha hacia Italia y, aprovechándose de la aparente incapacidad de Juliano, alcanzó los pasos de los Alpes sin encontrar allí resistencia alguna, según Herodiano, historiador que vivió entre los siglos II y III d.C, porque Juliano no se atrevió a salir de la ciudad con las tropas pretorianas. Severo se adelantó también a su rival a la hora de conseguir el apoyo de la flota del Adriático estacionada en Rávena.
Por el contrario, los esfuerzos diplomáticos y militares llevados a cabo por Juliano no alcanzaban los resultados esperados, ya fuera por el fracaso en las negociones, como en el caso del envío de Vespronio Cándido a la frontera del Rin con el objetivo de conseguir el apoyo militar de las legiones allí establecidas, o por la deserción de diversos de sus emisarios, como fue el caso de la delegación senatorial enviada a Severo o la defección del mismo Aquilio Felix.
Juliano, consciente de su trágica situación, optó todavía por una nueva estratagema. Reunió de nuevo al Senado instándole a enviar a Severo una delegación constituida por sacerdotes, vestales y los propios miembros de la cámara en acto de súplica. La propuesta, sin embargo, fue rechazada tras el parlamento de Plaucio Quintilo, senador y augur, que según la Historia augusta objetó al propio Juliano que “no debería regir el Imperio un individuo que fuera incapaz de enfrentarse con las armas a su enemigo”, opinión a la que se sumaron la mayoría de los senadores.
La negativa del Senado a acceder a la solicitud de Juliano le obligó a elaborar un nuevo plan que contemplaba nombrar a Severo co-emperador. Para ello envió al prefecto del pretorio Tulio Crispino para hacerle llegar la propuesta a su rival, aunque fatídicamente éste fue interceptado por las tropas severianas y resultó, poco más tarde, ejecutado.
Imagen de Septimio Severo acompañado por su mujer, Julia Domna y sus dos hijos Caracala y Geta.
Severo, que ya poseía, según Herodiano, agentes en las cercanías y en el interior de la ciudad de Roma, escribió, de nuevo si seguimos la Historia augusta, a un gran número de personas en la capital y elaboró proclamas que fueron expuestas públicamente en su interior.
Nuestras fuentes nos informan de que llegado este momento y siendo tal la desesperación de Juliano, pues su propia vida le iba en ello, el emperador sucumbió ante la desazón, y llegó a realizar algún tipo de ritual que comportaba, según parece, sacrificios humanos.
Según la Historia augusta, “Juliano tuvo además la insensatez de utilizar a los magos para celebrar muchos ritos con los que pensaba aplacar el odio del pueblo o apaciguar la exaltación bélica de los soldados. En efecto, los magos sacrificaron algunas víctimas que no eran adecuadas para los ritos romanos y cantaron himnos profanos y Juliano hizo los ensalmos que, según las prescripciones, se hacen ante un espejo, en el que dicen que los niños ven el futuro, después de haber vendado sus ojos y haber pronunciado fórmulas mágicas sobre su cabeza, y en aquella ocasión se dice que un niño vio la llegada de Severo y la retirada de Juliano”.
Por su parte, Dión Casio nos informa de que Juliano “mató a muchos niños en un ritual mágico, creyendo que podría evitar algunas desgracias futuras si era capaz de conocerlas de antemano”.
Otra medida desesperada aunque con más fundamento político que la anterior, de la que también nos informa la Historia augusta, fue la nueva propuesta que Juliano presentó al Senado tras anular los anteriores decretos en relación al nombramiento de Severo como co-emperador y que contemplaba la llamada a las armas de los gladiadores de las escuelas de Capua y la decisión de compartir el poder con el viejo senador Claudio Pompeyano, general de Marco Aurelio y emparentado con este emperador al haberse casado en segundas nupcias con su hija Lucila. Pompeyano, que ya había rehusado la púrpura imperial al ofrecérsela Pertinax tras la muerte de Cómodo, volvió a rechazarla ahora aduciendo, de nuevo, su avanzada edad y “que tenía ya la vista cansada”.
Fue Severo el que dio el siguiente paso, solicitando a través del envío de cartas a los pretorianos el arresto de los responsables de la muerte de Pertinax, asegurándoles que si cumplían su requerimiento no tomaría ninguna represalia contra ellos. Los pretorianos, la base primordial del poder de Juliano, se declararon, entonces, a favor de Severo al responder positivamente a su solicitud e informando de ello al cónsul Silio Messala, que reunió de nuevo al Senado en el Ateneo, edificio construido por el emperador Adriano, e informó al resto de los senadores de la acción llevada a cabo por la guardia pretoriana. El Senado, consciente de la situación, condenó a muerte a Juliano, nombró emperador a Severo y deificó al asesinado Pertinax.
De la muerte de Didio Juliano, que se produjo el día 1 de julio del año 193, poseemos tres narraciones que, aunque muy similares, nos permiten conocer un poco mejor los últimos momentos de vida de este emperador, por lo que las reproduciremos íntegramente aquí.
Según Dión Casio, “Juliano fue asesinado mientras estaba descansando en el palacio imperial; sus únicas palabras fueron ‘¿Pero qué daño he hecho? ¿A quién he matado?’”.
Según la Historia augusta, “el Senado envió a unos individuos por cuya intervención, con la ayuda de un simple soldado, Juliano fue asesinado en Palacio, a pesar de que imploraba clemencia del César, es decir, de Severo […]. Severo entregó el cadáver a su esposa Manlia Escantila y a su hija, para que le dieran sepultura, y ellas le llevaron a enterrar a la tumba de su bisabuelo situada a cinco millas de la vía Labicana”.
Finalmente, según Herodiano: “Cuando el Senado supo que Juliano estaba tan asustado y que la guardia imperial lo había abandonado por temor a Severo, votó la muerte para Juliano y que Severo fuera proclamado emperador único. […] Entretanto un tribuno militar fue enviado a Juliano con la misión de matar al cobarde y miserable anciano que había comprado, así, con su propio dinero, un final tan desdichado. Fue encontrado solo y abandonado por todos y vergonzosamente, entre súplicas y lágrimas, fue ejecutado.
La Historia augusta, al final de la biografía dedicada a Juliano, nos ofrece una breve descripción del carácter de éste efímero emperador, que vale la pena, también, citar aquí como colofón.
“Se le echaron en cara a Juliano estos vicios: que había sido goloso y jugador, que se había entregado a los ejercicios gladiatorios y que todas estas pasiones las había adquirido de anciano, ya que durante su juventud jamás se le había acusado de ellas. Se le reprochó también su orgullo, aunque fue muy humilde, incluso cuando ejerció el poder. Por el contrario, fue muy afable en los banquetes, muy bondadoso ante las peticiones que le hacían y muy comedido respecto a la concesión de la libertad.
Vivió cincuenta y seis años y cuatro meses. Ostentó el poder imperial durante dos meses y cinco días. Se le reprochó principalmente que hubiera nombrado como lugartenientes suyos para gobernar la república a personas a las que tenía que haber controlado con su autoridad”.
La muerte de Juliano no supuso, sin embargo, la consolidación definitiva del poder de Severo, ya que una vez aquél estuvo fuera de combate aún tendría el nuevo hombre fuerte de Roma que enfrentarse a sus rivales Pescenio Níger primero y a Clodio Albino más tarde, no siendo hasta el año 197 cuando se impuso definitivamente a sus dos oponentes.
