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Crítica televisiva: El Ministerio del Tiempo

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En esa espiral de autodestrucción en la que parece haber entrado TVE en los últimos años –¿a quién se le ocurrió que sería una buena idea apostar por Alfombra Roja, el retorno de Sáenz de Buruaga o escoger a Los Morancos para presentar un concurso vespertino?–, resulta una gratísima sorpresa encontrar, entre tanta antigualla, un producto imaginativo, arriesgado, moderno y de factura excelente como El Ministerio del Tiempo, una serie de ciencia ficción basada en los viajes en el tiempo que fue estrenada el 24 de febrero de 2015 bajo la anticipada sospecha de convertirse en un rotundo fracaso –sí, yo mismo debo confesarme entre los escépticos que, ahora, tienen la obligación de rectificar–; el tiempo dio la razón a los hermanos Pablo y Javier Olivares, quienes idearon esta serie de aventuras que aúna intriga, acción, humor y numerosas referencias a nuestra memoria televisiva –desmarcándose, así, de la ficción habitual de este país, centrada en crear comedias facilonas aptas para toda la familia–, y en el que el contexto histórico tan solo es una excusa para jugar con el imaginario del público gracias a unos guiones autoparódicos y repletos de homenajes que apelan constantemente a la complicidad con el espectador.

Sus creadores imaginaron un ministerio secreto que ejerce de protector de la historia: «La misión del ministerio es evitar que alguien reescriba nuestro pasado y preservar nuestra memoria histórica», afirma el subsecretario Salvador Martí (Jaime Blanch), al frente de la organización en la que se incorporan Julián Martínez (Rodolfo Sancho, enfermero del SAMUR convertido en un kamikaze peligroso para sus compañeros de trabajo desde que perdió a su pareja), Amelia Folch (Aura Garrido, una de las primeras universitarias del país a finales del siglo XIX) y Alonso de Entrerríos (Nacho Fresneda, soldado de los Tercios de Flandes con un gran sentido del deber y el honor). Este trío de elegidos, héroes a su manera, deberán vencer primero las reticencias a unir fuerzas, dejar a un lado el lógico choque cultural que supone pertenecer a distintas épocas y aceptar el rol asignado por Martí a cada uno de ellos. Una vez logrado ese primer entendimiento, el grupo emprenderá sus misiones trasladándose a cada época a través de un entramado de puertas que conectan con un momento de nuestra historia, misiones que a menudo serán torpedeadas por la villana de esta historia, Lola Mendieta (Natalia Millán, una ambiciosa femme fatale, ex agente del ministerio, que vende sus secretos al mejor postor).

Estas son las escaleras por las que se accede a las puertas del tiempo
Estas son las escaleras por las que se accede a las puertas del tiempo

Sin pretender ejercer un papel académico y de divulgación histórica propiamente, El Ministerio del Tiempo basa sus tramas en la mezcla de personajes ficticios con figuras relevantes de nuestro pasado, un contraste que consigue estimular la curiosidad del espectador por saber más acerca de ellos (algunos descubrirán ahora la figura de El Empecinado, por ejemplo, o que Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel iniciaron su amistad en la Residencia de Estudiantes de Madrid), un mérito que debemos reconocerle quienes consideramos que la historia no tiene la popularidad que merece. Asimismo, la evidente complicidad entre Sancho, Garrido y Fresneda juega a favor de la serie, tres excelentes actores que encabezan un reparto notable en el que también encontramos a Cayetana Guillén Cuervo (Irene Larra), Juan Gea (Ernesto Jiménez) y Francesca Piñón (Angustias). A ellos hay que añadir a Julián Villagrán en uno de los papeles más brillantes de esta temporada: el pintor Diego Velázquez, a sueldo del ministerio… ¡elaborando retratos robot de los sospechosos!

Así, la documentación histórica (aunque tan solo sea puntual), los actores, el buen uso de los efectos digitales y las recreaciones de cada época visitada son algunos de los elementos a destacar de esta serie; sin embargo, lo mejor de esta producción, lo que creo que ha hecho que conectara con un tipo de público concreto es que no se toma demasiado en serio a sí misma, tal y como demuestran determinadas escenas: el apodo elegido por Julián en una de las tramas (Curro Jiménez, el célebre personaje que interpretó Sancho Gracia, a su vez padre del actor); la cara de asombro de Alonso al descubrir la televisión y a Tino Casal cantando Champú de huevo; el extraño déjà vu de Julián al conocer a la reina Isabel la Católica (lógico si quien interpreta a la reina es Michelle Jenner, su pareja en la ficción Isabel). Además, gracias a la serie descubriremos el secreto de la eterna juventud de Jordi Hurtado, podremos imaginar cómo fue el viaje de Himmler al monasterio de Montserrat e incluso fabularemos con la posibilidad de que el Lazarillo de Tormes existiera de veras.

