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Entrevista a Iván Romero. Autor y director de teatro. Cía. Les Maniquís.

Hace poco se estrenaba en el Teatre Riereta ¡Oh, Itimad, Itimad!, el nuevo espectáculo teatral de la Cia. Les Maniquís, escrito y dirigido por Iván Romero, una nueva apuesta por un teatro de “género distópico” (o anti-utópico) que reflexiona sobre la sociedad actual situando la trama argumental es un futuro oscuro y autoritario.

Culturalia inicia una nueva sección de entrevistas con una conversación “telemática” mantenida con Iván Romero, parte del alma de Cia. Les Maniquís, en la que nos habla de su carrera, de sus proyectos, del teatro, y de paso, y como buen autor distópico, reflexionamos sobre el presente y el futuro.

¿Cuál es el origen de ¡Oh, Itimad, Itimad!? ¿Por qué ¡Oh, Itimad, Itimad!?

La chispa me la dio un programa de televisión: Generación Ni-Ni. Lo emitían en La Sexta, en Prime Time. Me enganchó. Era telebasura. Generación Ni-Ni se basaba en seguir a una serie de adolescentes problemáticos que ni estudiaban, ni trabajaban. Sus actitudes, sus reacciones ante las dificultades, sus conversaciones… me parecieron material sensible de primera calidad. Se percibía en ellos el fracaso de nuestra sociedad y la crisis de valores por la que atraviesa Occidente. En “Normas para el parque humano” el filósofo Peter Sloterdijk hace un repaso de la decadencia del humanismo desde el siglo XIX hasta la actualidad y sugiere que éste ha muerto, que ha perdido la batalla contra la tecnología y el progreso. Lo importante es no cuestionarse absolutamente nada, ser una pieza más en el engranaje tecnócrata, un ladrillo más en el muro (Another Brick in the Wall, Roger Waters).

El porqué de ¡Oh, Itimad, Itimad! es porque, si no la montaba este año, sería incapaz de montarla más tarde. Tengo una hija de seis meses y cuando le veo esos ojitos tan vivos me niego a sentir que no hay futuro. Así que era ahora o nunca. Con sus errores y con sus aciertos.

¿Cuál ha sido la respuesta del público y de la crítica?

¡Uf! Hemos tenido cinco pases y las sensaciones han sido muy diferentes. Por lo general el público se mantiene en tensión. La ciencia-ficción distópica implica cierto distanciamiento con el personaje. Esa disociación está buscada. ¡Oh, Itimad, Itimad! no pretende que empatices con los personajes de buenas a primeras, ni que sientas lo mismo que ellos. Simplemente se trata de entrar o no entrar en el juego. En Urna 321 el discurso era más suave porque los personajes no estaban tan locos, y porque el tema, el mundo de la estética, la obligación de mantenerse siempre joven y la democracia autoritaria de las multinacionales (partidos-empresas), le daba cierto colorido a la historia. ¡Oh, Itimad, Itimad! es una historia de desterrados, no hay salida y la tensión dramática es mayor. Todo ocurre en el mismo lugar. Aún así, me he llevado una gran sorpresa. Pensé que el espectáculo funcionaría mejor en espacios grandes pero no es así. Cuando noté más conexión con el público fue en los pases del Teatre Riereta. La proximidad del espectador ayuda mucho. Críticas ha habido de todos los colores, buenas y malas. De todas se ha de sacar algo, digo yo. Benditas sean. Que se hable de ¡Oh, Itimad, Itimad! me gusta. Sea para bien o para mal, pero que se hable. Cía. Les Maniquís monta obras para que la gente piense, se entretenga y critique, por supuesto. Tengo cinco guiones de largometraje en mi cajón de los cuales no se ha dicho nunca nada porque son inertes, no existen (el guión no tiene valor como obra literaria si no se rueda la película). Ojalá que de alguno se llegue a hablar algún día. Hay uno que va por buen camino. Crucemos los dedos.

Como buena obra distópica ¡Oh, Itimad, Itimad! nos presenta un esbozo de un futuro amenazador, restrictivo y autoritario para la humanidad. ¿Crees que nos dirigimos hacia algo parecido?

