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Crítica literaria: Tierra de campos, de David Trueba

David Trueba (Madrid, 1969) lleva más de dos décadas demostrando que es un excelente narrador de historias. Esto es así sin importar el formato, ya sea tras una cámara, como guionista o escritor; y a pesar de que muchos lo reconocerán como director cinematográfico, lo cierto es que su debut como novelista (Abierto toda la noche, 1995) fue anterior a esa faceta más popular. Ahora, veintidós años después de esa primera novela, Trueba continúa dándole vueltas a aquellos temas que ya aparecían en ese debut y que han sido una constante en su trayectoria: amor, familia y amistad, tres elementos que constituyen el verdadero motor de la vida y que él utiliza con verdadero tino en cada una de sus obras. El último ejemplo es Tierra de campos (Anagrama), novela más en sintonía con Saber perder que con su anterior trabajo, Blitz, y que repasa, a partir de la voz del personaje principal, cuarenta años en la vida de una estrella del rock.

Sin ser una biografía novelada, Tierra de campos presenta a un protagonista (Dani Campos, o Dani Mosca cuando sube al escenario al frente de Las Moscas) que comparte ciertas características con el autor: los dos son de la misma generación (Campos nace en 1970), son hijos nacidos cuando el padre supera la cincuentena, ambos ejercen una profesión artística… En este sentido, Trueba utiliza sus propias experiencias para dar forma a su personaje principal (¿su alter ego?) y, así, aportar credibilidad a un relato que se inicia con la llegada de un coche fúnebre a las puertas de la casa del protagonista: un año después de la muerte de su padre, Dani considera que ha llegado el momento de darle sepultura en el pueblo que le vio nacer. Acompañado de Jairo, el parlanchín conductor del vehículo, Campos comienza un recorrido vital con el que recordará su paso de la niñez a la edad adulta, un repaso en el que mezcla la nostalgia del ayer con la incertidumbre de su futuro.

En ese recorrido por su pasado, Dani revisa cómo fueron sus relaciones con las personas que más le marcaron: por un lado, la que mantuvo con sus padres, que no volvió a ser igual desde que su madre empezó a sufrir los efectos devastadores del alzhéimer –“Siempre he estado convencido de que el primer mordisco de la enfermedad de mi madre se llevó lo que yo más quería: el beso de buenas noches”–; por otro, las mujeres que pasaron por su vida, como Oliva, su primer gran amor –dejando de lado sus primeros escarceos adolescentes, furtivos, febriles–, y Kei, la joven japonesa que le cautivó durante la gira en Japón y con quien tuvo dos hijos, Maya y Ryo; finalmente, no podían faltar sus amigos, aquella familia que él mismo creó junto a Animal, Martán, Fran y, por supuesto, Gus, auténtico roba-escenas que rivaliza con Dani en protagonismo, un muchacho brillante e ingenioso que le muestra la verdadera libertad al mismo tiempo que se deja seducir por el lado salvaje de la vida.

El escritor David Trueba, en una imagen promocional

Trueba firma esta historia generacional estructurada en dos grandes capítulos –Cara A y Cara B, en un claro guiño musical– y a modo de monólogo interior del protagonista, con los diálogos incorporados a la narración y constantes idas y venidas en el tiempo que no perjudican la fluidez del relato. La novela, a medio camino entre la comedia costumbrista y el drama, tan pronto consigue arrancar carcajadas –los funerales son las páginas más divertidas, dignas de una novela propia– como te sorprende una lágrima –la muerte de uno de los personajes muestra la dificultad que conlleva, para Dani, aprender a vivir con la pérdida–, y todo acompañado con una buena dosis de nostalgia con la que transmitir cierta melancolía por ese tiempo no necesariamente vivido.

Y así transcurren las más de cuatrocientas páginas de Tierra de campos, material que nos deja con ganas de más, de seguir acompañando a Dani Mosca en su nueva vida, la que uno imagina a partir de ese final teñido de esperanza que tan bien se ajusta a la historia. David Trueba consigue su novela más completa, su gran novela, con la que nuevamente demuestra su enorme talento para exprimir relatos protagonizados por perdedores, y confirma, por si había alguna duda, que ya es un clásico contemporáneo imprescindible.

