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Crítica teatro: La nit de la iguana, en el TNC

Llega al TNC, en medio de la pandemia, uno de los momentos de la temporada teatral, con el estreno el pasado 11 de febrero de La nit de la iguana, uno de los textos más reconocidos de Tennessee Williams, estrenado en el año 1961 y que dirige de lleno nuestra mirada hacia el declive y la crisis vital.

“Años cuarenta, en un rincón perdido de la costa del Pacífico en México. Mientras grupos de turistas alemanes celebran en bañador los bombardeos de la Luftwaffe sobre Londres, el exreverendo Lawrence T. Shannon, reconvertido en guía turístico tras haber sido expulsado de su iglesia y haber pasado una temporada en un hospital psiquiátrico, se reencuentra con una antigua amante que dirige un pequeño hotel”.

Lo primero que sorprende de la versión de Carlota Subirós cuando uno entra a la Sala Gran del TNC es la exuberante escenografía, obra de Max Glaenzel, que nos muestra la terraza del hotel mejicano en el que se desarrolla el drama humano en el que nos embarca el dramaturgo estadounidense. Y este no es otro que el análisis de la insolvencia vital de los protagonistas de la obra.

La nit de la iguana_1

En el hotel de segundas se reunirán varios personajes todos tocados por la fatalidad. El principal no es otro que el exreverendo Shannon (Joan Carreras), expulsado de la Iglesia y que se gana la vida guiando grupos turísticos católicos, con una debilidad especial por la seducción de jovencitas. El reverendo llega al hotel en plena crisis profesional y de consciencia en busca de la paz de aquello conocido. En él hallará a la propietaria y antigua amante (Nora Navas), una viuda reciente que vive de forma despreocupada; un grupo de turistas alemanes y una pareja formada por un poeta nonagenario en busca de su último poema (Lluís Soler) y su nieta, una joven artista que vende su obra de forma itinerante (Màrcia Cisteró). A lo que se sumará la responsable del grupo católico que guía el reverendo (Antònia Jaume) y la joven que este ha seducido (Paula Jornet). Como ven, un panorama que dirige inevitablemente la trama hacia el desastre. Williams, para variar, se interesa por las grietas del alma humana y, también, por su capacidad de resistencia.

La versión de Subirós es valiente, como lo ha de ser cualquier adaptación de Williams, en la que destaca, como decía, una escenografía pletórica y las interpretaciones del reparto. El texto está fabricado para el lucimiento del protagonista principal, el reverendo Shannon, interpretado por Joan Carreras, que provee al carácter de una naturaleza quebradiza de alto voltaje. Nora Navas no acaba de perfilar del todo su personaje de viuda Faulk; Màrcia Cisteró configura, por su parte, una interpretación plácidamente apasionada y Lluís Soler cumple en la encarnación de un personaje secundario pero importante para el relato de la obra.

Y todo ello envuelto en el simbolismo mítico de Williams que se materializa en la caza de la iguana, que intenta mostrar al público el hecho de que todos los personajes del drama, y todos nosotros también, estamos atados a nuestra naturaleza de la que no podemos escapar, ya sea a las debilidades de un sacerdote, a la desidia de la propietaria del hotel, al deseo de crear de un viejo poeta o a la simpleza virginal de una joven artista… o a aquello que nos pesa y nos marca en el fondo de nuestra alma y que dirige nuestros pasos a veces hacia la tragedia.

El TNC acierta, con Tennessee Williams es fácil acertar, y más en la época de crisis personal y social en la que vivimos, pero al intento le falta algo, relacionado con la propia adaptación de una obra compleja muy ligada a una época y a un país muy concreto. Aún así, vale, y mucho, la pena asistir a una representación de La nit de la iguana, para disfrutar de una forma de hacer teatro, de la genialidad creativa de un autor y de la energía interpretativa de un Carreras que sigue avanzando firmemente en su carrera actoral.

“La nit de la iguana” se representa en el TNC del 11 de febrero al 28 de marzo de 2021.