Los actores de ¡Oh, Itimad, Itimad!

El 1% de la población mundial controla los medios de producción y sus beneficios son desorbitados. El resto sobrevive. Si ese 1% quiere seguir manteniendo su posición algo debe hacer, digo yo. Es de cajón. Por eso mismo se endurecen las leyes, se controla el espacio público hasta límites insospechados –todavía no lo han conseguido porque sencillamente es imposible-, los mossos d’esquadra parten piernas como los Dialogadores en ¡Oh, Itimad, Itimad!, los despidos se abaratan a una velocidad vertiginosa, la conciencia de clase ha desaparecido casi por completo, los medios de comunicación obedecen a la voz de su amo, los servicios públicos se privatizan y se produce cultura como mero entretenimiento. Pensar por ti mismo no es bueno. Si a lo largo del siglo XX se han criticado desde el mundo capitalista los regímenes comunistas por ser uniformes, de pensamiento único y por restringir la individualidad, se da la paradoja de que el sistema neoliberal pretende exactamente lo mismo, obtener una masa “bienpensante”, controlada y subyugada a una élite. Si bien en los países comunistas –los pocos que quedan- esa élite es el partido único, aquí la conforman una serie de tecnócratas, banqueros y demás rémoras. La democracia liberal ha fracasado. Los gobiernos no gobiernan, gobiernan las multinacionales y su cuadrilla de estadistas. El bipartidismo es una muestra clara de dictadura de mayorías. Cada uno de los dos partidos que se alternan en el poder en España lleva consigo a sus empresarios afines. Pero confío en que esto cambie. Soy optimista. Ha nacido una nueva forma de movilización, incontrolable de momento, la red y la telefonía móvil. El movimiento 15M acaba de surgir. Algo tarde, sí. Pero la semilla ya está sembrada.

¿Son nuestros sueños la última propiedad privada de la que podremos disponer en el futuro?

No lo creo. Hay un lavado de cerebro tremendo. Los sueños se asocian directamente a lo material. El otro día leí en no se que diario que un tipo había vendido su riñón para obtener un I-Phone. La publicidad se mete en el subconsciente colectivo de la gente. Se hacen estudios de mercado muy concienzudos. Mac Donald’s, por ejemplo, basa su campaña en atraer el consumo infantil. Es muy fuerte. He trabajado en publicidad de forma casual y de hecho introduzco spots en todas mis obras. Me gusta mezclar lenguajes. En Urna 321 aparece un anuncio de antidepresivos llamados NES (No estés solo). En ¡Oh, Itimad, Itimad! destaca el anuncio de un resort-asteroidal llamado Itimad. Todos se han creído la mentira de Itimad. Excepto Chandra que, cuando cae en la cuenta de la manipulación, es demasiado tarde y ya nadie la cree. La crisis en la que estamos metidos viene provocada en cierta medida por el materialismo. Gente sin formación, del extrarradio, vestidos de pingüinos, cambiando de móvil cada quince días, cobrando comisiones millonarias por pisos vendidos, con tres coches, piso, segunda y hasta tercera residencia… Muchos de ellos ahora van a comedores sociales.

Urna 321 nos mostró una sociedad que seguía las normas estipuladas en el futuro y a varios personajes que se negaban a seguirlas (querían tener hijos, gozar del amor…). ¡Oh, Itimad, Itimad! nos muestra cuál es el resultado de oponerse a las directrices impuestas desde arriba. ¿Habrá un tercer capítulo de la saga? ¿Cómo será?  

