Crítica cinematográfica: Transformers: El lado oscuro de la Luna, de Michael Bay


Con la llegada del verano se estrenan en nuestras pantallas las grandes superproducciones norteamericanas, aquéllas que invitan a refugiarse del sofocante calor en un cine armados de palomitas y refrescos. Una de las más esperadas este año es Transformers: El lado oscuro de la Luna, la tercera entrega de la conocida saga de robots que luchan por salvaguardar la paz en la Tierra, un producto que mantiene la firma del director Michael Bay y a Shia LaBeouf encabezando el reparto.

Tras lograr restablecer la paz en el mundo, nuestros protagonistas se enfrentan a otro tipo de tareas: los Autobots, al servicio del gobierno norteamericano, protagonizan pequeñas misiones en zonas de conflictos, mientras que Sam Witwicky centra todos sus esfuerzos en encontrar un trabajo a su medida, una tarea ardua e incomprensible para quien ha salvado el mundo en dos ocasiones. Pero pronto esa tranquilidad se verá interrumpida por un hecho que tiene su origen en la carrera espacial de los años 60 entre EE UU y la URSS, tiempos de guerra fría: una nave Autobot estrellada entonces en el lado oscuro de la Luna hará que la guerra entre Autobots y Decepticons se reabra en la actualidad.
Una vez más, se nos presenta aquí una conocida historia donde la lucha entre el bien y el mal es la protagonista absoluta, donde la acción, la ambición y la traición se erigen como los elementos fundamentales. En este sentido, Transformers: El lado oscuro de la Luna no sorprenderá, ya que sigue los patrones típicos de este tipo de films: el joven héroe ninguneado por las autoridades, la hermosa muchacha que sin quererlo termina metiéndose en la boca del lobo, la fidelidad entre viejos amigos, pequeños apuntes de humor, algún que otro momento emotivo, discursos grandilocuentes y, por supuesto, valerosos soldados norteamericanos dispuestos a morir si de esta manera consiguen salvaguardar las libertades de los humanos.

Como en otras películas de índole similar, el argumento suele estar al servicio de la espectacularidad de las escenas de acción, escenas en las que Michael Bay ya ha demostrado su talento con anterioridad, y de las que aquí van más que sobrados (en especial en la segunda parte del film): a lo largo de todo el metraje se suceden carreras en coches que al instante se transforman en guerreros, trepidantes escenas de acción (algunas tan rocambolescas e inverosímiles que, sin pretenderlo, arrancan la sonrisa del espectador), luchas entre gigantescos robots, etc., en un pantagruélico despliegue de efectos especiales que logran retos tan difíciles como el de presentar la ciudad de Chicago al borde del apocalipsis (impresionante las imágenes en que se desploma un acristalado rascacielos con los protagonistas en su interior), un despliegue de tal magnitud que consigue que, en los últimos 60 minutos, la batalla final no dé tregua al espectador. Además, para ofrecer una mayor espectacularidad, y con toda seguridad para sacar un mayor rendimiento a la inversión efectuada, la película se presenta en 3D, una opción que enaltece el trabajo de los efectos creados por ordenador. Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse si más de dos horas y media no es una duración un tanto exagerada para cualquier tipo de película, incluida ésta.
Shia LaBeouf y Rosie Huntington-Whiteley, en una imagen de la película

Shia LaBeouf vuelve a interpretar al joven Sam Witwicky, a quien, en esta ocasión, han cambiado de partenaire: los enfrentamientos de Megan Fox con el director provocaron su desaparición en esta producción, así que ha sido sustituida por Rosie Huntington-Whiteley, una modelo inglesa de labios sensuales y voluptuosas curvas que aquí hace su primera incursión en el cine y que promete hacer olvidar a la antigua compañera de clase de Witwicky. Por otro lado, Patrick Dempsey es el villano que se interpondrá en el camino de los héroes. Ellos, y por supuesto los robots, son los completos protagonistas del film; con todo, entre el amplio reparto cabe destacar el acierto de incluir reputados nombres del cine independiente: John Malkovich, Frances McDormand y John Turturro, como si de una película de los Cohen se tratara, aportan su reconocido talento a la película interpretando personajes cómicos, próximos al histrionismo.