 

Título: Tierra de campos
Autor: David Trueba
Editorial: Anagrama
Fecha de publicación: Abril de 2017
ISBN: 9788433998323
Páginas: 408 páginas
Precio: 20,90 €

 

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Escrito por: Robert Martínez

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Crítica cinematográfica: Vivir es fácil con los ojos cerrados, de David Trueba

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“Living is easy with eyes closed”, afirmaba John Lennon en la hermosa Strawberry Fields Forever, una canción que escribió para The Beatles durante los días que pasó en Almería rodando Cómo gané la guerra, el film antibelicista de Richard Lester. Ahora, más de cuarenta años después, David Trueba recupera ese verso para titular su nueva película, Vivir es fácil con los ojos cerrados, una road movie tragicómica en la que consigue recrear con acierto la España decadente de la década de los sesenta, el país en el que los grises repartían estopa a las puertas de la Monumental, Eleuterio Sánchez, El Lute, se convertía en mito y Manuel Fraga se bañaba en las playas de Palomares, una época extremadamente dura en la que una parte de la población pasaba hambre y malvivía bajo la amenaza constante de la represión.

El director madrileño ha tomado como punto de partida la historia verídica de Juan Carrión, un profesor de inglés que enseñaba el idioma de Shakespeare a sus alumnos a partir de los temas de The Beatles que escuchaba en la radio clandestina; pero transcribir la letra de las canciones de oído no era una tarea sencilla, así que, cuando supo de la presencia de Lennon en Almería, no dudó ni un instante en viajar desde Cartagena para entrevistarse con él y, de esta manera, conseguir que le aclarara los interrogantes que tenía acerca de sus composiciones. Trueba recupera esa aventura (tan solo cambia el nombre de Juan por el de Antonio) y le añade algo de ficción y algún que otro apunte autobiográfico (el disgusto de Juanjo cuando ve peligrar su melena lo vivió uno de sus hermanos) para confeccionar Vivir es fácil con los ojos cerrados, un relato que utiliza ese viaje y la figura de John Lennon como metáfora de una ilusión, la de dejar de vivir con miedo y empezar a emprender uno mismo su propio camino, una quimera necesaria para una sociedad sin ilusiones que ansiaba una bocanada de aire fresco en esa España de 1966.

El trío protagonista, en un fotograma de la película
El trío protagonista, en un fotograma de la película

David Trueba se ha rodeado, en esta ocasión, de sus actores más fieles para completar el reparto: Jorge Sanz y Ariadna Gil son los padres del rebelde Juanjo, y Ramón Fontserè ejerce de propietario del chiringuito El Catalán, además de mostrar su habilidad para tocar La presó del Rei de França a la trompeta; ah, y como curiosidad debemos señalar la presencia de Valentí Guardiola (sí, sí, el padre del celebérrimo entrenador del Bayern Münich) como eficiente peluquero. Sin embargo, Trueba ha confiado en dos jóvenes sin excesiva experiencia a sus espaldas para ejercer de protagonistas: Natalia de Molina y Francesc Colomer firman un excelente trabajo a sus órdenes, ellos son unos convincentes Belén y Juanjo, compañeros de fatigas del bondadoso y quijotesco maestro, un enorme Javier Cámara que, aquí, logra una de sus mejores interpretaciones, capaz de hacer sonreír al espectador con su ingenio para, acto seguido, emocionarle con su sabiduría y ternura.

En un momento de la película, Antonio comparte una teoría según la cual la música del cuarteto de Liverpool subsistirá al paso del tiempo: “Su música es alegre y melancólica, como lo es la vida, y por eso la gente hace suyas las canciones de The Beatles; los años han pasado, de los Fab Four solo Paul McCartney y Ringo Starr siguen vivos, pero Antonio estaba en lo cierto: las canciones que elaboraron en sus diez años de existencia conjunta siguen vigentes en el imaginario colectivo. De la misma manera, Vivir es fácil con los ojos cerrados merece tener una larga vida cinematográfica porque está confeccionada exactamente con esos ingredientes: alegría y melancolía, sonrisa y emotividad, además de ser una maravillosa lección vital y optimista para aquellos que tienen la sensación de que nuestros actuales gobernantes, como entonces, no tienen intención alguna de que veamos algo de luz en el futuro.