Lo que sí que dejaba claro la crisis política del año 193 (el año de los cinco emperadores) como antes habían demostrado los enfrentamientos militares originados tras la muerte de Nerón en el año 68 o el asesinato de Domiciano en el año 96, era que la principal fuente de poder ya no residía en Roma y mucho menos en el Senado que, aunque mantenía su prestigio como cámara en la que se reunía la aristocracia más rica y distinguida del Imperio, había perdido todas o la mayoría de sus atribuciones políticas reales y había quedado reducida a una herramienta administrativa que, aunque superior, dependía totalmente del emperador, el cual había ido apropiándose lenta per irremisiblemente del gobierno efectivo del Estado romano desde la época de Augusto.
El único estamento que mantenía su influencia en el acontecer político de Roma era, pues, el ejército, y sobre todo aquellas fuerzas concentradas en gran número en las fronteras del Imperio, que por su cuantía y su actuación bajo las órdenes de diferentes gobernadores provinciales, se podían convertir en el apoyo principal de cualquier general ambicioso que pretendiera la autoridad suprema.
La crisis del año 193 también dejaba claro el peligro que representaba la Guardia Pretoriana para aquél que detentaba el poder, que aunque menor, por el tipo de fuerzas de las que estaba constituida y de su número reducido, también se podía mostrar como una seria amenaza ante la autoridad del emperador. Su importancia residía en el hecho de ser las únicas fuerzas existentes en la provincia de Italia (establecidas en las afueras de la ciudad de Roma desde el reinado de Tiberio), condición que les otorgaba la capacidad de hacer y deshacer emperadores en base a sus propios intereses, como ya se había demostrado con la muerte del emperador Calígula y el nombramiento como augusto de su tío Claudio en el año 41 d.C., dos hechos en los que estuvo implicada la Guardia Pretoriana.
Didio Juliano pagaba así, con su vida, su atrevimiento político y dejaba claro para el futuro que a estas alturas de la historia de Roma se necesitaba algo más que el mero ofrecimiento de dinero y la realización de una más que digna carrera al servicio del Estado para optar a la más alta dignidad política del Imperio, premio reservado solo para aquellos que además de ello dispusieran de una amplia red de contactos y del apoyo de fuerzas militares capaces de secundar sus pretensiones a la púrpura imperial.
– Historia del Imperio romano después de Marco Aurelio, Herodiano.
– Historia Augusta.
Bibliografía:
– Birley, A. R., Septimius Severus, The African Emperor, ed. Routledge, Londres, 1999.
– Bowman, A. K., Garnsey, P., Cameron, A. (editores), Cambridge Ancient History, The Crisis of Empire, AD 193-337, vol. 12, Cambridge University Press, Cambridge, 2008
– Fredouille, J-C., Diccionario de la civilización romana, ed. Larousse, Barcelona, 1995.
– Jerphagnon, L., Historia de la Roma antigua, ed. Edhasa, 2007.
– Potter, D. S., The Roman Empire at Bay AD 180-395, ed. Routledge, Londres, 2004
– Roldán Hervás, J. M., Historia de Roma, Ediciones Universidad de Salmanca, Salamanca, 1995.
– Roldán, J. M., Blázquez, J. M. y del Castillo, A., El Imperio romano (siglos I-III), col. Historia de Roma, ed. Cátedra, Madrid, 1989.
– Southern, P., The Roman Empire from Severus to Constantine, Routledge, Londres, 2001.
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El año pasado Ediciones B publicó La ruina del imperio romano la última monografía escrita por el historiador James O’Donnell, un análisis sobre las causas de la caída del Imperio romano y sus consecuencias en el inicio de la Edad Media.
Ésta es la historia de cómo uno de los mayores imperios de nuestra historia acabó de desmoronarse y con él el sueño de Alejandro Magno y Julio César de unificar Europa, el Mediterráneo y Oriente Medio en una sola comunidad. Durante el siglo VI, en el año 532 y en pleno centro del Imperio romano, el emperador Justiniano, en su palacio de Constantinopla, trataba de recuperar la antigua gloria de una potencia que estaba moribunda. Pero todo se fue a pique por culpa de las guerras religiosas, la peste y las migraciones ilegales de personas que, paradójicamente, buscaban defenderse de ese mismo imperio. Todo ello tiró por tierra el intento de Justianiano y el imperio se colapsó, para dejar paso al auge del Islam.
James O’Donnell es un distinguido clasicista e historiador educado en Princeton y Yale. Autor de una aclamada biografía de san Agustín, miembro de la Academia Americana de Medievalistas y presidente de la Asociación Filológica Americana, imparte Historia en la Universidad de Georgetown desde 2002.
Título:La ruina del imperio romano
Autor: James O’Donnell
Editorial:Ediciones B Colección: No ficción histórica Fecha de publicación en España: marzo de 2010 Paginas: 528 Formato: 15 x 23 cm Precio: 15.00 €
Otros libros del autor:
Avatares de la palabra: del papiro al ciberespacio, Ed. Paidós Ibérica, 2000. Augustine: A New Biography, Ecco, 2005.
Como si se tratara de un itinerario marcado en cada una de sus etapas por indicativos de color, el estreno el pasado 8 de abril del film La legión del águila, la versión cinematográfica de la novela El águila de la Novena legión escrita por Rosemary Sutcliff, nos ha permitido a muchos conocer la obra literaria de esta autora británica especializada en la ficción histórica ambientada en época romana y medieval.
De esta forma, y en referencia al itinerario arriba indicado, la lectura de la primera novela de la saga dedicada a la historia de la familia Aquila, nos lleva directamente a la crítica del segundo capítulo de la serie titulado en castellano El usurpador del Imperio (1957) y nos dispone a completar el trabajo con la futura lectura y reseña de Los guardianes de la luz (1959), la tercera y última novela que cierra la trilogía Aquila, ambas obras publicadas también por editorial Plataforma.
Centrémonos, pues, en este segundo capítulo, El usurpador del Imperio, que nos traslada de nuevo a la historia de la Britania romana, en este caso a una etapa un poco más avanzada, para recuperar la historia de la familia de los Aquila descendiente de aquel Marco que en tiempos del emperador Trajano consiguió retornar (recuerden que solo según la leyenda, que no la historia) a territorio romano el emblema de la legión desaparecida, la IX hispana, caída, según la tradición, ante un ataque de las fieras tribus del norte.
El usurpador del Imperio nos sitúa unos 150 años después de las hazañas narradas en la primera novela, esto es, entre los años 286 y 293. El imperio está pasando por uno de los peores periodos de su historia, conocido como la Crisis del siglo III o el período de la Anarquía militar, durante la cual la autoridad imperial central se hundió agredida tanto por las amenazas exteriores, materializadas por el inicio de las invasiones germánicas a gran escala por Europa y el desafío persa en Oriente y por los problemas internos entre los cuales las continuas usurpaciones del poder y los enfrentamientos entre los diferentes emperadores y sus rivales al trono, llevaron al Imperio casi a una situación de colapso.