Recomendar una película de las características de Transformers: El lado oscuro de la Luna, un producto pensado para arrasar en taquilla, es una tarea baladí, ya que en estos días de canícula estival no hay nada mejor que arrellanarse en la butaca de un cine a disfrutar de un film sin más pretensiones que la de entretener al personal, algo que sin duda consigue. Así, pues, aquellos espectadores adictos a la acción y a los efectos especiales no se la deberían perder. No saldrán defraudados.

Título: Transformers: el lado oscuro de la Luna / Transformers: Dark of the Moon
Director: Michael Bay
Intérpretes: Shia LaBeouf, Rosie Huntington-Whiteley, Josh Duhamel, Ken Jeong, Hugo Weaving, Tyrese Gibson, Patrick Dempsey, John Malkovich, Leonard Nimoy, Alan Tudyk, Frances McDormand, John Turturro, Peter Cullen, Frank Welker, Tom Kenny
País: EE UU
Duración: 155 minutos
Distribuidora: Paramount

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Escrito por: Robert Martínez Colomé

Apuntes apresurados sobre el 15 M.


La vida avanza tan deprisa que como subido en una noria nunca sé si lo que gira es la realidad o uno mismo. Perdónenme, por tanto, si en estos pueriles apuntes hay muchas más dudas que afirmaciones y mucha más ilusión que realidad. Permítanme que me muestre desconcertado, abrumado por la rapidez con la que fluye la información y emocionado por lo visto. Los tiempos no están cambiando: ya han cambiado y recién ahora me doy cuenta. Hace años los estibadores del puerto de Barcelona hacían huelgas infinitas para alimentar a sus familias, mientras que ahora, sus hijos universitarios reciben en sus móviles consignas políticas inmediatas: ¡Democracia real ya!, ¡Toma la plaza! Primera sorpresa para un incrédulo: la validez de las redes sociales y su posible función cohesionadora.

La gente toma la calle, ocupa las plazas, se vitorean eslóganes cargados de ilusión y uno se ve tomando la calle, ocupando una plaza y gritando como el que más. Son muchas las cosas positivas que han acontecido en estos días; In extremis, una generación al borde del estigma, con el récord intergeneracional en hedonismo, sale a la calle a cambiar todo aquello que no le gusta, incluida su propia pasividad.

Estos días de primavera, hemos vivido en la calle y hemos aprendido y conocido a nuestros vecinos.  Nos reconocemos, nos identificamos como miembros de un grupo, de algo nuevo. Qué ilusión nos hace, a esta generación sin hitos comunes, formar parte de un colectivo. Qué contentos estamos al ver que nuestras quejas de café no estaban solas, que había mucha gente como nosotros. No obstante, al calor de los cambios, no debemos caer en la actitud altiva de pensar que nuestra verdad es superior a la de nadie, que nuestras reivindicaciones son más válidas y trascendentales que las de los que no nos apoyan. Estamos indignados, pero que este hartazgo no nos nuble la vista y nos impida ver el resultado de las últimas elecciones. No podemos olvidar que podemos tener la sensación de que los políticos no nos representan, pero es solo una sensación o una expectativa, porque lo cierto es que sí nos representan.

Estos días, hemos visto de cerca las virtudes y defectos del sistema asambleario, al igual que hemos comprobado que la violencia empaña un día perfecto.

Los debates callejeros han servido para comprobar que es muy fácil despreciar las ideas ajenas y cuán difícil es construir una afirmación colectiva; ¡qué fácil es criticar y qué difícil es hacer una caseta para un perro!

Hemos visto de cerca que el consenso es algo a lo que se llega tras muchas horas de esfuerzo común y que, una vez que llega, es un fruto dulce para todos. Nos ha explotado en las manos el juego sucio de los grandes medios de comunicación, que por ignorancia o maldad han desdibujado las características del movimiento y han exigido a la masa propuestas claras y soluciones milagrosas a problemas estructurales que requieren de la templanza de la discusión serena.

El 15M ha resultado ser un espejo vallinclanesco en el que nos hemos reflejado todos. Algunos, al ver su imagen esperpéntica, han decido optar por apartar la mirada y, a modo de voyeur, mirar el reflejo de los otros y con cainita actitud buscar infinitos errores de los que construyen algo nuevo. Otros, hemos visto una sociedad que no nos gusta, en la que han salido a flote, como maderos tras un naufragio, todas las carencias de un sistema imperfecto y cruel que tenemos que cambiar. Esta metamorfosis podrá venir de la mano de una actitud ciudadana intachable y de nuestra incómoda y persistente reflexión democrática.
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Escrito por: Sebastián Bettosini Déniz