Título: Vivir es fácil con los ojos cerrados
Director: David Trueba
Intérpretes: Javier Cámara, Natalia de Molina, Francesc Colomer, Ramón Fontserè, Jorge Sanz, Ariadna Gil, Rogelio Fernández Espinosa, Valentí Guardiola
Guión: David Trueba
Año: 2013
Duración: 108 minutos

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Escrito por: Robert Martínez

Estreno cinematográfico: Madrid, 1987, de David Trueba

El próximo 13 de abril se estrena Madrid, 1987, la nueva película de David Trueba en la que dos personajes, vinculados al mundo del periodismo, protagonizarán un enfrentamiento generacional en el Madrid de finales de los ochenta, un film que cuenta con José Sacristán y María Valverde en los papeles principales.

Fotograma de la película

Miguel es un veterano articulista, tan temido como respetado entre la profesión, que un caluroso día de julio de 1987 se cita con Ángela, una joven estudiante de periodismo, en un café madrileño para charlar. Las distintas maneras de entender la profesión y la diferencia de edad entre ambos hacen que, desde el primer instante, su relación sea algo tensa; además, un accidente les obligará a convivir a lo largo de esta jornada, unas horas en las que los dos personajes deberán limar asperezas para hacer más llevadera la espera.

David Trueba (La silla de Fernando) dirige Madrid, 1987, una historia minimalista que reflexiona sobre la creación literaria y las difíciles relaciones humanas, una película protagonizada por José Sacristán (Cosas que hacen que la vida valga la pena) y María Valverde (3 metros sobre el cielo), y en la que también encontramos a Ramon Fontserè (Soldados de Salamina), Alberto Ferreiro (La mala educación), Eduardo Antuña (800 balas) y Bárbara Lemus (Obra maestra).

Madrid, 1987 se estrenará en nuestros cines el 13 de abril de 2012.

Título: Madrid, 1987
Género: Drama
País: España
Año: 2011
Duración: 104 minutos
Director: David Trueba
Guión: David Trueba
Intérpretes: José Sacristán, María Valverde, Ramon Fontserè, Alberto Ferreiro, Eduardo Antuña, Bárbara Lemus

Crítica literaria: Cuatro amigos, de David Trueba

El apellido Trueba está estrechamente vinculado al mundo cinematográfico: ganador de un Óscar por Belle Époque, Fernando es posiblemente el más conocido de la saga; su hermano David también ha saboreado el éxito con sus películas, entre las que cabe destacar la magnífica La buena vida; Jonás, hijo de Fernando, ha sido el último en debutar como director de largometraje con Todas las canciones hablan de mí, bien recibida por la crítica. Sin embargo, el cine no ha sido el único ámbito en el que podemos encontrar a un Trueba: David ha demostrado una especial habilidad para explicar historias, y por ello también se adentró en la narrativa de ficción con tres novelas de éxito (a las que hay que añadir sus innumerables artículos para prensa escrita): Abierto toda la noche, Cuatro amigos y, la más reciente, Saber perder. Las tres son espléndidas historias merecedoras de análisis, pero aquí nos centraremos en la segunda, Cuatro amigos, una historia de amistad incondicional en un sofocante agosto de finales de siglo XX.

Los cuatro amigos del título son: Claudio, Blas, Raúl y Solo, encargado éste último de narrar la historia. Los cuatro forman una curiosa pandilla que, cercanos a la treintena, y viendo cómo se acerca inexorable el final de la juventud y la llegada a la edad adulta, para la que aún no están preparados, deciden huir de sus problemas familiares, laborales y amorosos, y regalarse unas desmadradas vacaciones durante los quince últimos días del mes de agosto, unas vacaciones con las que despedirse a lo grande de los días de locura juvenil que no volverán.

