El que tiene un trabajo tiene un tesoro, o eso parece…

A veces Sonia pensaba en su trabajo y reflexionaba sobre su situación laboral y de cómo esta afectaba a su vida personal. Hacía más o menos un año que trabajaba en su destinación actual, la sección administrativa de una empresa de producción industrial. Su trabajo la obligaba a abandonar la cama cada mañana con un nudo en el estómago. Tenía que lidiar cada día con una superior de la que a veces pensaba o bien que estaba loca, o que por el contrario era una persona desalmada y sin corazón, al menos uno hecho de músculo y carne. María, que era el nombre de su jefa, era una persona desagradecida y muy poco educada, a la que parecía que solo le importaba la imagen corporativa de la empresa; el trabajo bien hecho, o lo que esto significaba para ella, la realización de las diversas tareas tal y como ella quería que se hicieran, pues no le pasaba por su ilustrada cabeza que algo que ella pensara no fuera correcto; y que se obedecieran sus órdenes, por más absurdas que estas pudieran ser. Las más de las veces tratar con ella era lo más parecido a enfrentarse a una pared de frontón, que devolvía cada una de las objeciones, ruegos y consideraciones que se separaban un milímetro de lo que su iluminado entendimiento establecía, sin haber sido apenas consideradas.

badboss2Comunicarse con ella era a veces un puro galimatías (la mayoría de sus subordinados había abandonado desde hacía tiempo las ganas de hablar con ella), ya que toda su potencia mental la destinaba a pensar, imaginar y discurrir mejoras e implementaciones en el trabajo de todos, pero no en comunicarles educadamente a sus embobados trabajadores las decisiones a las que ella misma había llegado.

En más de una ocasión la toma de decisiones “sin ton ni son” habían generado más de un desatino, provocado sin ningún tipo de duda, o al menos eso era lo que pensaba María, por la tramitación incorrecta de sus órdenes. Estos errores más tarde se tenían que rectificar, deshaciendo todo lo hecho o haciendo algo totalmente diferente a lo que María había ordenado.

Aún así, a María le movía un deseo obsesivo de supervisar todo el trabajo de sus sumisos trabajadores. Con el desagradecido esfuerzo de sus informáticos, a los que detestaba y de los que no desaprovechaba ninguna oportunidad para humillar, había desarrollado toda una serie de herramientas informáticas que le permitían controlar y desbaratar al mismo tiempo el trabajo de los demás. Era, además, una de esas personas obsesionadas con los informes: obligaba a realizarlos de todo aquello imaginable y estúpido que le pudiera pasar por la cabeza: de las copias hechas en la fotocopiadora; listados de los buzones y de la evolución de sus propietarios; del gasto de la empresa detallado al céntimo; las inspiraciones de aire por minuto de sus empleados; la utilización de los servicios por parte del personal… Incluso se comentaba que en el futuro la puerta de los servicios solo permitiría el acceso a través de un sistema de lectores de tarjetas autentificadas y de un código que establecería qué tipo de actividad se iba a realizar en ellos.

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Otra de sus pasiones más sufridas era la de configurar esquemas y cuadros organizativos. Sus trabajadores no sabían bien bien de donde obtenía los datos necesarios para confeccionarlos. Algunos creían que la iluminaba la divina providencia, que le proporcionaba toda la información necesaria para, como un demiurgo, hacer y deshacer, aunque solo fuera sobre el papel, el trabajo de los demás.

Su bienestar físico y mental dependía, muchas veces, del reordenamiento compulsivo del mobiliario del despacho. Su espíritu prístino se alimentaba del cambio continuo de todo aquello que la rodeaba, incluyendo, muchas veces, a los propios empleados. Podríamos decir que uno no entraba dos veces en el mismo despacho, puesto que seguramente algo había variado en él, aunque fuera aquello más ridículo, ya fueran las mesas que ocupaban sus empleados, las fotocopiadoras que ocupaban las esquinas, o el color del marco de los cuadros que se ocultaban detrás de la puerta. Se decía incluso que María había intentado cambiar de posición las baldosas del suelo, unas por otras, pero que el obstinado cemento que las sujetaba se lo había impedido.

badboss4Aún así, María se tomaba muy en serio su trabajo. Para ella su departamento era la clave en el funcionamiento de toda la compañía. Se podría decir, o al menos ella lo pensaba, que a lo que se dedicaba la empresa era exclusivamente al trabajo administrativo, en vez de la producción industrial de la cual aquel no era más que su expresión de trámite.

Los días en que María organizaba reuniones de trabajo se convertían en jornadas bulliciosas en el despacho. Uno nunca sabía que es lo que podía pasar: presentaciones hollywoodienses; temas importantísimos a tratar sin ningún sentido, excepto para el propio entender de María; discusiones apasionadas y, de vez en cuando, alguna interpretación aclamada por todos, en las que María, o al menos a ella así se lo parecía, solucionaba los problemas más candentes de la sección.

Pero estas gestas no evitaban que, en la sección dirigida por María, todos considerasen el ejemplo dado por su superiora básico y necesario, aunque solo fuera para mostrarles aquello que nadie en su sano juicio debía hacer, si quería mantener el respeto y la consideración de las personas que se hallaban a su alrededor.

Aunque todo esto pronto acabaría para Sonia, pues alguna alma caritativa del departamento de personal había decidido, prudentemente, prescindir de su trabajo en el departamento dirigido por María, y todo un mundo de posibilidades se agolpaban ante sus ojos.
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Jorge Pisa

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