De momento estoy escribiendo un monólogo en la misma línea que Urna 321. Lo presentaremos en septiembre, si todo va bien, en Madrid, en el Microteatro Por Dinero. Se trata de un monólogo de 15’ aprox. interpretado por Núria Granell. Una microbra. Con esto seguramente cerraremos el tríptico de ciencia-ficción. Tengo un proyecto esbozado, también de ciencia ficción. Me gustaría jugar con estructuras narrativas diferentes. Siempre me he sentido atraído por la estructura de cajas chinas, historias cortas superpuestas pero, en vista de las dificultades que hemos tenido con Urna 321 y ¡Oh, Itimad, Itimad! creo que lo mejor sería aparcar el proyecto. La estructura de cajas chinas implica en el espectador un juego peligroso porque muchas de las historias no cierran nunca y eso es perturbador. Si encima construyes mundos a priori completamente alejados de la realidad, el público se despista más. Así que, casi con toda seguridad, dejaré el material (dibujos, esbozos, notas y fichas de personajes) en el cajón. Otro motivo es el dinero. No puedo financiar más locuras distópicas. ¡Sólo tengo pérdidas! Sin dinero para levantar un proyecto como el que tengo en la cabeza es un suicidio seguir.

Uno de los personajes principales de ¡Oh, Itimad, Itimad! Jan, es un joven caprichoso al que sus padres han educado permitiéndole y concediéndole todo aquello que ha querido. ¿Una crítica a la sociedad y a la educación actual en el mundo Occidental?

Jan es un hijo despótico y mutilador.

El sistema educativo de éste país es un fracaso. Ver a dos chavales, un martes a las 10 de la noche, borrachos perdidos, tirados en un vagón de metro, es una imagen desoladora. La verdad es que no hay opciones. Si te instruyen en un programa informático que dentro de un año o quizás diez en el mejor de los casos, acaba siendo obsoleto, ¿para qué te formas? La evolución del ser humano, como especie, va a un ritmo mucho más lento que la evolución tecnológica. De qué me sirve a mí saber el funcionamiento del código binario si no se ni redactar una carta. Si las humanidades se aparcan, si la comprensión lectora es deficiente, la especie humana acaba en el abismo. Antes muchos chavales querían ser médicos o bomberos o profesores. Ahora muchos quieren ser famosos, salir en la tele y ya está. Jan no está alejado de nuestra sociedad. Es un producto del desquicie de la vida en la Nave Nodriza. Ésta no es más que un reflejo de nuestras vidas pero exagerado, pasado de vueltas. Es más, Jan se proyecta en la Nave Nodriza como un Ofreciente. Él, si volviera algún día –caso imposible- querría ser el dominante, el que da los vales de compra al resto de desgraciados consumidores.

Dibujas, además, toda una serie de personajes vacíos que necesitan, para seguir adelante, la dirección de un carácter superior, que hallan en la Concienciadora Shani. ¿Las personas, la sociedad, necesita siempre del lideraje y de la supervisión, de alguien o de algo que la guíe y la obligue?

Sí. La vida está abierta al misterio. Hay cosas que no se pueden explicar científicamente. Es ahí donde el fenómeno religioso juega un papel importante. No soy quién para juzgar la fe de nadie. La fe es fe y la ciencia es ciencia. Son dos líneas paralelas, sin puntos en común. Lo que sí se puede cuestionar, de todas todas, es la institucionalización del fenómeno religioso, la falacia de la iglesia y sus dogmas. En ¡Oh, Itimad, Itimad! están las dos vertientes: la razón, encarnada por el Instructor Ravi y la mística, encarnada por la Concienciadora Shani. Pero se da la paradoja de que los dos predican lo mismo: el Código General de Nave. Lo que me lleva a la conclusión, extrapolándolo a la realidad, de que la institución eclesiástica acabará devorada por el leviatán neoliberal y terminará por difundir sus propias premisas, si no lo está haciendo ya. Hace unos años, la iglesia irlandesa, con el afán de adquirir nuevos acólitos, usó la famosa imagen del Che como icono de Jesucristo. ¿Marqueting? ¿Publicidad? ¿Desesperación? Shani escoge la opción de Concienciadora para sacar adelante a su hermana Shukra al quedarse huérfanas. ¿Realmente siente lo que siente o es una impostora? Muchos sacerdotes, ¿sienten a Dios o son unos impostores? El caso de Ravi es más curioso aún porque pasa de ser racional, instruyendo a Jan en el Código como si de un profesor de ética se tratara, a venderlo como el Mesías, el Redentor. Desgraciadamente, gran parte de la sociedad, necesita líderes. Y estos están todos en la televisión: presentadores, modelos, concursantes… Al final, parafraseando al poeta Omar Jayyam: “El mundo es un grano de color en el espacio. La ciencia de los hombres es pasajera.