Así, deciden poner rumbo a Valencia desde su Madrid natal al volante de una vieja furgoneta que apesta a queso, iniciando un viaje sin rumbo establecido que les servirá para poner tierra de por medio con sus problemas. Sin imaginarlo, esa “ruta cochina”, como ellos llaman a su viaje, pondrá a prueba su amistad, sus principios y su paciencia, además de servirles para conocer una serie de personajes que, con sus peculiaridades, marcarán el viaje de los muchachos.

David Trueba

Planteada a modo de road-movie gamberra, Cuatro amigos esconde en sus páginas una interesante reflexión sobre la amistad y cómo se ve afectada por el final de una etapa que a muchos se nos antojaba eterna: la juventud, un tiempo de libertad y sin responsabilidades que, tarde o temprano, termina por convertirnos en aquello que detestábamos. Para ello, Trueba se sirve de cuatro personajes, quizá algo tópicos, pero en los que podremos reconocer algunas características de antiguos amigos (y, por qué no, de nosotros mismos) que nos acompañaron en aquellos días donde tan sólo importaba el aquí y ahora. De esta manera, Claudio es el ligón del grupo, ninguna mujer puede resistirse al poder hipnótico de sus músculos, forjados en su trabajo como repartidor de bebidas, músculos que le aportan una seguridad infinita en sí mismo; Blas es el muchacho gordo, siempre positivo, a quien las mujeres cuentan todos sus secretos, un método que utiliza para llevárselas a la cama, intentos que fracasan uno tras otro; Raúl fue el primero en abandonar la juventud, ahora ya casado y con gemelos esperándolo en casa, y a quien sus frustraciones laborales y personales le llevan a emprender el viaje a pesar de los intentos de su mujer por retenerlo a su lado; finalmente, Solo es el intelectual del grupo, romántico a su manera, desencantado con la vida, permanentemente insatisfecho, que abandona su trabajo en un periódico para realizar el viaje con el que huir de la presión que sobre él ejercen sus padres, buscando algo que dé sentido a su existencia.

Cuatro amigos podría dividirse en dos partes: la primera se centra en el inicio del viaje, las primeras juergas, los primeros encontronazos con personajes tan singulares como Anabel, quien busca refugio en el grupo tras su ruptura con su novio yonqui, Sonja, una prostituta checa a la que Blas pretenderá salvar de su mala vida, o Estrella, una anciana que resulta la única habitante de un hotel perdido en medio de la nada, cerca de Logroño; en la segunda parte, la amistad pasa a un segundo plano, dejando que el amor (o mejor el desamor) protagonice la historia, justo cuando los cuatro muchachos emprenden rumbo a una aldea de Lugo en una lujosa limusina para acudir a la boda de Bárbara, la antigua novia de Solo, de la que descubrirá que aún sigue enamorado sin remedio. Estructurada en tres grandes capítulos, a su vez la novela está subdividida en pequeños capítulos, cada uno de ellos terminado en acertadas citas que, bajo el título de Escrito en servilletas, suponen el germen de la novela que Solo pretende escribir, y de las que se desprende una visión negativa y fatalista de la vida.

David Trueba utiliza su pericia con el lenguaje para escribir esta novela, una historia en la que cabe destacar los constantes diálogos (llenos de ingenio, como era de esperar en alguien que ha cultivado el guión cinematográfico en diversas ocasiones) y las descripciones de los diferentes ambientes que conocerán los muchachos, todo con un lenguaje coloquial y cercano en el que no faltan ni los tacos ni la presencia del sexo en sus páginas, lógico en una historia protagonizada por unos jóvenes tan apasionados como éstos.

Divertida, a ratos reflexiva, tragicómica en definitiva, Cuatro amigos es una excelente novela que sirve no sólo como magnífico entretenimiento, sino que también funciona como refugio para aquéllos que ya hayan entrado en la llamada “edad adulta” y quieran recordar con cierta nostalgia los tiempos en los que las responsabilidades eran una quimera para la que creían estar inmunizados y que nunca llegaría a afectarles.

Título: Cuatro amigos
Autor: David Trueba
Editorial: Anagrama
Fecha de publicación: 1999
Páginas: 259
ISBN: 8433910892

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Escrito por: Robert Martínez Colomé