Autor: Tennessee Williams
Traducción y dirección: Carlota Subirós
Dramaturgia: Ferran Dordal i Lalueza
Reparto: Paul Berrondo, Joan Carreras, Màrcia Cisteró, Ricardo Cornelius, Antònia Jaume, Paula Jornet, Wanja Manuel Kahlert, Nora Navas, Hans Richter, Juan Andrés Ríos, Claudia Schneider y Lluís Soler
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario y Caracterización: Marta Rafa Serra
Iluminación: Mingo Albir
Sonido: Damien Bazin
Maquillaje y peluquería: Anna Rosillo

Horarios: de miércoles a sábado a las 19:00 horas y domingos a las 18:00 horas
Precio: 29€
Duración: 2 horas y 5 minutos
Idioma: catalán
NOTA CULTURALIA: 8
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Jorge Pisa

Crítica teatral: La rosa tatuada, en el TNC.

LA_ROSA_TATUADA_cartellUno siempre echa de menos, en algún momento de la temporada, la representación de una obra de Tennessee Williams, o lo que es lo mismo, una reflexión sobre el alma humana amargada, para variar, por la propia materialización de la existencia. El azar teatral, sin embargo, nos había dejado, desde que a finales del 2010 finalizaron las representaciones de Gata sobre teulada de zinc calenta en el Lliure, sin poder disfrutar sobre los escenarios barceloneses de la exquisitez irreverente del autor americano. Por lo que era inconcebible pensar ni un solo momento en dejar escapar una oportunidad como la que nos ofrece el TNC con la adaptación de La rosa tatuada, una de las obras más conocidas del autor, dirigida por Carlota Subirós Bosch e interpretada en los papeles principales por Clara Segura y Bruno Oro.

Y la ocasión es sin duda recomendable debido a la consistencia del texto, a la simbología que atesora y a que, como decía antes, es un Tennessee Williams de primera fila. La historia, seguro, ya la conocen. La familia Delle Rose, de origen siciliano, vive una placida existencia en el sur de los Estados Unidos. Él, Rosario, trabaja como transportista de plátanos y de otras mercancías no tan legales para una compañía frutícola; ella, Serafina, trabaja en casa como modista. Ambos han creado un hogar donde predomina el amor y la plenitud de la pasión sexual, de la cual ha nacido su hija Rosa. Todo ello acaba inesperadamente con la muerte de Rosario durante uno de sus transportes. La morada de los Delle Rose queda sumida en el duelo y la desesperación más profunda al no aceptar Serafina el trágico final de su marido, un dolor que, además, le hace perder el hijo del que está embarazada.

El paso del tiempo no consigue, sin embargo, que la cordura regrese al hogar de los Delle Rose. Serafina vive recluida en su casa, dominada por las cenizas de su difunto marido y por la imagen de la Madre de Dios, sin dirigirle la palabra a los vecinos e imponiendo una reclusión casi absoluta a su hija. Una situación que se complicará aún más al descubrir Serafina la posible infidelidad en el pasado de su marido y cuando tanto ella como su hija entren en contacto de nuevo con el mundo sexual de los hombres, hecho propiciado por la llegada accidental de Alvaro Mangiacavallo, un transportista de fruta que posee un gran parecido físico con Rosario y por el conocimiento por parte de Rosa de un chico en el baile del instituto.

La rosa tatuada nos permite echar una mirada no tan solo a la sociedad norte-americana de los años 50, y más concretamente a la población europea emigrada al nuevo continente, sino que nos posibilita al mismo tiempo atisbar parte de la personalidad del autor del texto. Por lo que respecta a lo primero la obra nos introduce en el hogar de una familia de origen siciliano de la costa sur de los Estados Unidos, y nos muestra la interrelación de los miembros de esta con la sociedad americana conservadora del momento. Aquí hallamos un primer choque cultural entre tradiciones y formas de pensar europeo-católico-mediterráneas y las propias de la cultura anglo-norteamericana.