Y es en este ambiente en el que se mueve la novela que se centra en las aventuras de Tiberio Lucio Justiniano (Justino) y Marcelo Flavio Aquila (Flavio) dos primos lejanos pertenecientes a dos linajes que derivan del creado por aquel Marco Aquila de la primera novela. Justino, un joven cirujano militar es trasladado a Britania para servir a las órdenes de Carausio, un usurpador que de alguna forma ha conseguido si no la plena aceptación por parte de los coemperadores Diocleciano y Maximiano, si su reconocimiento “temporal” ante la situación de total inseguridad en la que vive el imperio. Al llegar a su nueva destinación Justino conocerá a Flavio, un familiar del que se hará amigo inseparable a lo largo de la novela.
Ambos protagonistas descubrirán una conspiración tramada contra Carausio desde la oficialidad de sus tropas liderada por su lugarteniente Alecto, el cual, con la ayuda de los sajones, pretende hacerse con el poder en la isla. Aunque Flavio y Justino consiguen alertar al propio Carausio lo único que obtienen es una nueva destinación en uno de los fuertes defensivos de la muralla de Adriano lejos del cuartel general romano en Britania.
El asesinato de Carausio y la usurpación de Alecto les obligará a abandonar las filas del ejercito para salvar sus vidas y les llevará a formar parte de una organización clandestina que pretende ayudar a todos aquellos que se oponen a las injustas y duras medidas impuestas por el nuevo emperador y por sus secuaces y bárbaros aliados sajones, trabajando en la sombra con el objetivo de favorecer la llegada de las tropas lideradas por el césar Constancio Cloro y enviadas desde Roma para recuperar el control de la isla .
Sutcliff nos introduce con la segunda novela de la saga en una época no demasiado conocida por el lector habitual de novela histórica y por ello arriesgándose en la elección de la trama. Hemos de olvidarnos en estos momentos de la Roma del Alto Imperio y situarnos a finales del siglo III, en los inicios del Bajo Imperio, en el cual las grandes figuras imperiales como Augusto, Nerón o Trajano hacía ya mucho tiempo que habían desaparecido y el imperio se encaminaba hacia una etapa en la que el absolutismo y el militarismo se imponían a marchas forzadas. Es por ello que nos topamos con usurpadores, pueblos germanos e incluso coemperadores. No hemos de olvidar que Diocleciano, el emperador y hombre fuerte del momento intentó durante su reinado establecer un estructura imperial conocida como la Tetrarquía con la cual pretendía sustituir la figura única del emperador por un sistema en el que coexistían dos emperadores sénior o Augustos y dos emperadores junior o Césares que se dividían el territorio dominado por Roma. De aquí que no nos extrañemos de que en la novela se cite a más de un emperador compartiendo al mismo tiempo el poder. Una situación, como ven, muy alejada de la clásica Roma de los Julio-Claudios.
El usurpador del Imperio nos ofrece, pues, una aventura de dos jóvenes militares en un mundo roto que comienza a dirigirse hacia el caos político que llevó al final de la Edad Antigua. Un centurión y un cirujano que se verán obligados a abandonar el ejército y trabajar para, podíamos decir, la “resistencia” favorable a Diocleciano y Maximiano. Sutcliff nos ofrece una trama interesante que nos permite transitar por una Britania amenazada por los germanos y en la que queda bien plasmado la situación de crisis política y militar (por no decir económica y social) que vivía el Imperio por aquel entonces.
Podríamos decir que Sutcliff mezcla dos géneros en El usurpador del Imperio: la novela negra y policiaca que le permite inmiscuirse en los tejemanejes políticos y militares por los que atravesaba Roma en la segunda mitad del siglo III. Muy interesante, en este aspecto, la trama que crea la autora en relación a las luchas de poder ya fueran entre Roma y Britania (Diocleciano/Constancio Cloro y Carausio/Alecto) como a las propias de la isla (conspiración de Alecto en contra de Carausio). Este género negro también le sirve para crear la trama principal que convierte a Flavio y Justino en dos “fuera de la ley” que trabajan a favor del poder central romano. Todo ello se envuelve en un ámbito temporal de novela histórica extraño y difícil, sí, pero que no por eso carece de la grandiosidad y la épica propia de unos tiempos que aunque desconocidos (o no tan familiares para muchos) obligaron a sus protagonistas a reinventar y reestructurar una experiencia vital y política materializada en Roma y su imperio existente desde hacia ya más de 1.000 años y que sobreviviría, al menos, 250 años más.
Y de ejemplo que sirvan dos botones (como se dice coloquialmente). El primero de ellos es la ligazón que la autora lleva a cabo para enlazar la primera novela de la saga con la segunda. Aunque el tema está en el aire a lo largo de todas sus páginas (no olvidemos que Justino y Flavio son descendientes de Marco Aquila), el descubrimiento del emblema de la IX legión Hispana ocultado en el hipocausto de la casa familiar de los Aquila en Calleva y la reintroducción del mismo en la unidad militar reclutada por los dos protagonistas es todo un acierto narrativo.
Aunque, y a estas alturas de la reseña me veo obligado a hacer aparecer la parte más sentimental de mi persona, la última escena en la que se produce la conflagración final entre los ejércitos de Alecto y Constancio Cloro y la lucha que le sigue en el centro de la ciudad de Calleva en la que Justino y Flavio intentan salvar a su población del ataque y del saqueo de las huestes sajonas en retirada casi hicieron saltar las lágrimas de emoción al que estas líneas redacta. Pocas veces he notado ese “sentido de la historia” tan a flor de piel durante la lectura de una novela histórica: brillante y apasionante.
Aunque la novela no esté a este tan alto nivel a lo largo de todas sus páginas y se haga notar la no formación histórica de su autora, pues esquiva y trata muy de pasada algunos aspectos de la trama que se podrían abordar de una forma mucho más interesante y palpitante, El usurpador del Imperio es una buena muestra de la pluma de una autora especializada en las sagas ambientadas en la Roma imperial y en los primeros tiempos del Medievo, o lo que es lo mismo, un seguro de disfrute para aquellos que quieran proseguir la historia iniciada por Marco Aquila en El águila de la novena legión, llevada a la pantalla grande en el año 2010 de la mano de Kevin Macdonald y estrenada en nuestro país en abril de este mismo año.
Título: El usurpador del Imperio Autora: Rosemary Sutcliff Editorial:Plataforma Colección: Novela HistóricaHistórica Fecha de publicación: octubre de 2009 ISBN: 978-84-96981-64-5 Páginas: 315 Precio: € 19.95
Es seguramente la dinastía de los Julio-Claudios, los primeros emperadores romanos, la que ha centrado el interés general del público, ya sea en su vertiente histórica, simbólica, literaria, o cinematográfica… convirtiéndose en la etapa de la historia del Imperio romano más tratada, analizada y reconstruida, de tal forma que, aunque no sepamos situarla cronológicamente en un marco temporal claro, conocemos no solo a sus integrantes, esto es, Julio César, Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, sino que podemos trazar, aunque sea de una forma borrosa, las líneas generales ya sea de su reinado o de su personalidad.
No obstante, la celebridad de los miembros de la dinastía Julio-Claudia ha supuesto, también, una “deuda histórica”, no solo a la fama de los primeros emperadores de la Roma imperial, sino a la imagen que de la Antigüedad ha llegado a nosotros, compuesta, gracias sobre todo a el influjo del cine, de grandeza, poder, lujo debilidad, tiranía, perversidad, vileza e inhumanidad, unas características que, de forma injusta, se han contagiado no tan solo al resto de los emperadores romanos (no olvidemos que, al menos oficialmente, se cuentan unos 53) sino también a toda una época, la romana, vista en la actualidad como un período donde el lujo, la codicia y la perversidad (regado, todo ello, como no, por un deseo sexual incontrolado materializado en las ya clásicas escenas de orgia y de bacanales) de los emperadores, dueños absolutos del imperio, se imponían al resto de la población que habitaba el territorio dominado por ellos, ya fueran estos senadores, caballeros, comerciantes, artesanos, hombres libres, campesinos o esclavos.
