Crítica cinematográfica: Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba

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“Living is easy with eyes closed”, afirmaba John Lennon en la hermosa Strawberry Fields Forever, una canción que escribió para The Beatles durante los días que pasó en Almería rodando Cómo gané la guerra, el film antibelicista de Richard Lester. Ahora, más de cuarenta años después, David Trueba recupera ese verso para titular su nueva película, Vivir es fácil con los ojos cerrados, una road movie tragicómica en la que consigue recrear con acierto la España decadente de la década de los sesenta, el país en el que los grises repartían estopa a las puertas de la Monumental, Eleuterio Sánchez, El Lute, se convertía en mito y Manuel Fraga se bañaba en las playas de Palomares, una época extremadamente dura en la que una parte de la población pasaba hambre y malvivía bajo la amenaza constante de la represión.

El director madrileño ha tomado como punto de partida la historia verídica de Juan Carrión, un profesor de inglés que enseñaba el idioma de Shakespeare a sus alumnos a partir de los temas de The Beatles que escuchaba en la radio clandestina; pero transcribir la letra de las canciones de oído no era una tarea sencilla, así que, cuando supo de la presencia de Lennon en Almería, no dudó ni un instante en viajar desde Cartagena para entrevistarse con él y, de esta manera, conseguir que le aclarara los interrogantes que tenía acerca de sus composiciones. Trueba recupera esa aventura (tan solo cambia el nombre de Juan por el de Antonio) y le añade algo de ficción y algún que otro apunte autobiográfico (el disgusto de Juanjo cuando ve peligrar su melena lo vivió uno de sus hermanos) para confeccionar Vivir es fácil con los ojos cerrados, un relato que utiliza ese viaje y la figura de John Lennon como metáfora de una ilusión, la de dejar de vivir con miedo y empezar a emprender uno mismo su propio camino, una quimera necesaria para una sociedad sin ilusiones que ansiaba una bocanada de aire fresco en esa España de 1966.

El trío protagonista, en un fotograma de la película
El trío protagonista, en un fotograma de la película

David Trueba se ha rodeado, en esta ocasión, de sus actores más fieles para completar el reparto: Jorge Sanz y Ariadna Gil son los padres del rebelde Juanjo, y Ramón Fontserè ejerce de propietario del chiringuito El Catalán, además de mostrar su habilidad para tocar La presó del Rei de França a la trompeta; ah, y como curiosidad debemos señalar la presencia de Valentí Guardiola (sí, sí, el padre del celebérrimo entrenador del Bayern Münich) como eficiente peluquero. Sin embargo, Trueba ha confiado en dos jóvenes sin excesiva experiencia a sus espaldas para ejercer de protagonistas: Natalia de Molina y Francesc Colomer firman un excelente trabajo a sus órdenes, ellos son unos convincentes Belén y Juanjo, compañeros de fatigas del bondadoso y quijotesco maestro, un enorme Javier Cámara que, aquí, logra una de sus mejores interpretaciones, capaz de hacer sonreír al espectador con su ingenio para, acto seguido, emocionarle con su sabiduría y ternura.

En un momento de la película, Antonio comparte una teoría según la cual la música del cuarteto de Liverpool subsistirá al paso del tiempo: “Su música es alegre y melancólica, como lo es la vida, y por eso la gente hace suyas las canciones de The Beatles; los años han pasado, de los Fab Four solo Paul McCartney y Ringo Starr siguen vivos, pero Antonio estaba en lo cierto: las canciones que elaboraron en sus diez años de existencia conjunta siguen vigentes en el imaginario colectivo. De la misma manera, Vivir es fácil con los ojos cerrados merece tener una larga vida cinematográfica porque está confeccionada exactamente con esos ingredientes: alegría y melancolía, sonrisa y emotividad, además de ser una maravillosa lección vital y optimista para aquellos que tienen la sensación de que nuestros actuales gobernantes, como entonces, no tienen intención alguna de que veamos algo de luz en el futuro.

Título: Vivir es fácil con los ojos cerrados
Director: David Trueba
Intérpretes: Javier Cámara, Natalia de Molina, Francesc Colomer, Ramón Fontserè, Jorge Sanz, Ariadna Gil, Rogelio Fernández Espinosa, Valentí Guardiola
Guión: David Trueba
Año: 2013
Duración: 108 minutos

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Escrito por: Robert Martínez

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Magda Puyo, directora de “Cosmètica de l’enemic”: “La cultura es incomodidad.”

