Un cazador maldito

Un cazador maldito

Era un día normal. El cazador se preparaba, como cada domingo, para acudir a la iglesia de la aldea. Había escogido, como siempre, sus mejores ropas y después de vestirse había salido al patio de su vivienda para entrar, como cada día, en el cobertizo donde descansaban sus perros de caza, a los cuales había acicalado el día anterior. El cazador quería a sus perros como si fueran su propia familia, pues su única familia eran, ya que sus negocios, sus ocupaciones y la pasión por la caza le habían apartado, desde chico, del contacto con las mujeres, una actividad que nunca le había interesado en absoluto.

Así, sus acompañantes el domingo, cuando se dirigía a la iglesia, eran sus amados canes, a los que dejaba atados en el árbol más cercano al templo, junto con su fusil, mientras él entraba en el santuario para asistir al oficio dominical. No había momento más penoso para el cazador que aquel en el que tenía que abandonar a sus perros y apartarlos de él. Dejaba allí indefensos a sus mejores amigos y a los únicos que entendían y apoyaban su ardor por la montería. Muchos días de caza habían pasado juntos persiguiendo de forma sangrienta y brutal a sus presas que, atemorizadas, intentaban huir de sus inhumanos verdugos. En más de una ocasión había salvado su vida gracias al amor y al auxilio que sus fieles perros le habían prestado ante situaciones de lo más peligrosas.

Con el corazón vencido el cazador dejó, pues, a sus más fieles amigos y entró en el recinto sagrado. Como cada domingo escogía un asiento que no estuviera ni muy lejos del portón de acceso ni muy cerca del sacerdote, equilibrando de esta forma, sus obligaciones y sus deseos.

Aquel domingo algo diferente ocurrió. Como de costumbre el sermón y las continuas amonestaciones del sacerdote se habían alargado y le habían aburrido, pero un ruido que provenía del exterior vino a sacarlo de su letargo. El ladrido de uno de sus perros había provocado un gran alboroto afuera, de tal forma que el estruendo impedía seguir con claridad el discurso del sacerdote.

Esto solo podía querer decir una cosa: sus perros, bien entrenados, habían detectado una nueva pieza en las cercanías de la iglesia. El cazador comenzó a sudar, convirtiéndose su somnolienta tranquilidad durante la misa en un estado de nerviosismo y palpitaciones, al saber que su inactividad le estaba haciendo perder, seguro, una excelente pieza de la que le estaban avisando sus adiestrados perros.

Si en un principio la vergüenza y el miedo a ser mal considerado por sus vecinos y sobre todo por el cura le forzaron a mantenerse en su asiento, la duda y un creciente frenesí visceral minaron poco a poco su ánimo, obligándole a rehacer poco a poco el camino hacia el portón cerrado del edificio sagrado bajo la mirada culpabilizadora del sacerdote. Al abrirlo se hicieron más evidentes los ladridos de sus chacales que, debido a su alteración, se revolvían entre ellos e intentaban zafarse de las correas que los asían al árbol, para poder iniciar la caza de tan preciosa presa. El cazador se apoderó rápidamente de los correajes y de su fusil, que había dejado bien seguro cerca de sus animales e inició la caza de su nuevo trofeo. No le costó demasiado vislumbrar al pobre animal que, distraídamente, se había acercado al poblado y que con su fatal error estaba arriesgando su vida.

El manso cordero sentado en la iglesia se había transformado en un lobo en el momento en el que lideró el avance de sus perros. Las bellas horas de la mañana se convertían en tenebrosas y malignas a medida que el macabro grupo avanzaba a través del bosque y gozaba, cada vez más, del cercano momento en que se harían finalmente con su presa.

Pero algo sobrenatural pasó. Aunque ningún observador externo podría haber detectado nada fuera de lo normal, una sensación, una certeza, fue patente para el cazador de una forma íntima y trascendental. Algo nuevo, una voluntad, le obligaba a seguir irrevocablemente a su presa, pero no de una forma humana y racional, sino a través de una profunda angustia que le forzaba al avance. Sus perros y él no lo sabían, y puede que nunca lo llegaran a entender, pero su incapacidad de resistir la llamada sangrienta de la muerte, su irreverente deseo de cazar una nueva presa y su falta de respeto al culto, los había convertido en seres malditos, en criaturas endemoniadas y les había condenado a cazar una pieza fantasmal para siempre, hasta el fin de la eternidad.
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Jorge Pisa Sánchez

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