Pues bien, todo ello, o la mayoría, no es ni más ni menos que una representación tópica y estereotipada de una época que ni mucho menos se puede reducir a lo escrito anteriormente (y si no es así ¿dónde tendríamos que situar a los grandes emperadores como Trajano, Adriano, Marco Aurelio o Constantino?) sino que es una imagen creada, en gran medida, tras mil setecientos años de dominio cultural en Europa en manos de la Iglesia católica, institución que anatemizó el periodo romano como una etapa diabólica, perversa (y pagana) previa a la aparición y consolidación del credo cristiano en Europa. Todo ello fue popularizado, más tarde, por la literatura y el cine que, con la adaptación de diversas novelas históricas ambientadas en la época y la creación de guiones cinematográficos basados en los tópicos conocidos y esperados (y deseados) por el público (comprador de entradas) acabó por consolidar una visión subjetiva, parcial y simplista de una de las épocas más asombrosa y apasionante de la historia del hombre.
Pues bien, la editorial La esfera de los libros ha publicado Césares, de José Manuel Roldán, una de esas obras que son y han de servir de referencia para conocer un poco más profundamente y con mayor fundamento un período y unos personajes vilipendiados, en muchos casos, por la historia. Como decíamos y como su título advierte, Roldán realiza un recorrido por las vidas y los reinados de los primeros emperadores romanos, aquellos que pertenecieron a la dinastía Julio-Claudia. En su viaje, que al leerlo también será el nuestro, el autor se empeña en situar a cada uno de los emperadores reseñados en el lugar que le pertenece y en la época en la que vivieron. No pretende repetir todo aquello que ya se ha dicho de cada uno de los césares sino que, acompañado de las fuentes antiguas siempre que éstas hagan falta, de un amplio conocimiento de la temática, avalado por largos años de docencia universitaria e innumerables obras escritas (algunas de las cuales honra el que estas líneas escribe) y de una magistral y esplendida pluma, Roldán consigue acercarnos, un poco más, al periodo histórico y a las “personas” reales que configuraron y dieron forma a una época.
José Manuel Roldan
El autor aúna en la obra, como decía anteriormente, un dominio absoluto del período histórico y la voluntad de “acabar” con ciertas visiones del pasado. Y esto lo hace de una forma amena, rigurosa e impecable. Y con esto quiero decir que Césares no es solo una obra con la que vayan a gozar aquéllos que conocen y se interesan por la historia, sino que el estilo en el que está escrito el libro invita al lector a interesarse y a avanzar en la lectura. Son pocas las veces en las que el contenido y el contenedor tienen la misma categoría, sobre todo en libros de historia, escritos, no olvidemos, por historiadores, no por literatos. Pues este es uno de ellos, en los que la delicadeza y el rigor (y creo hablar sin exagerar) de la forma en la que el libro está escrito envuelve la belleza y fastuosidad de una época lejana ya de nosotros.
Así, pues, podremos descubrir la transformación política que sufrió Roma durante la última etapa de la República y que llevó, en los tiempos de Julio Cesar y de Augusto, a la creación del Imperio; podremos presenciar la evolución del mismo durante el reinado de Tiberio y el terror desatado en la capital por su mano derecha el prefecto del pretorio Sejano; conocer qué hay de cierto en la acusación de perversidad y crueldad achacada al viejo Tiberio; analizar en clave histórica el reinado de Calígula y Nerón, dos de los emperadores, sin duda, más famosos y que peor ha tratado la historia y seremos testigos, también, del gobierno del “cojo y tartamudo” Claudio o de las ávidas y codiciosas mujeres que influenciaron su vida y su reinado: Mesalina y Agripina.
¿Incendio Nerón Roma? ¿Fue la enfermedad la que trastornó al joven Calígula? ¿Cuáles fueron los motivos de Augusto para materializar la transformación de la República en un Imperio? ¿Cuál fue el legado de Julio César? ¿Participó Claudio en la conspiración que llevó a la muerte de su sobrino Calígula? ¿Fue Tiberio la mano que ordenó la muerte de Germánico, su presunto sucesor en el poder? Roldán nos responde a estas y otras preguntas introduciéndonos en los tejemanejes de una de las dinastías más famosas de la historia, no solo por su importancia política sino también por los supuestos excesos y abusos que, según las fuentes, llegaron a cometer. Y es a través del estudio y la reflexión sobre estas fuentes como José Manuel Roldán nos permite ser testigos “de primera” de un período de la historia importantísimo para entender la evolución del mundo occidental posterior. Una utilización de las obras de los autores antiguos que veremos plasmada en el texto allí cuando haga falta, sin evitar, claro está, la reflexión y la crítica de las mismas, necesaria para entender por qué fueron escritas y con qué objetivo, una práctica pertinente para lograr conocer mejor la época y los personajes históricos a los que hacen referencia.
Roldán consigue crear una imagen realista e histórica de la Roma imperial del momento (siglos I a.C. y I d.C.) y de la primera dinastía que gobernó sobre ella alejada, pues, de todos los tópicos y “errores” fundamentados que la cultura de masas y los media han creado y reproducido de ella. Toda una oportunidad no solo para intentar comprender una época maltratada por la propia historia y de viajar por un período histórico apasionante (y emocionante) sino de dejarse llevar por un texto y un estilo que pertenecen, sin duda, a uno de los historiadores más prolíficos que “campean” por tierras hispanas. Todo acompañado, al final de cada capítulo/reinado de una breve bibliografía actualizada que permitirá, a aquellos que así lo deseen, profundizar y dar un paso más en el conocimiento de uno de los capítulos más importantes de la historia de la humanidad, al menos de aquella que nació y que deriva del mundo en el que gobernaron los sucesores de Julio César y Augusto.
Título:Césares Autor: José Manuel Roldán
Editorial: La esfera de los libros
Precio: 29,00 € Páginas: 528 ISBN: 9788497347211 Fecha de publicación: 08/4/2008 Colección: Historia Divulgativa Formato: 16×24 Cartoné
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La historia y el pasado están plagados de misterios y de leyendas que abarcan todo aquello que la ciencia histórica desconoce o de lo que no ha sabido dar explicación. El misterio también envuelve con su poderosa aureola la historia de Roma, la época en la que un gran imperio y sus legiones dominaban todos los territorios ribereños del Mediterráneo y proveía al mundo moderno de la base cultural y política que forma su armazón actual.
Y es acerca de una de estas legiones, y más en concreto de la IX Hispana, sobre la que se cierne uno de los misterios, y como no, una de las leyendas más duradera de la historia militar romana: el enigma de su desaparición. Si como lo leen, la desaparición de una unidad completa del ejército romano. Un misterio sobre el cual los historiadores no han podido dar una explicación concluyente.