¿Cuál es el futuro que te gustaría describir en tus obras? ¿Vamos hacia él?

Una anarquía serena. Sin pistolas. Sin líderes venerados como a dioses. Una anarquía constructiva, colaboracionista, participativa, ecológica, sin ejército, sin banderas, sin fronteras, basada en el respeto mutuo. Una educación que no se base en la competitividad. Una sanidad pública y universal. Dejar de ver a viejitos buscando en los contenedores de basura. Desmontar la idea de crecimiento como progreso. La especie humana necesita decrecer. Borremos de nuestro vocabulario la palabra progreso. Cuánto daño hace esa palabra. Obviamente no vamos hacia ese mundo, pero quizás, algún día, nos podamos acercar. Quiero ser optimista. Debo serlo.

¿Cuáles son tus próximos proyectos? ¿Creo que me hablaste también de una novela?

A parte de Cía. Les Maniquís estoy con un monólogo y con el guión de un documental. No puedo desvelar mucho más. Tampoco hay financiación. Es como si estuviera siempre bailando en el filo de la navaja. ¡Uf! ¿Si supieras la cantidad de veces que se me pasa por la cabeza dejarlo todo? Respecto a la novela, necesito estabilizarme un poco para poder escribir con calma. Con el estómago lleno se escribe mejor.

¿Nos puedes hablar un poco de la historia de la compañía y de vuestra forma de trabajar? ¿Cuál es vuestro proceso creativo?

Una escena de Urna 321

Bueno, pues la compañía nace a finales de 2009. En realidad es una asociación cultural. El origen de todo es cosa de Núria Granell. Nos conocemos desde el 2002 más o menos. ¡Uf! ¡Cómo pasa el tiempo! Mientras yo estudiaba guión y dirección cinematográfica en el CECC, ella estudiaba interpretación en el Col·legi de Teatre. Por aquellos años intentamos fundar una compañía. Bueno, más bien continuar la que ya tenía Núria, Cia. Pendencias, si no recuerdo mal. Pero el grupo estaba blando, apenas si teníamos experiencia y la cosa naufragó a las primeras de cambio. Yo seguí con mi camino, centrado en el guión de cine y ella en el suyo, en el teatro. Ella siempre me decía de cambiar, de dar un paso hacia el teatro, pero a mí me costó mucho, soy muy cabezota. Le tengo mucho respeto al teatro y aún sigo sintiéndome como un intruso en la materia. Durante el verano de 2009 terminé Urna 321 y en cuanto Núria leyó el texto pusimos a punto la maquinaria. Hicimos un grupo: Karina Gomila, Aina Tomàs, David Blanco y Jared Grange y pudimos estrenar en el Auditori de la Farinera del Clot (23/1/10). Ahora la compañía la formamos: Núria Granell, Aina Tomàs y un servidor. Del elenco de Urna 321 repiten en ¡Oh, Itimad, Itimad! David Blanco, en el papel de Ravi y Núria Granell, en el de Chandra. Llevar a cabo ¡Oh, Itimad, Itimad! ha sido complicado. Y más teniendo en cuenta el bajísimo presupuesto del que partíamos. La ciencia ficción normalmente es cara pero con bastante ingenio se pueden solventar muchas cosas. Por ejemplo, el huevo o mini-cápsula de Jan ya estaba a medio hacer antes de empezar a escribir el texto. Contar con Javi Chamizo en la escenografía fue un gran acierto. Él también se encargó de la puesta en escena de Urna 321. Es muy imaginativo, un talento. Los bocetos de vestuario son cosa mía, los patrones son de Aleix Molinero y el trabajo de corte y confección lo llevaron a cabo Lorena Gómez y Gladys Castorseno. Un trabajo impecable, sobresaliente. En el apartado de interpretación ya tuvimos más problemas. Los ensayos empezaron en octubre del año pasado pero a partir de enero tuvimos varias bajas para un mismo personaje, Shani. La última en entrar fue Noelia Izquierdo a pocos meses del estreno. Es el mismo problema de siempre, al no tener presupuesto, los actores se han de buscar la vida y se van a mitad de proceso o bien no se quieren comprometer.
Yo parto de la idea de que el actor es inteligente, creativo y con criterio. No soporto al actor que no opina, que no aporta, que se considera un muñequito del director y mimetiza consignas a pies juntillas. En este aspecto he tenido mucha suerte, la verdad. Oriol Roca está enorme en su papel de Jan, Núria Granell y David Blanco, los padres de la criatura, hacen un trabajo realmente interesante, ellos mismos han buscado esa locura, esa histeria que emanaba del texto. Las hermanas Shani y Shukra, Noelia Izquierdo y Maialen F. Boncompte, aportan esa chispa necesaria a la obra, son una revelación. Todos, sin excepción, han creado ellos solos sus personajes. Yo apenas doy consignas, les guío un poco y ya está. Lo importante es disfrutar del trabajo, que todos participen.

