Relato: La leyenda del último rey godo.

La leyenda de Rodrigo, el último rey godo se sitúa en una época muy remota, mucho, incluso demasiado, cuando el mundo no se regía por las normas del conocimiento y de las ciencias, sino por las de las creencias, la fe y por la admiración hacia todo aquello que era fantástico y mágico al mismo tiempo.

Dicen que cuando este rey visigodo ascendió al trono de España, según la opinión de algunos de una forma no muy legítima, muchos prodigios y señales anunciaron grandes desgracias para el futuro del reino.

Las gentes del país habían tenido que sobrevivir a gran número de enfrentamientos y rivalidades entre las diversas facciones de los nobles de sangre goda, que no solo se disputaban el poder en la capital, Toledo, sino que sumían a las provincias en graves conflictos y desdichas.

Un día llegó a los oídos del nuevo rey la noticia de un gran prodigio que se ocultaba, desde hacia siglos, en la misma capital de su reino. Algunos de los cortesanos más viejos le habían hablado de una de las tradiciones que todo nuevo monarca debía de cumplir. Cerca de una de las iglesias más antiguas de la ciudad existía un edificio singular, no tan solo por sus extrañas formas, sino por el gran secreto que ocultaba. El recinto, al que se conocía comúnmente como La casa del Reino, tenía una planta circular y estaba rodeado por cuatro leones de bronce, situados sobre sendos pedestales. La altura del tejado era tal que se decía que no había nacido hombre aún con la fuerza necesaria para poder lanzar una piedra sobre él. La fachada de tan singular edificio reproducía toda una serie de escenas pintadas, que mostraban los hechos y gestas más importantes, no tan solo del reino de los godos, sino incluso, de los tiempos en los que los antiguos emperadores de Roma habían dominado todas las tierras que rodeaban el Mar Mediterráneo.

Pero el hecho, aquello que daba más singularidad al edificio, eran sus puertas, y la leyenda que durante tantos años las había mantenido cerradas. Desde antiguo se decía que aquel gran edificio lo había construido el propio Hércules, cuando, hacía mucho tiempo, había enseñoreado toda Hispania. El gran héroe había emprendido su construcción cierto día que, gracias a la ayuda de los dioses, había sido poseído por el poder de una revelación, que le había mostrado el futuro de su reino. Hércules, sorprendido y aterrorizado, decidiose a edificar un recinto donde poder ocultar tal presagio. Una vez construida la prisión y cerradas sus grandes puertas, forjadas con el material más duro y resistente que pudo localizar, protegió su entrada con un gran candado y ordenó que todos y cada uno de los futuros reyes de sus tierras dispusiera lo mismo que él, sumando al suyo, un nuevo candado. Desde entonces, y con el paso de los años, la población de Toledo no había hecho otra cosa que narrar y acrecentar la leyenda, imaginando los grandes tesoros que el mayor de los héroes griegos habría podido encerrar en tal recinto fortificado.

El rey Rodrigo.

Al conocer Rodrigo la leyenda de “La casa del Reino” su avidez y sus ansias por descubrir y apoderarse de lo que desde hacía tanto tiempo estaba oculto no hicieron más que aumentar día a día. Los reparos y la oposición de todos los dignatarios, consejeros e incluso amigos, no hicieron efecto en la voluntad del rey, y el día llegó en que este se dirigió al recinto para satisfacer su gran curiosidad y avaricia, sin tener en cuenta ni respetar las prescripciones que desde antiguo vetaban su entrada.

Cuando el rey llegó a las puertas del edificio encontró que estas estaban selladas por veintiséis candados, uno mayor, que se decía que era el que cerró el propio Hércules, y otros veinticinco más pequeños, uno por cada rey que había reinado en España. Rodrigo ordenó a sus hombres que abrieran con tenazas, si hacía falta, cada uno de los candados, obligándolos a hacerlo a pesar de las lágrimas que el temor les hacía brotar de sus angustiados ojos.