De la IX Hispana disponemos de información, más o menos certera, acerca de su creación en la primera mitad del siglo I a.C. y de su evolución hasta las últimas noticias seguras que poseemos de ella, que algunos sitúan en el año 107/108 d.C.; durante los primeros años del gobierno del emperador Adriano; en la década de los años 20, 30 o incluso 40 del siglo II y otros, los más atrevidos, cerca del año 161 d.C.
Sin embargo en un momento u otro nuestra información sobre la legión IX Hispana desaparece, siendo la fecha límite para ello el año 162 d.C, en el cual se erigió en Roma una inscripción que enumera, en orden geográfico, las legiones romanas activas en ese momento (inicios del reinado de Marco Aurelio), y en cuyo listado no aparece la IX Hispana. Una inequívoca indicación de que la legión había sido o bien disuelta o bien destruida antes de esa fecha.
Veamos, pues, en un breve recorrido histórico, cuál fue la historia de la legión IX Hispana, cuál es el misterio de su desaparición y qué leyendas surgieron a raíz de ésta.
La creación de la legión IX Hispana y sus primeros años.
La legión IX Hispana tiene su origen, como en el caso de la mayoría de las legiones que estuvieron activas en época imperial, en el periodo de guerras civiles que fueron causa del final de la República romana.
Parece que la IX Hispana desciende de la legión IX, una de las unidades que integró el ejército con el cual Julio César llevó a cabo su famosa conquista de las Galias entre los años 58 y 51 a.C., aunque esta filiación no se ha podido confirmar documentalmente. LaIX sirvió, más tarde, en las campañas militares que en época del emperador Augusto llevaron al sometimiento, por parte de Roma, del territorio noroccidental de la península Ibérica (29-19 a.C.) habitado por cántabros y astures.
La finalización de estas operaciones militares en el año 19 a.C. comportó la marcha de la legión IX hacia una destinación fronteriza en Panonia (provincia romana que incluía territorios de las actuales Hungría, Austria, Croacia, Serbia, Eslovenia, Eslovaquia y Bosnia-Herzegovina). De su estancia en el Danubio destaca la participación de la IX en el amotinamiento de tres legiones estacionadas allí tras el ascenso al trono del emperador Tiberio en el año 14 d.C.
En el año 20 d.C. la IX Hispana fue transferida a la provincia de África como refuerzo de la legión III Augusta para reforzar el contingente militar romano allí presente durante la rebelión del númida Tacfarinas (20-24 d.C.). Su estancia allí se prolongó hasta el año 24 d.C. tras lo cual regresó a la provincia de Panonia.
Los títulos y el emblema de la legión IX.
La legión IX dispuso de diversos títulos a lo largo de su historia. Así sabemos, a través de diferentes inscripciones y noticias, que esta unidad tuvo primero el epíteto de IX Triumphalis derivado, seguramente, de su participación en un triunfo militar celebrado en Roma por Julio Cesar en el año 46 a.C. Esta designación fue sustituida más tarde por el título de IX Macedónica, debido, posiblemente, a la intervención de la unidad en la batalla de Farsalia en el año 48 a.C. o en la de Filipos en el año 42 a.C. Fue durante su estancia en Hispania cuando la legión IX adoptó el título de Hispaniensis (=estacionada en Hispania), designación que fue alterada por la de IX Hispana (oriunda de Hispania) seguramente tras su marcha de esta provincia hacia Panonia.
Por lo que respecta al emblema de la legión, aunque no poseemos ninguna evidencia acerca de cuál pudo ser el distintivo utilizado por la IX Hispana, es posible que éste fuera el del toro, un animal asociado con la diosa Venus, el ancestro legendario de los Julios.
Formación de tortuga representada en la Columna de Trajano.
La conquista de Britania.
La legión IX abandonó de nuevo la provincia de Panonia hacia el año 42/43 d.C. para unirse a las fuerzas que el emperador Claudio estaba reuniendo con el objetivo de iniciar la conquista de Britania. El mando de este ejército de invasión fue concedido a Aulo Plautio, hasta entonces gobernador de la provincia de Panonia, el cual se dirigió a su nuevo destino militar acompañado de la legión IX.
La campaña de conquista no supuso un gran reto para las tropas romanas si tenemos en cuenta que, como parece, su objetivo no era apoderarse de toda la isla sino, más bien, acabar con el poderío de la tribu de los trinobantes, situada en la costa oriental britana, cuya actividad anti-romana llegó a amenazar, incluso, el territorio romano continental. La IX Hispana fue una de las cuatro legiones, junto a la II Augusta, la XIV Gemina y la XX Valeria Victrix, que participó en esta primera fase de la conquista de Britania actuando, también, en las subsiguientes campañas de consolidación y ampliación del dominio romano.
En el año 60 d.C. el poder romano en Britania sufrió un importante revés con la rebelión de la reina Boudica (60-61 d.C.), alzamiento provocado, entre otras razones, por la pésima gestión de la administración romana en la isla. Boudica era la viuda de Prasutago, rey de la tribu britana de los icenos, pueblo aliado de los romanos. Al morir su esposo sin descendencia masculina, los romanos se negaron a reconocer los derechos de su viuda y de sus hijas al trono iceno. El despiadado trato recibido por ellas llevó a Boudica a rebelarse contra el poder romano, insurrección a la que se sumaron tribus vecinas como la de los trinovantes.
La legión IX Hispana fue la primera que luchó contra los rebeldes britanos, enfrentamiento en el que sufrió fuertes bajas, llegando a perder hasta 2.000 hombres, tras lo cual tuvo que retirarse a su campamento base en Lincoln (Lindum). Los rebeldes fueron finalmente derrotados por las fuerzas romanas cerca de la ciudad de Londres (Londinium), tras lo cual la provincia fue nuevamente pacificada. Las bajas sufridas por la IX Hispana fueron reemplazadas con soldados provenientes de las guarniciones establecidas en las provincias germanas.
Todas las legiones estacionadas en Britania se vieron afectadas por el enfrentamiento militar que siguió a la muerte de Nerón en el año 68 d.C. Cuatro fueron los emperadores que se sucedieron en Roma en menos de un año (Galba, Otón, Vitelio y Vespasiano). Las tres legiones estacionadas en aquellos momentos en Britania contribuyeron con contingentes o vexilaciones al ejército reunido por Vitelio para enfrentarse primero a Otón, su rival en Italia y más tarde a Vespasiano. Fue éste último el que acabó imponiéndose a los otros candidatos, tras lo cual fue nombrado nuevo emperador en el año 69 d.C.
Durante el periodo de gobierno de Vespasiano (69-79 d.C.), la IX Hispana participó, junto al resto de las legiones establecidas en Britania, en el nuevo avance de la conquista en el norte y el oeste de la isla, que permitió a las fuerzas romanas someter los territorios de Gales y parte de Escocia, aunque ésta última tan solo temporalmente. Esta actividad militar obligó a modificar el emplazamiento de la legión IX Hispana, que hacia el año 70 d.C. abandonó su campamento base en Lincoln por el de York (Eburacum).
Sin embargo parece que el interés por Britania decayó durante los reinados de sus hijos Tito (79-81 d.C.) y Domiciano (81-96 d.C.) al prevalecer en esos momentos la defensa y consolidación de la frontera del Rin. Para ello, ya en el año 83 d.C., el emperador Domiciano reclamó importantes contingentes de la legión IX Hispana para luchar en Germania contra los catos, a los que venció en ese mismo año. Contribución a la que se sumaron nuevas vexilaciones que, un poco más tarde, las unidades legionarias estacionadas en Britania tuvieron que suministrar para hacer frente a la constante amenaza en las fronteras del Rin y del Danubio, un movimiento éste que incluyó el traslado de la legión II Adiutrix de Britania en el año 87 d.C.
