
No hay cineasta en el mundo cuya obra haya sido analizada de manera mĆ”s minuciosa en innumerables libros como Alfred Hitchcock. El maestro, poseedor de una de las filmografĆas mĆ”s poderosas de la historia fue, a su vez, el director que mejor supo vender su propia imagen. Ya desde sus primeras pelĆculas se ocupó de que los espectadores jugaran a descubrirle en ingeniosos cameos, creó una caricatura en forma de silueta a modo de logo mercantil, concedĆa entrevistas (preferiblemente grĆ”ficas o en shows televisivos), participaba en los avances comerciales de sus films, produjo y presentó sus propias series de televisión⦠FĆsicamente, no hay ningĆŗn otro profesional en lo suyo tan identificable. āHitchā era una marca. Se le reconocĆa por dominar el suspense, pero tambiĆ©n por representar Ć©l mismo al propio gĆ©nero, con su oronda figura y su manera pausada de hablar enfatizando los chistes macabros. QuizĆ”s, en las artes, su caso pueda ser comparable al de Salvador DalĆ quien, por cierto, llegó a colaborar con nuestro protagonista en 1945 para la pelĆcula āRecuerdaā, diseƱando las secuencias onĆricas. En definitiva, la cosa se trataba de una combinación en la que participaba un producto artĆstico muy bien valorado por crĆtica y pĆŗblico y un creador conocedor, sospecho que conscientemente, de habilidades para vender su trabajo a travĆ©s de sĆ mismo. Una mezcla perfecta cuando el artĆfice y el producto son de primera calidad.
Por supuesto, no podemos obviar las biografĆas en las que se ha pretendido recrear su vida personal, o incluso las referencias a las particulares filias y fobias que pueden detectarse en sus trabajos (el miedo a la policĆa y a ser encerrado en una cĆ”rcel injustamente, la adoración por determinado tipo de mujeresā¦). Tanto se ha visto y escrito que parece casi imposible descubrir facetas o aspectos nuevos sobre Ć©l. Personalmente, tengo por volĆŗmenes de cabecera, tratĆ”ndose de uno de mis directores predilectos, dos tĆtulos imprescindibles: como estudio de su obra, el que estĆ” considerado el mejor libro sobre cine jamĆ”s escrito, el firmado por FranƧois Truffaut con el tĆtulo āEl cine segĆŗn Hitchcockā, en el que se transcriben sus entrevistas con el director de āVĆ©rtigoā. En el plano biogrĆ”fico, āLa cara oculta del genioā, de Donald Spoto que, sin ser un texto definitivo, ofrece una visión retrospectiva muy completa de sus peripecias vitales.
A esos dos, habrĆa que sumarle ahora el ālibro-objetoā āLos tesoros de Alfred Hitchcockā. Se trata de un artefacto lujosamente presentado en gran formato y que resulta atractivo por varios motivos que, de manera feliz, han propiciado un reencuentro fascinante con el querido personaje.
El primero y fundamental: El autor. Laurent Bouzereau es un respetable documentalista y, me permito decirlo, el mejor director de āmaking-offāsā (documentales sobre producciones y rodajes cinematogrĆ”ficos). Conocido por los aficionados, en especial a partir de la comercialización de DVDās con contenidos extra, Bouzereau se ha convertido en el experto que ha aƱadido valor a las ediciones especiales, con piezas que, en ocasiones, han superado en metraje a los propios films. Es, entre otros, el productor de los contenidos que acompaƱan a las pelĆculas de Steven Spielberg y, claro estĆ”, ha dedicado tambiĆ©n esfuerzos para recuperar los recuerdos de los compaƱeros del āmago del suspenseā que siguen vivos, con el fin de incluir la mayor cantidad de información en los āCómo se hizoā de sus principales tĆtulos. Sumar a ello el estudio pormenorizado de cada cinta le ha permitido, ademĆ”s, tener una visión en conjunto mucho mĆ”s completa al elaborar los escritos que conforman la base de este ensayo.