Magda ríe a mandíbula batiente y dispara pasión por su trabajo. Ni la grabadora está segura. Pero no seré yo quien consiga evitarlo.

 ¿Qué es “Cosmètica de l’enemic”?

Es la historia de un hombre que encuentra a su álter ego y este le ayudará a conocerse. Siente pánico porque tiene un lado oscuro. Al igual que hace Amélie Nothomb en su novela homónima, nuestra propuesta combina comedia y thriller psicológico.

¿Al público actual, en estos momentos, le gusta que le mostremos este lado?

Sí y mucho. Porque todos lo tenemos. Si alguien nos tirase un poco de la lengua, seguramente saldrían aspectos de nuestra personalidad mucho más negros que el blanco que enseñamos aparentemente. La obra habla de emociones fuertes y la gente las necesita. Aunque sean de ficción, las puede contrastar con sus propios miedos, con su angustia. Así dejamos escapar nuestra parte negativa. Y ello nos permite descansar. También es una forma de reírnos de nosotros mismos, de ironizar sobre la realidad. Y es que la vida es una tragicomedia grotesca.

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Magda claroscura

Lo que tenemos dentro no podemos rechazarlo. Lo importante es saber que lo tenemos y no negarlo. No te escondas de lo que tú también eres.

Definís la obra como un “juego ambiguo y seductor entre el Bien y el Mal”. ¿Por qué es tan tentador el Mal?

¿Por qué nos atraen los acantilados? Pues porque sabemos que si los traspasamos ocurrirá algo absolutamente desconocido y quizás descubriremos cosas de nosotros mismos que nos asusten mucho y que prefiramos ocultar. De todas maneras, el Mal es muy relativo: Muchas cosas que calificamos socialmente como buenas son malas en realidad. Y al revés.

La obra transcurre en la sala de espera un aeropuerto. ¿Es relevante que los hechos sucedan allí?

Por supuesto. En primer lugar, porque la sala de espera es tierra de nadie y en ella no estás protegido. En segundo lugar, mientras esperas tu mente puede estar en blanco porque no estás haciendo nada en concreto. Y finalmente porque no puedes escaparte de allí. Solo tienes una salida: Subir al avión. Después de encontrarse Jérôme Angust, el ejecutivo protagonista, con Textor Texel en dicho aeropuerto, el primero solo podrá dirigirse hacia una puerta, la del abismo.

La obra se centra en dos personajes antagonistas que “se oponen, se cruzan y finalmente se confunden”. Eso también ocurría en “Alma i Elisabeth”, la obra que estrenaste el pasado mes de junio adaptando “Persona” de Ingmar Bergman.

Es curioso pero no lo busqué intencionadamente. Ambas propuestas me las hizo Carles Manrique, el productor ejecutivo. En ambas se plantea la dualidad del ser humano. ¡Quizás fue mi subconsciente el que me llevó a ellas!. Mi hijo, al ver las dos obras, me preguntó si me pasaba algo, si tenía algún problema… Yo le contesté como hace todo el mundo: que no. Tanto Amélie Nothomb como Ingmar Bergman son personas muy contradictorias, en lucha constante consigo mismos y con la realidad y la sociedad. Sus obras son también muy complejas. Últimamente me divierto mucho haciendo cosas tan duras.

El título de la obra, “Cosmètica de l’enemic”, es extraño.

La “cosmética” (que viene de “cosmos”) es la ciencia que estudia el equilibrio del cosmos, es el “arte del equilibrio”. Textor equilibrará a esa persona que es Jérôme y su dualidad.

Te enfrentas al estilo de Nothomb, íntimo y hermético.

Amélie es muy dual. Nunca es tan hermética o grotesca como para llegar al límite. Siempre te permite volver. Lo combina muy bien. Algunos elementos de su obra, como cuando habla del jansenismo, de Pascal o incluso cierta influencia freudiana, podrían resultar herméticos. Pero al mismo tiempo es una novelista popular por su forma clara y diáfana de hacer que corra la acción y su capacidad de seducir al público. Además, Amélie tiene un sentido del humor negro. Y eso gusta mucho por la perversidad que todos llevamos dentro.

¿Cómo adaptasteis Pablo Ley y tú la novela?