La última noticia que poseemos de la presencia de la IX Hispana en Britania es del año 107/108. Ésta no es otra que una inscripción hallada en York que nos informa de la participación de la legión en la reconstrucción de una de las puertas del campamento en el que la legión estaba asentada.
El misterio del final de la IX Hispana.
Es a partir de esta fecha que disminuyen, en gran medida, los testimonios que poseemos de la existencia de la IX Hispana, lo que nos impide disponer de información histórica precisa sobre la legión. Solo algunos datos dispersos nos indican que la unidad siguió activa algunos años más, aunque no podamos establecer con certeza cuál fue su final. A esto se suma el hecho de que la IX Hispana no aparece citada en la inscripción del año 162 citada anteriormente (ILS 2288; CIL VI 3492, A, B.) en la cual se enumeraban, en orden geográfico, las 28/30 legiones activas en esos momentos.
La desaparición de la IX Hispana de los registros históricos ha generado un vivo interés tanto en el mundo académico, deseoso de situar en un marco histórico el fin de la legión, como en escritores y, más recientemente, en la industria del cine, que han hallado en este “misterio britano” una fuente de inspiración en la que centrar su ánimo creativo en busca de un final épico para la legión perdida.
De esta forma, ya a principios del siglo XX, el historiador y arqueólogo británico Francis J. Haverfield avanzó la idea de que la legión IX Hispana podría haber sido destruida o disuelta tras algún desastre militar acaecido en el norte de Britania o incluso en Escocia (Haverfield, F.J., The Roman Ocupation of Britain, Oxford, 1924.). Esta idea fue posteriormente desarrollada por la escritora Rosemary Sutcliff en la novela que escribió sobre el tema (El Águila de la novena legión, 1954). La inspiración de Sutcliff a la hora de escribir la obra fue el descubrimiento, en el siglo XIX, de un águila de bronce en las excavaciones arqueológicas en la ciudad de Silchester. Un poco más tarde, en el año 1955, el arqueólogo e historiador Ian Richmond defendió la idea de que la IX legión Hispana fuera disuelta por Adriano durante su visita a la provincia britana en el año 122 tras haber sufrido la unidad diversas derrotas.
Águila de bronce hallada en las excavaciones arqueológicas en la ciudad de Silchester.
Es, sin duda alguna, la versión de Rosemary Sutcliff de la destrucción de la IX Hispana en su marcha hacia el norte de Britania la que ha quedado grabada en la imaginación popular como un hecho histórico contrastado. Veamos, pues, lo que la historia puede decir acerca de ello.
El final de la IX Hispana. Los datos históricos.
Uno de los primeros escenarios donde se ubicó el final de la legión IX Hispana fue en la propia Britania. Allí se produjo, durante los primeros años del reinado de Adriano (117-119) cierta agitación de la que no estamos muy bien informados. Algunas indicaciones de la Historia Augusta y del De Bello Parthico de Frontón y la leyendas de varias monedas acuñadas por el propio Adriano, nos informan de problemas militares en Britania, aunque desconocemos su entidad y características. Sería, pues, en este conflicto donde la IX Hispana hallaría su fin al ser derrotada por los britanos en el norte de la isla, hecho, del que, por otra parte, no disponemos de ninguna prueba histórica. De la misma forma la inseguridad en la zona provocaría, en el año 122, la llegada del propio emperador y el inicio de la construcción, en el norte de la isla, del muro que lleva su nombre.
Pocas son las evidencias sobre la existencia de la IX Hispana a partir del año 107/108. Entre ellas están un mortero (mortarium) hallado en Holdeurn, cerca de Nimega, (la antigua ciudad de Noviomagus) en el este de los Países Bajos, que posee un sello de la legión IX Hispana; dos tejas estampadas con una inscripción parecida a la anterior halladas en la propia ciudad de Nimega; un altar dedicado a Apolo erigido por el prefecto de la IX Hispana hallado en la ciudad alemana de Aquisgrán; una inscripción anónima de un tribuno de la legión IX que sirvió en ella estando ésta asentada en la Baja Germania y diversas inscripciones de oficiales que sirvieron en la legión en años posteriores al 120 d.C. La datación de algunos de estos hallazgos, al menos de aquellos con una cronología más segura, ha puesto en duda la destrucción o disolución de la unidad en una fecha anterior a la década de los años 20 del siglo II. Si esto fuera cierto refutaría la idea de la destrucción de la legión en Britania durante los primeros años del reinado de Adriano (117-119).
Otros datos epigráficos han puesto en duda este final de la legión. Entre ellos se hallan las carreras militares y políticas (cursus honorum) de diversos oficiales que sirvieron en la IX Hispana en fechas posteriores. He aquí la información que poseemos sobre ellos:
1- L. Emilio Caro, tribuno laticlavii (o primer tribuno) de la legión a mediados de la década de los años 20 del siglo II.
2- L. Novio Crispino, laticlavii que sirvió en la legión no antes del 130 d.C.
3- Annio Sextio Florentino, legado de la IX en el año 123 d.C.
4- M. Cocceio Severo, que sirvió como primipilo (el centurión de la primera centuria de la primera cohorte de una legión romana ) de la unidad hacia el año 126 d.C.
Estas carreras militares rebaten de nuevo la idea de la desaparición de la IX Hispana a principios del reinado de Adriano en Britania y prolongan su existencia varios años más. De ahí que los especialistas hayan buscado algún otro escenario histórico en el que situar la desaparición de la legión, situado éste entre el año 107/108, en el que poseemos la última información contrastada de su existencia, y el año 162, fecha de la inscripción erigida en tiempos del emperador Marco Aurelio.
Uno de estos escenarios es la rebelión judía de Bar-Kokhba, enfrentamiento conocido como la II Guerra judeo-romana (132-135). Este conflicto obligó al emperador Adriano a desplazar unidades militares de otras provincias a Judea para hacer frente a los rebeldes, otorgando la dirección de las operaciones al gobernador de Britania Julio Severo. Algunos historiadores han defendido la idea de que la IX Hispana hubiera podido partir en el año 134 hacia Judea junto con el gobernador de la provincia, en la que tras sufrir numerosas bajas la unidad sería disuelta. Sin embargo, aunque el traslado de Julio Severo sí que está documentado por las fuentes, no pasa lo mismo con la posible marcha de la IX Hispana, de la que no tenemos noticia alguna. Más aún, esta posibilidad no se adecua demasiado a la situación militar del conflicto tras la llegada de Julio Severo a Judea en el año 134, momento en el cual los rebeldes judíos estaban demasiado debilitados para hacer frente al contingente militar romano y, mucho menos, para infligirle una derrota de esas características.
Una nueva hipótesis sobre el final de la IX Hispana se generó tras el descubrimiento en el año 1972 de un diploma militar datado el 8 de febrero del año 161 d.C. durante el consulado de Quinto Numisio Junior. Este cónsul se creyó que era el mismo que el conocido por otra inscripción con el nombre de Q. Camurio Numisio Junior, del cual sabemos que fue tribuno de la IX legión Hispana, aunque no los años exactos en los que ejerció este cargo.