- Laurent Bouzereau
Otra cuestión importante es el enfoque. Sabedor de que prĆ”cticamente estĆ” todo dicho y que resulta difĆcil abordar una trayectoria tan conocida sin caer en la repetición, Bouzereau se ha inclinado por mostrarnos las principales caracterĆsticas de lo que se entiende por el estilo āhitchcokianoā, marcado por ciertas reglas muy reconocibles e imitadas por otros cineastas. El libro estĆ” dividido en capĆtulos que describen esos elementos que conforman el estilo creado por el britĆ”nico, las seƱas de identidad con las que perfeccionó un arte que se hizo el mĆ”s popular del siglo XX: Los falsos culpables y antihĆ©roes, las mujeres (a ser posible rubias, ya saben), los villanos y, por supuesto, el famoso ātoque Hitchcockā, que se compone de varias caracterĆsticas: un fĆ©rreo guión; una estructura narrativa sorprendente incluyendo el uso del āmacguffinā (tĆ©rmino inventado por Ć©l, que se refiere a algo que hace avanzar la trama sin que, en realidad, tenga ninguna importancia para la pelĆcula -algo asĆ como una excusa argumental-); un equipo solvente que le permitiera no tener que asistir al rodaje (āes lo mĆ”s aburrido de hacer una pelĆculaā, decĆa); y, de manera muy especial, emplear tĆ©cnicas de filmación diferentes en cada proyecto. Hitchcock llegó a hacer infinidad de experimentos visuales y sonoros para remarcar los momentos cumbres de su carrera, desde ser pionero en el 3D (āCrimen perfectoā, 1954) a filmar toda una pelĆcula en un solo plano (āLa sogaā, 1948); proyectar, junto al diseƱador Saul Bass, una secuencia de tres minutos con cincuenta planos y mĆ”s de setenta Ć”ngulos de cĆ”mara (me refiero, claro estĆ”, al asesinato de la ducha en āPsicosisā, 1960); crear una tensa, larguĆsima y trepidante secuencia final de doce minutos sin diĆ”logo, tan solo con la mĆŗsica de la āStorm Cloud Cantataā de Walter BenjamĆn interpretada en el Royal Albert Hall (āEl hombre que sabĆa demasiadoā, 1954); montar una secuencia de acción sin ni siquiera mĆŗsica (la de la avioneta en el desierto para āCon la muerte en los talonesā, 1958); presentar otra pelĆcula sin nada de mĆŗsica pero con sonidos electrónicos a cargo de Bernard Herrmann (āLos pĆ”jarosā, 1963); o hacer que el espectador contemple lo difĆcil que puede llegar a ser matar a alguien (lo hizo en āCortina rasgadaā, de 1966, con una secuencia portentosa que supera los cuatro minutos en la que la vĆctima, naturalmente, se resiste a ser asesinada). En cada proyecto, Hitchcock se comprometĆa con esos detalles y aĆŗn hoy resulta asombrosa la alegrĆa con la que colocaba la cĆ”mara en los lugares mĆ”s insospechados para ofrecer otro punto de vista al espectador. Todos estos aspectos, deteniĆ©ndose en sus representaciones mĆ”s reconocibles, hacen del libro una guĆa interesante sobre lo que nos legó Hitchcock, su manera de utilizar el cine para explicar historias.
Pero el peso del volumen, y nunca mejor dicho, lo encontramos en el material grĆ”fico. Y aquĆ destacarĆ© que, sin la colaboración de los herederos, en especial de Patricia Hitchcock que firma el prólogo, no hubiera sido posible contemplar, por primera vez, fotos familiares y de rodaje que nos permiten descubrir el lado humano del director. De hecho, se nos indica que es el primer libro realizado con autorización expresa de la familia. La edición, en este sentido, es esplĆ©ndida. Y no queda otra que felicitar a Libros CĆŗpula por haber respetado el formato original que contiene, para deleite de los coleccionistas, documentos facsimilares presentados en āpĆ”ginas-sobreā. AsĆ, tendremos en nuestras manos su certificado de nacimiento y el de matrimonio fielmente reproducidos; un telegrama dirigido en 1940 a David Selznick; unas notas extraĆdas de un bloc con membrete del barco Queen Mary, en las que detalla las cualidades mĆ”s relevantes que debe tener una buena pelĆcula; tambiĆ©n encontramos storyboards, fragmentos de guiones manuscritos, bocetos de vestuario⦠Como ya indica el tĆtulo, autĆ©nticos tesoros que hacen del ejemplar una deliciosa caja de sorpresas.
QuizĆ”s no descubrirĆ”n nada que no sepan, pero el libro de Bouzereau les permitirĆ” recordar pasajes maravillosos de la historia del cine, detectar elementos que pudieran revelarles sincronĆas entre la vida del director y sus pelĆculas, volver a admirar a las grandes estrellas de Hollywood y disfrutar como niƱos con esas sorpresas que contienen sus pĆ”ginas de color dorado, fragmentos de la vida de uno de los hombres mĆ”s influyentes de la cultura del siglo pasado.
TĆtulo: Los tesoros de Alfred Hitchcock
Autor: Laurent Bouzereau
Prólogo: Patricia Hitchcock OāConnell
Traducción: Natalia Galiana Debourcieu
Editorial: Libros CĆŗpula (Barcelona, 2010)
Precio: 42 ā¬
Escrito por: JosƩ A. MuƱoz