¿Qué es el teatro para Cia. Maniquís?

Ensayo de ¡Oh, Itimad, Itimad!

El teatro es ese gusanito en la tripa justo antes de una función. Es un medio artístico y de comunicación directo, en tiempo real, orgánico. Yo personalmente vengo del mundo del cine y he notado cierta diferencia entre ambos mundos. El ambiente del cine es más snob, las relaciones laborales son mucho más difíciles y la censura es brutal. Un guión de cine, hasta llegar a producirse, pasa por cientos de modificaciones. Algunas acertadas, otras son simplemente censura, autocensura. Que si eso no funcionará, que si lo otro hay que suavizarlo, ahora esto me lo cambias porque lo va interpretar fulano de tal y ya sabes que… Mediocridad. Mediocridad es lo que al final se llega a producir. Es una lástima. La autocensura es mutilación. En el teatro me siento libre. Hago lo que quiero y eso no tiene valor. De todas formas adoro el cine y seguiré trabajando en guiones siempre y cuando me los paguen, claro está.

¿Por qué el género distópico en vuestras producciones teatrales? Un género, por otra parte, poco trabajado en el teatro en general, ¿no?

Pues sí. Yo todavía no he visto ningún espectáculo igual, la verdad. Alguien tenía que hacerlo. Hemos aprendido mucho, tanto en Urna 321 como en ¡Oh, Itimad, Itimad! Somos diferentes y eso está bien. Pero tenemos que seguir trabajando. No sé si nos conviene continuar en la misma línea. Ya veremos.

Utilizáis también un estilo de comedia en vuestras producciones, ¿algo que os aleja un poco del género?

Sí. Nos aleja del género en cierta medida. Buscamos un sello propio, una forma diferente de contar historias distópicas. No queremos hacer un 1984 de Orwell porque eso ya está hecho. Queremos aportar nuestro granito de arena al género, sin más. Y para ello, qué mejor que añadir un poco de sentido del humor a la cuestión. La comedia es la mayor de las tragedias. Uno se ríe del más desgraciado, siempre. De todas formas, el humor que desprende ¡Oh, Itimad, Itimad! es cruel, cínico. Nada que ver con la comedia tradicional.

¿Cuáles son vuestros referentes al trabajar en este género?

Las novelas de narrativa distópica en general (1984, de Orwell; Un mundo feliz, de Huxley; Fahrenheit 451 de Bradbury…). Por otro lado, El juego de Ender de Scott Card también me influyó mucho. Pero lo que más me ha influido, sobretodo en ¡Oh, Itimad, Itimad! fue el descubrimiento de un cómic maravilloso, sencillamente genial: “Historias de taberna galáctica” de Josep Maria Beà. A él le debo muchas ideas y reflexiones. Conecto muchísimo con sus historietas, sus dibujos y su forma de entender el futuro. Interesantísimo.