Una vez destruidos uno a uno todos los candados, se necesitó la fuerza de muchos animales para poder abrir las puertas, que habían estado cerradas durante épocas enteras. La oscuridad más cerrada emanó entonces del interior del edificio, envolviendo con sus frías y tenebrosas manos a todos los congregados ante ellas. Incluso el chirrido de la puerta pareciose a un grito de angustia, que el tiempo y las edades vociferaban a modo de advertencia. Aún así, el rey Rodrigo no se acobardó y acompañado de los nobles más valientes y de algunos portadores de antorchas, se introdujo en las entrañas del edificio.

La poca luz que acompañaba a los intrusos también parecía acobardada, pues parecía que no se atreviera a adentrarse demasiado en un espacio tan sagrado y prohibido. Pronto el rey pudo vislumbrar el contorno de una pequeña estancia alargada, con una inscripción escrita en griego que señoreaba en el dintel de su puerta. Tras observarla detenidamente leyeron su mensaje: “El que sea tan osado como para leer este escrito traerá desgracias sin número a los pueblos de España”. Aquella inscripción atemorizó al resto del grupo que había entrado junto al rey, e intentaron hacerle cambiar de opinión, pues que más pruebas necesitaba para reconocer la gran falta que estaba cometiendo. Sin embargo el rey no se amedrentó y obligó a los portadores a entrar en la estancia para iluminar su interior. Cuando todos estuvieron dentro se oyeron nuevos gemidos y lamentaciones y parecioles a todos que sombras de figuras humanas se revolvían alrededor de ellos e incluso intentaban asirlos por sus ropajes, a la vez que la visión se hacía cada vez más dificultosa y menos precisa.

El reino visigodo de Toledo.

La estancia estaba dominada en su centro por una arca hecha en oro decorada con las piedras más preciosas que uno pudiera haber visto antes. Los ojos del rey Rodrigo, y su vista detrás de ellos, se apoderaron rápidamente de ella y, vencido ya todo él por la codicia, ordenó al más distinguido noble que le acompañaba que abriera tan magnífica arca. Este negose a hacerlo intentando de nuevo hacer renunciar al rey de tan obstinada idea. El monarca, siendo consciente del temor de los demás, se dirigió hacia la arca, se arrodilló ante ella y la abrió. En su interior encontró varias figuras que representaban a guerreros con pendones, espadas y ballestas. Justo debajo de las figuras se encontraba un pergamino que decía de esta manera: “Cuando este paño fuere extendido y aparezcan estas figuras, hombres así armados conquistaran España y de ella serán señores”.

Una vez leído esto todos los que estaban alrededor del rey se alarmaron y atemorizaron grandemente, más aún cuando notaron que el suelo y las paredes de la estancia comenzaban a temblar. Al salir corriendo hacia el exterior la gente que se agolpaba entorno al edificio pudo observar, atemorizada, como una águila que se acercaba en vuelo desde la lejanía, lanzaba un gran tizón sobre el edificio, que pronto comenzó a arder, consumiéndose todo él en el fuego atizado por el mover de sus grandes alas.

Al momento llegó un número casi infinito de aves de todo tipo que nublaron el cielo y comenzaron a volar sobre las cenizas del gran edificio, haciéndolas desaparecer todas, con el aleteo de sus alas y haciéndolas subir hacia las nubes.

Se dice que el rey Rodrigo se arrepintió mucho de lo que su avaricia irrefrenable le había obligado a hacer. También se dice que, poco después, de que “La Casa del Reino” fuera violada, Tariq, con un pequeño ejército, desembarcaba en Gibraltar, gracias a la ayuda del conde Julián que, partidario del noble visigodo Agila, se había rebelado contra el poder del rey Rodrigo, dando comienzo así la conquista musulmana del Reino Visigodo de Toledo.
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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

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