Diego Velázquez (Julián Villagrán) pone su talento al servicio del ministerio
Diego Velázquez (Julián Villagrán) pone su talento al servicio del ministerio

Por todo ello es una excelente noticia que El Ministerio del Tiempo haya firmado su renovación por una nueva temporada. Ahora, a los ministéricos nos toca esperar a ver qué nos depararán sus creadores, sin duda encontrarán material más que suficiente si escarban un poco en nuestra historia, aunque personalmente debo admitir cierta sonrisa maliciosa imaginando a los tres protagonistas viajando al golpe de estado de 1981, inspirando a Miguel de Cervantes o enfrentándose al Conde-Duque de Olivares. Sea como sea, seguro que la segunda temporada no defraudará.

Título: El Ministerio del Tiempo
Dirección: Marc Vigil, Jorge Dorado, Abigail Schaaff
Intérpretes: Rodolfo Sancho, Nacho Fresneda, Aura Garrido, Jaime Blanch, Juan Gea, Cayetana Guillén Cuervo, Francesca Piñón, Mar Ulldemolins, Natalia Millán, Julián Villagrán
Guión: José Ramón Fernández, Paco López Barrio, Javier Olivares, Pablo Olivares, Anaïs Schaaff
Año: 2015
Duración: 70 minutos (aproximadamente)
Precio: 32,99 €

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Escrito por: Robert Martínez

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Crítica cinematográfica: Una pistola en cada mano, de Cesc Gay

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Para hacer una buena película tan solo son necesarios tres requisitos: una historia que aborde asuntos que interesen a su futuro público potencial, un elenco de actores capaces de dar verosimilitud a sus personajes y un director que tenga la habilidad suficiente para llevar a buen puerto el proyecto que tiene entre manos. Sin embargo, combinar con acierto esas premisas no siempre es fácil; de esta manera, cuando esos tres elementos coinciden en un mismo film el espectador no puede hacer otra cosa que no sea felicitarse por ello, sentarse en la butaca de su cine favorito y disfrutar de la experiencia. Y eso es exactamente lo que ocurre con Una pistola en cada mano, la nueva película del barcelonés Cesc Gay, quien regresa con una comedia coral –aunque a ratos melodramática– rodada en su ciudad y protagonizada por ocho hombres a la deriva, náufragos urbanos sin rumbo en la difícil tarea que es la vida.

A pesar de que el protagonismo recae en personajes masculinos, esta no es una película que predique las virtudes de los hombres ni pretenda exaltar su forma de ser, más bien sucede todo lo contrario: aquel estereotipo de “macho ibérico” de antaño queda en entredicho por unos personajes frágiles, desorientados, inseguros, perdedores e incapaces de reaccionar a la nueva posición a la que han sido relegados por las mujeres (“Nadie nos ofreció un manual de instrucciones para la vida” es el lacónico mensaje de Eduard Fernández), auténticas triunfadoras del film por su carácter decidido, desafiante y sin temor a afrontar los problemas, empeñadas en cuestionar eso de que el “sexo débil” –si es que lo hay– sea el femenino.

Luis Tosar y Ricardo Darín en un fotograma de la película
Luis Tosar y Ricardo Darín en un fotograma de la película

El planteamiento de la película es muy sencillo: seis encuentros casuales (o no) a lo largo de un día cualquiera en la ciudad, situaciones en las que dos personajes dialogan sobre sus relaciones, sus miedos, sus emociones, preocupaciones, en definitiva, que son incapaces de resolver por sí mismos. En esos diálogos –elaborados con la destreza a la que nos tiene acostumbrados el director catalán– se evidencia la necesidad que tienen los protagonistas de replantearse su propio concepto de masculinidad una vez superada la barrera de los cuarenta años. Por otro lado, cada personaje, en su desconcierto, busca cualquier excusa para explicar sus fracasos, incluso llegan a culpar al destino de sus errores sin asumir sus responsabilidades, y esos pretextos infantiles y a veces ridículos serán el contrapunto humorístico de esta historia.

Cesc Gay define Una pistola en cada mano como una “película de momentos”, y así es, instantes que invitan al espectador a reflexionar sobre la crisis de identidad de esos personajes, y de entre los que debemos destacar concretamente tres: el emotivo abrazo entre Ricardo Darín y Luis Tosar; el cómico desenlace del flirteo entre Eduardo Noriega y Candela Peña; y la declaración de un atribulado Javier Cámara a Clara Segura. Tan solo por estos momentos ya merece la pena ver Una pistola en cada mano, una ocasión perfecta para comprobar que el hombre del siglo XXI debe ponerse las pilas para adaptarse a su nuevo rol en la sociedad, una excelente película que, de forma incomprensible, ha recibido una única nominación (a Candela Peña como mejor actriz de reparto) para la próxima gala de los premios Goya –resulta extraño que una película cuyo protagonismo recae en ocho hombres no reciba ninguna nominación a interpretación masculina–, escaso reconocimiento a un ejemplo magnífico de buen cine que, sin duda, merecía mucho más.

Título: Una pistola en cada mano
Director: Cesc Gay
Intérpretes: Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Eduardo Noriega, Leonor Watling, Candela Peña, Cayetana Guillén Cuervo, Eduard Fernández, Leonardo Sbaraglia, Jordi Mollà, Alberto San Juan, Clara Segura
Guión: Cesc Gay, Tomàs Aragay
Música: Jordi Prats
Año: 2012
Duración: 95 minutos

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Escrito por: Robert Martínez Colomé