Barcelona es un buen escenario para el teatro de producción propia / de pequeño formato? ¿Halláis apoyo por parte de los teatros y las administraciones?

No. Son todo problemas. El primero: el espacio. Buscar local de ensayo es una tarea muy complicada a no ser que alquiles un local, pero para eso has de tener presupuesto. A más cerca del centro quieres ensayar (centros cívicos), más difícil te lo ponen. Hay algunos cuchitriles en centros cívicos que tienes que pagar la hora de ensayo a tres o cuatro euros. El segundo: el idioma. No pienso traducir ningún texto mío al catalán para que me den lugar de ensayo. ¿Estamos locos? Esto me ha sucedido. Soy catalán y tengo muchas cosas escritas en catalán (Urna 321, por ejemplo) pero si el texto esta en castellano se hace en castellano. Ojalá supiera inglés. Hay algo que me molesta mucho, si yo fuera de Logroño, por ejemplo, a muchos no les importaría que presentara mis proyectos en castellano pero al ser de aquí, parece que haya gente que se sienta ofendida. Yo soy producto de la inmigración de los años sesenta y cada vez veo más claro que el fenómeno de la integración que nos venden desde arriba es una falacia. ¿Integración? A mi barrio no llegó el metro hasta el 90, ¿dónde estaban los políticos que ahora hablan de ejemplo de integración? Todavía recuerdo a Jordi Pujol en un concierto de Los Chunguitos en Santa Coloma, eso sí que es dantesco, como diría Pedro Piqueras. El tercero: subvenciones. Si no eres nadie, si no tienes a nadie relativamente famoso en el elenco… pocas opciones tienes. El idioma y los temitas estrella de las instituciones (integración-racismo-malos tratos), hacen el resto. ¿Cómo vamos a pedir una subvención con ¡Oh, Itimad, Itimad!? Ni se nos pasó por la cabeza. Actualmente ensayamos en el C. Cívic Bon Pastor y estamos la mar de contentos. Nos han tratado muy bien y nos ayudan en todo. El futuro de esta ciudad está en las periferias. El centro está totalmente prostituido. Barcelona es una ciudad que tanto te da, tanto te quita. Es la apariencia en estado puro. Los teatros de la ciudad funcionan igual. Has de ser muy machacón. Ir detrás continuamente. Menos mal que está El Teatro Riereta, el Llantiol, el Ateneu Popular 9 Barris y la posibilidad de entrar en la Mostra de Teatre de Barcelona, si no, las posibilidades de estrenar un espectáculo, para alguien que empieza, son prácticamente nulas.

Habéis sido seleccionados en la Mostra Teatre Barcelona v.2.0 organizada por el Teatre del Raval. ¿Una oportunidad?

Sí. Un sitio más donde presentar la obra. Si no fuera por la Mostra ahora tendríamos un bolo menos en nuestro currículum. Has de luchar por cada bolo a muerte. Conseguir diez bolos es increíble. Un éxito total. ¿Vale la pena? Es la eterna lucha de David contra Goliat. La Mostra está muy bien pero agota. Llevar a gente al teatro lleva mucho desgaste. Tus amigos pueden venir a una función pero no repetirán. Llega un momento en el que el concurso, que durante las primeras fases va por afluencia de público y votación, deja de tener sentido. ¿Cómo voy a tirar de amigos a cada eliminatoria que pase? Es muy difícil. Aún así estamos muy contentos de haber participado.

Crítica teatral: ¡Oh, Itimad, Itimad!, en el teatre Riereta.


Iván Romero
presenta en el teatro Riereta ¡Oh, Itimad, Itimad!, la versión 2.0 de su epopeya distópica iniciada con las representaciones de Urna 321, un “des-propósito espacial” que nos habla de la humanidad del futuro, de su supervivencia y de lo que más importante aún, de sus sueños.