Si estas dos inscripciones pertenecen al mismo individuo, es decir, si podemos integrar la información proveniente de ambas en base al año en el que Quinto Numisio Junior fue nombrado cónsul y establecer para él una carrera militar y política normal para su época, se podría suponer que Q. Camurio Numisio Junior fue tribuno de la IX no antes de los años 135 o 140, retrasando aún más en el tiempo la fecha de desaparición de la IX Hispana.
Esta hipótesis ha llevado a los historiadores a buscar un nuevo escenario temporal adecuado para ubicar el final de la legión, esta vez entre el año 140, data fijada con el cursus honorum de Numisio Junior y el 162 d.C., fecha de la inscripción erigida en tiempos de Marco Aurelio. Este nuevo escenario se ha situado en el desastre de Elegeia (Armenia) del año 161, donde, según Dión Casio una legión romana fue destruida a manos de las tropas partas dirigidas por el general Cosroes.
Sin embargo no todos los especialistas aceptan esta teoría, ya que algunos pretenden diferenciar entre Quinto Numisio Junior, mencionado en el diploma militar, y Q. Camurio Numisio Junior, citado en la inscripción sin fecha, haciendo del primero el hijo del segundo, por lo cual la fecha del consulado y, por tanto, también la del tribunado de la legión IX Hispana se avanzaría en el tiempo, descartando, así, la fecha del año 140 como la última de la que tenemos información de la existencia de la legión.
De ahí que, aunque conozcamos algo más sobre historia de la legión IX Hispana, no hayamos podido determinar cuál fue su destino final. A pesar de que sabemos que la legión no fue destruida ni disuelta en Britania en época del emperador Adriano desconocemos si halló su final en Judea durante la revuelta de Bar-Kokhba bajo las órdenes del general Julio Severo o si fue destruida por las tropas partas en la batalla de Elegeia en el año 161. De lo que único de lo que estamos seguros es de que la legión IX Hispana ya no estaba activa al inicio del reinado de Marco Aurelio, ya que no aparece en la famosa inscripción del año 162. De ahí que aún no se haya desvelado el secreto de la IX Hispana y que por lo tanto el misterio acerca de su final siga abatiéndose sobre la historia de Roma y siga proveyendo de una temática apasionante a todo aquel que se acerque a ella.
Bibliografía específica:
Birley, A. R., The Roman Government of Britain, Oxford-Nueva York, 2005.
Erdkamp, P. (Edi.), A Companion to the Roman Army, Malden-Oxford-Carlton, 2007.
Goldsworthy, A., El ejército romano, Madrid, 2005
Ireland, S., Roman Britain. A Sourcebook, Abingdon-Nueva York, 2008.
Keppie, L., “The fate of the Ninth Legion. A problem for the esatren provinces?, en The Eastern Frontier of the Roman Empire, 1989, págs. 247-255.
Keppie. L., “Legio VIIII in Britain: The Beginning and the End”, en Legions and Veterans. Roman Army Papers, Stuttgart, 2000, págs. 201-218.
Keppie, L., “Legiones II Augusta, VI Victrix, IX Hispana, XX Valeria Victrix”, en Les Légions de Rome sous le Haut-Empire, Lyon, 2000, págs. 25-35.
Mor, M., “Two legions – the same fate? The disappearance of the legions IX hispana and XXII Deiotariana” en Zeitschrift für papyrologie und epigraphik, nº 62, Bonn, 1986.
Shotter, D., Roman Britain, Abingdon-Nueva York, 2004.
Ficción:
Literatura:
El águila de la IX legión, Rosemary Sutcliff (1955)
Os presentamos aquí Año 69. El año de los cuatro emperadores de Juan Luis Posadas, una novedad del año 2009 de Ediciones del Laberinto, una oportunidad inmejorable para conocer el final de la dinastía de emperadores más famosa de la historia de Roma, los Julio-Claudios, y para descubrir uno de los años, sin duda alguna, más turbulentos de la historia del Imperio romano.
El Imperio romano en la época en que nació Jesús, era poco más que el patrimonio personal de una serie de gobernantes más o menos autocráticos nacidos o conectados por vía adoptiva con la familia de Julio César y de su sobrino-nieto Augusto. Ambos políticos, probablemente dos de las personas más influyentes de la Historia universal, fundaron un Estado que mantenía las apariencias institucionales de la vieja República oligárquica romana, pero que en el fondo funcionaba como una autocracia férreamente dirigida por emperadores que sustentaban su poder en el dominio de las legiones romanas y la manipulación de los deseos del pueblo y del Senado.
Cuando murió Nerón, en el año 68 d.C., el último representante de los Julios-Claudios, la dinastía fundada por Augusto, se puso en entredicho la Constitución romana en su vertiente imperial: una sucesión de generales intentaron hacerse con el poder y fundar sus propias dinastías, durante un año, el 69 d. C.: desde generales que se habían rebelado contra Nerón, como Galba, perteneciente a una antigua familia republicana, a Otón, que reivindicaba el nombre de Nerón y sobre todo su forma de gobernar. A ellos sucedieron después Vitelio, de familia también antigua, pero que había menguado con los Julio-Claudios, y Vespasiano, el hombre nuevo, de baja extracción, que fue el que finalmente triunfó. En esta crisis del año 69 d. C. se pueden, pues, observar las características del poder romano, la composición y fuerza de sus legiones, y el carácter y principios políticos de los diferentes emperadores.
Título:Año 69. El año de los cuatro emperadores Autor: Juan Luis Posadas Editorial: Ediciones del Laberinto S.L. Colección: Años decisivos en la historia Formato: 15,5 x 23,5 cm Encuadernación: Cartoné Nº páginas: 256 Precio: 18,85 € Fecha de publicación: octubre 2009 ISBN: 9788484833871
En relación al estreno del film La legión del Águila, producida por Duncan Kenworthy, dirigida por Kevin Macdonald y basada en la novela El águila de la Novena legión de Rosemary Sutcliff Culturalia publicará un conjunto de entradas/posts relacionados con tal evento, entre los que destacan la crítica de la novela, la crítica de la película y un artículo referente al misterio histórico de la desaparición de la legión, asunto sobre el cual descansa toda la temática.
Hoy haremos referencia a la novela, escrita por Rosemary Sutcliff y que lleva el título de El águila de la Novena Legión, publicada en castellano por la Plataforma editorial. Lo primero que podemos decir es que podríamos ubicar la obra tanto en el género de la novela histórica como en el de la novela de misterio, ya que, y como desvelaremos más adelante, aunque la historia está tratada desde un punto de recreación histórica novelesca, toda la trama está basada en un «misterio histórico» todavía no aclarado. Pero todo a su tiempo…
Comencemos hablando, pues, de la novela de Sutcliff, seguramente la clave del arco sobre la que se sostiene todo. El águila de la Novena Legión explora un mundo poco conocido aquí, en las tierras bañadas por el cálido y tranquilo Mediterráneo, como es la historia de la Britania romana, y más concretamente, durante las primeras décadas del siglo II d.C., durante los reinados de los emperadores de origen hispano Trajano y Adriano. Una época en la que el poder romano aún estaba en continua lucha con los pueblos indígenas, entre ellos pictos y escotos, prueba de lo cual es la inmensa obra de ingeniería técnica que supuso la construcción en el año 122 del Muro de Adriano, como medida defensiva ante la amenaza constante de los bárbaros del norte. El origen de la historia se sitúa, sin embargo, un poco antes, en los días del gobierno de Trajano, en el que una legión, la IX hispana, partió de su campamento militar en dirección hacia el norte, una marcha de la cual nunca volvió.