_DSC1881Todo ello acentuado por el comportamiento “insano” de Serafina tras la muerte de su marido, que provocará rumores en la comunidad. Sin embargo, la llegada de Alvaro hará nacer de nuevo en ella el deseo. Una pasión basada en parecidos y en necesidades que les servirá a ambos para lograr una nueva oportunidad y reconducir sus vidas. Una pasión, además, simbolizada en la obra a partir de la rosa, ya sea esta la tatuada en el pecho de Rosario, la sobrenatural rosa que aparece y desaparece en el de Serafina, o la omnipresencia del nombre, del símbolo y del color de la rosa a lo largo de toda la representación.

Por lo que respecta a la personalidad del dramaturgo podemos detectar en la obra la familiaridad de Williams con la enfermedad mental que sufrió su propia hermana, con la cual mantenía una relación muy cercana y su turbulenta vida sexual y sentimental en los Estados Unidos profundamente conservadores de los años 50.

En el apartado de las interpretaciones la obra ofrece una oportunidad inmejorable a la actriz principal de la historia, que no es otra que Clara Segura, que hace suyo un personaje, el de Serafina Delle Rose, de forma magistral. En el apartado masculino, sin embargo, Bruno Oro no acaba de darle a su papel el registro necesario, (un registro tennessewilliano, diría yo), por lo que la química entre los dos personajes principales no acaba de estallar como debería hacerlo. Ambos están rodeados por el buen hacer de una troupe de actores y personajes entre los que hallamos, entre otros, a Alícia González Laá, Oriol Genís, Antònia Jaume, Marta Ossó o Teresa Urroz. La dirección de Carlota Subirós alimenta, por otra parte, la naturalidad de las interpretaciones para dar la mayor viveza al dramatismo de la historia y la inmaterialidad del contexto escenográfico.

Si nos fijamos, pues, en la composición de la obra observamos el atrevimiento que comporta la elección de la escenografía, en la cual la vivienda de los Delle Rose se materializa como un cubículo que gira sobre sí mismo y sobre el que se proyectan imágenes y coloridos a lo largo de la obra. Si bien esta apuesta sorprende por su audacia artística, el aislamiento de la vivienda sobre un escenario vacío enorme hace difícil captar el contexto espacial y social de la obra, dejándola en un limbo difícil de concretar para el espectador. A esto se suma la opción por una iluminación de poca intensidad y el uso de tonalidades musicales de ritmo étnico, con el objetivo de darle un toque más intimista a la representación y apelar a aquello más emocional que uno lleva dentro.

Representar un Tennessee Williams es algo siempre dificultoso y el TNC sale en parte airoso de su intento gracias, sobre todo, a la espléndida e íntima interpretación de Clara Segura. Aún así, y como les decía, La rosa tatuada es una oportunidad lustrada para degustar la artesanía de los sentimientos propia de un autor que analizaba en cada una de sus obras la complicada trabazón de sentimientos que todos llevamos dentro, ya sea en los Estados Unidos de los años 50 o en la Cataluña de principios del siglo XXI.

La rosa tatuada” se representa en el TNC del 12 de diciembre de 2013 al 2 de febrero de 2014.

Autor: Tennessee Williams
Traducción y dirección: Carlota Subirós
Reparto: Clara Segura, Bruno Oro, Pepo Blasco, Rosa Cadafalch, Màrcia Cisteró, Montse Esteve, Oriol Genís, Alícia González Laa, Antònia Jaume, David Marcé, Marta Ossó y Teresa Urroz
Escenografía: Max Glaenzel
Vestuario: Marta Rafa
Iluminación: Mingo Albir
Sonido: Damien Bazin
Caracterización: Àngels Salinas
Producción: Teatre Nacional de Catalunya

Horarios: de miércoles a sábado a las 20:00 horas y domingos a las 18:00 horas (domingo 5 de enero no hay función).
Precio: de 14 a 28 €
Duración:
  Primera parte 1 hora y 45 minutos
Entreacto de 15 minutos
Segunda parte 45 minutos.
Idioma: catalán
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Jorge Pisa Sánchez