La literatura de Amélie es muy teatral. Nos limitamos prácticamente a sintetizar su texto. A medida que avanza la obra, se abren puertas falsas repentinas que te llevan por otro lado. Intentamos no dejarnos ninguna de esas puertas. Quisimos mantener ese suspense, elemento frecuente en la obra de Nothomb. Nosotros solo hemos intentado no perder el equilibrio que su obra ya tiene.

Los actores, Lluís Soler y Xavier Ripoll, destacan por la gravedad de sus voces.

Sus voces contrastan muy bien. La de Xavier es algo volátil mientras que la de Lluís es más profunda, rasgo muy apropiado ya que él interpreta precisamente al enemigo interior. De ambos actores, destaco además su capacidad de hacer verdadero todo lo que aquí interpretan.

El espacio escénico es tuyo y de Martí Torras.

Yo quería contar la metáfora de la mente humana. Representarlo con algo que recordara al cerebro mediante formas organizadas. Y que el público formara parte del espectáculo de modo que puntualmente se sintiera en un aeropuerto abriendo una ventana hacia la mente de alguien para poder mirar adentro.

¿Cuáles son tus inquietudes como directora?

A mí me gusta crear espacios poéticos. Hacer una propuesta estética que incluya una complejidad ideológica. No me interesa hacer una copia de la realidad. Y me encanta trabajar la corporalidad de los actores. El cuerpo explica cosas irracionales mientras que la palabra siempre es racional. Por ello, el cuerpo lleva a lugares personales mucho más profundos.

¿Es la ambigüedad una forma de no mojarse?

El teatro es hacer preguntas. La respuesta debe darla el público formulándose más preguntas. El arte causa incógnitas. Cuando miramos un cuadro de Pollock, lo entendemos desde la emoción y la sensación, y no desde la razón. No obstante, a veces los directores y dramaturgos no sabemos explicar lo que queremos decir.

¿A quién va dirigida vuestra propuesta?

Es una obra con diversos niveles de lectura. Nos está sorprendiendo que venga a verla gente muy joven, que es un sector social poco habituado al teatro. Los domingos por la tarde, en cambio, el patio de butacas se llena de gente mayor. El público que estamos teniendo es un buen reflejo de la combinación que “Cosmètica de l’enemic” ofrece de lo popular y lo ambiguo. Estaremos en la Sala Muntaner hasta el 9 de noviembre y después tenemos catorce “bolos” por Catalunya.

Recomiéndame una obra que hayas visto recientemente.

La marquesa de Sade” dirigida por Emilià Carilla y protagonizada por Agnès Romeu, Muntsa Alcañiz, Àngels Bassas, Andrea Montero, Laura Fité y Enka Alonso en el Teatre Akadèmia de Barcelona. El trabajo de las actrices es muy interesante.

¿Cómo ves el panorama teatral catalán actual?

Hiperconservador y muy acomodaticio. Es necesario iniciar un proceso de liberación. La cultura y el arte de este país son un patrimonio muy rico: Por un lado, somos cuatro gatos y en cambio tenemos muchos artistas. Este proceso se inició en un momento dado pero ha quedado paralizado. Lo que tenemos ahora es un localismo patético.

¿A qué se debe esta situación?

Hace mucho tiempo que las instituciones públicas siguen un camino equivocado potenciando una serie de propuestas insuficientes para crear un tejido cultural pero que lucen mucho en el aparador. Esto pasa ahora más que nunca. Los proyectos mueren donde se estrenan y fundamentalmente en Barcelona: No hay una red de exhibición, solo edificios con sus focos. Todo son ladrillos y ordenadores. Y lo importante es que los artistas estén en el escenario. Por otra parte, los profesionales tenemos que depender menos de las instituciones.

¿Qué es la cultura para ti?

Un espacio de placer y reflexión. Un lugar donde buscarse como persona y como país. Es una de las pocas cosas que te hacen avanzar humanamente. Y empieza en la esfera más privada. Si la cultura local no es potente, nunca podrá dar el salto hacia lo universal. Y lo universal nace de la potenciación de aquello que proviene del territorio propio. Cuando lo que se promueve es una colección de obviedades, los saltos son fuegos artificiales. La cultura es incomodidad. Solo así es posible la búsqueda de algo mejor.

Apago la grabadora. Ahora soy yo el que debe responder a Magda.

por Juan Marea

trio
Magda, Xavier y Lluís, cosmonautas