Algunos años más tarde de tal desaparición, Marco Aquila, el hijo de uno de los centuriones de la legión sufre una grave herida al ser atacado el fuerte en el que estaba destinado por fuerzas indígenas. La herida en la pierna cierra a Marco el futuro en el ejército y le obliga a retirarse a la casa de su tío Aquila, que vive en la ciudad de Calleva (la actual Silchester). En su retiro convaleciente Marco se reencontrará con la vida de una ciudad romana de provincias alejada de su Italia natal: la vida ciudadana, los juegos gladiatoriales, la estructuración doméstica de la casa de su tío y dispondrá del tiempo necesario para decidir que hacer con su vida, una vez que su herida le ha cerrado las puertas de la milicia. En CallevaMarco conocerá a su joven vecina Cotia, con la que muy pronto intimará y se hará cargo de un esclavo Esca, un gladiador salvado de la muerte en el anfiteatro.
La visita de un legado amigo de su tío le dará a Marco la oportunidad de limpiar el nombre de la legión de su padre, ya que según, parece, corren rumores de que se ha visto el estandarte de la legión IX hispana por las peligrosas tierras del norte. La noticia y la recuperación de Marco le permitirán iniciar una aventura vital: dirigirse hacia el norte, acompañado de su ex-esclavo Esca, y buscar el águila de la legión, conocer el verdadero final de la unidad donde sirvió su padre y poder limpiar el nombre de la legión.
El viaje por las tierras de Valentia y Caledonia, bajo el disfraz de un oculista griego le permitirá penetrar en el mundo indígena y descifrar los misterios que atañen a la legión de su padre. Antiguos soldados romanos desertores, tribus britanas orgullosas de su raíces y de la libertad ganada ante Roma; rituales religiosos indígenas y sobre todo una indagación que le permitirá hallar lo que busca, aunque lo que halle no sea de su agrado.
El Águila de la Novena Legión es una novela ambientada en los dominios provinciales bajo el poder romano. Una novela que nos habla de la expansión no tan solo del poderío de Roma sino también de sus formas de vida y sus costumbres por todos los confines del imperio. Nos habla también del ejército romano y de los hombres que formaron la máquina militar más famosa del pasado antiguo. Pero también nos habla de los mitos y de los misterios (más de los primeros que de los segundos) que rodearon siempre al hombre de la Antigüedad.
Hemos de saber que en esos tiempos todo aquello considerado importante, e incluso aquello que no lo era, estaba relacionado con la divinidad y lo divino, y como no, también la legión y su estandarte. A través de la historia de Roma conocemos el componente religioso que poseían los estandartes de las legiones, que eran considerados por los soldados como algo divino, y los grandes esfuerzos que los emperadores romanos podían llegar a hacer para recuperar los estandartes de legiones derrotadas por el enemigo, como fue el caso de Augusto y su interés y destreza por recuperar los estandartes de las legiones de Craso y Marco Antonio perdidos al ser derrotados por los partos durante los últimos años de la República romana.
De este respeto mayestático se nutre la novela de Sutcliff y nos permite conocer un poco mejor a la persona que existió detrás de cualquier legionario. Marco es un personaje martirizado por dos razones: la pérdida de la IX hispana, y con ella de la vida de su padre; y sobre su futuro, ya que la herida que ha sufrido no le permite continuar con su carrera militar. Todo ello son obstáculos que no le posibilitan mirar hacia delante y encarrilar su existencia. El rumor sobre el avistamiento del estandarte que una vez enarbolará su padre y la posibilidad de recuperarlo provee a Marco de un objetivo alcanzable, al que sin duda se sumará sin apenas pensarlo.
En su aventura en territorio enemigo dispondrá de la ayuda de su esclavo, o mejor dicho, ex esclavo britano, autentico bastón de apoyo en esta aventura. Una hazaña que nos permite no tan solo conocer el mundo indígena sino también el mundo de frontera, aquel que compartía elementos propios tanto de los romanos como de los britanos conviviendo en equilibrio, muestra de lo cual es la tapadera de oculista griego que utilizará Marco en su empresa. Un mundo de frontera donde veremos el alcance de la romanización, sus logros y sus fracasos.
El núcleo principal de la historia la conforma la empresa de Marco y Esca en territorio indígena. Aún así, es una novela narrada desde el punto de vista romano, donde se interioriza más en los personajes romanos, a excepción del esclavo Esca. En Marco descubriremos al legionario orgulloso de su pasado militar y desvalido fuera de la milicia; en su tío Aquila hallamos al italiano asentado en la provincia donde ha pasado la mayor parte de su vida en destinaciones militares y donde conoció su auténtico amor. Cotia nos permite vislumbrar a la población indígena atraída y al mismo tiempo subyugada por la cultura romana en la que vive. Esca por último nos presenta al esclavo que ha perdido su libertad pero no su orgullo de ser britano y su hombría. Una obra, en fin, con pocos personajes que nos permite revivir la vida en una provincia en los tiempos de la dominación romana…
La novela es interesante, aunque como decía, nos relata un hecho en base a una premisa que, posiblemente, nunca ocurrió, o mejor dicho no ocurrió así. Hasta mediados del siglo XX se poseían pocos datos sobre el destino de la IX hispana, legión que desaparece de los registros históricos en el año 108, cuando poseemos la última noticia fidedigna y datada de su pervivencia, una inscripción que nos informa de la reforma de una de las puertas de entrada del campamento militar de York, en el que la legión estaba asentada. A partir de aquí, todo son sombras y dudas acerca de qué es lo le pasó a la legión. Aunque diversos historiadores defienden que la IX hispana fue trasladada a Oriente donde fue destruida en un enfrentamiento contra los partos en el año 161 d.C., no todos los especialistas están de acuerdo con ello, por lo que el misterio de su final aún sigue oscureciendo la historia britana. Este hecho, la desaparición de la IX hispana de las fuentes históricas, es el que hizo nacer la leyenda de que o bien la legión había desertado o había sido destruida en el norte de Britania.
Sutcliff, pues, modeló la trama de su novela en el misterio de la IX hispana, en el enigma sobre su final. Una novela que desde su publicación en el año 1954 se ha traducido a 21 idiomas, entre ellos el español gracias a la edición de Plataforma editorial, y sobre la que se han rodado diversas película ambientadas en la Antigüedad, como lo fueron La última legión (2007), Centurión (2010), y La legión del Águila (2011), que se estrenó el pasado 8 de febrero en las salas española. Un indicio de que el destino de la IX legión hispana sigue interesando al público actual, y una oportunidad para conocer algo más la historia de Roma y embarcarnos en una aventura que nos permitirá desentrañar junto a sus intérpretes principales, el romano Marco Aquila y el britano Esca, el aún desconocido destino de la legión IX hispana.
Título: El águila de la novena legion Autora: Rosemary Sutcliff Editorial: Plataforma Colección: Histórica Fecha de publicación: marzo de 2011 ISBN: 978-84-96981-25-6 Páginas: 300 Precio: € 19.95
————————————————————– Escrito por: Jorge Pisa Sánchez