Del 22 al 24 de abril el teatro Riereta ha acogido las representaciones de la segunda entrega del díptico de ciencia-ficción creado y dirigido por Iván Romero e interpretado por los miembros de la compañía Les Maniquís, un intento basado en el humor y el cinismo descarado más pesimista de imaginar y reflexionar sobre la humanidad del futuro, sobre sus éxitos y sobre todo sobre sus fracasos.

Iván Romero, su director, plasma en su nueva obra, como ya avanzaba en su anterior producción, una clara desconfianza ante el porvenir de la civilización humana, que bebe de las fuentes, como ya dijimos en otro lado, de la novela de ciencia-ficción distópica género liderado por las obras de Ray Bradbury, Aldous Huxley y George Orwell. Romero nos sitúa de nuevo en un escenario abatido por la “civilización” y por las leyes y las normativas, en un ambiente opresivo que no deja lugar al espíritu humano ni a las emociones que de él dependen.

La situación se nos hace clara a los pocos minutos. Los restos de la humanidad viven en una nave nodriza en la cual, y por razones de espacio, la natalidad está controlada y el comportamiento y las emociones están prohibidas (que malas son las emociones!!); la música está erradicada ya que “hace zozobrar el alma” y, como no podía ser de otra forma, la lectura y los libros están prohibidos, como culpables de hacer pensar a la gente y hacerles ser conscientes de su estado y sus limitaciones. La unidad familiar formada por, Ravi, Chandra y Jan viven en una cápsula diminuta, expulsados de la sociedad nodriza al haber infligido las rígidas leyes de natalidad. Su triste existencia se organiza alrededor de la “buena educación” de su hijo a través del cual pretenden regresar al seno de la sociedad que les expulsó, presentándolo como un nuevo hombre, un nuevo mesías.

Siendo así, Jan se ha convertido en un auténtico autócrata familiar, absorbiendo las vidas de sus progenitores. Todo en la cápsula espacial gira alrededor de Jan hasta el punto que su misma madre se encarga de satisfacer “manualmente” sus necesidades sexuales. Todo cambiará a partir del choque con otra cápsula expulsada de la sociedad, que obliga a los ocupantes de las dos cabinas a compartir el mismo espacio. Los nuevos ocupantes de la cápsula son dos hermanas extrañas y dominantes: Shani es una concienciadora, una líder “no espiritual” de distrito con movilidad disminuida expulsada de la sociedad por su “ilegítima” relación con los libros y por haber mostrado sus propios sentimientos; Shukra, su hermana, ha sido castigada también ya que su hermana minusválida no puede valerse por sí misma. Las dos hermanas mantienen una relación de dominación entre ellas que en breve intentarán imponer a sus nuevos compañeros de cápsula.

Será aquí donde veremos el auténtico infierno que se establece en la cabina espacial, y por referencias también seremos testigos del infierno en el que vive sumida la raza humana. La vida de los ocupantes de la cápsula depende total y completamente de las normas aprendidas en la civilización “nodriza” de la que han sido expulsados. El único ser independiente, es posiblemente peor que los seres socializados, un auténtico tirano y déspota familiar que no tiene respeto por nada ni por nadie y que somete a sus padres a la voluntad cambiante de sus deseos. Aún así los roles de todos variarán con la llegada de Shani y Shukra, lo que generará una tragicomedia cínica y desvergonzada que analizará no solo hacia donde vamos sino también de donde partimos.

Romero y los integrantes de la compañía Les Maniquís nos hacen reflexionar desde el humor y el sarcasmo. Y para ello utilizan el género del “teatro distópico” (no sé si está etiqueta existía ya), algo que ya conocíamos a través de su anterior producción Urna 321. Y lo hace a través de las herramientas y los objetos y de un estilo teatral reconocible. El escenario se organiza en base a espacios configurados a través de restos de maquinaria “espacial” y de elementos industriales. Un futuro creado a través de desperdicios que nos dan una idea de la “triste” situación que atraviesa la humanidad y los componentes expulsados de ella. El vestuario combina ropajes actuales e identificativos, como en el caso de los “pañales de tela” de Jan, que nos informan también de su carácter infantil, y de las vestimentas de Ravi. A ellas se suman los atuendos excéntricos de las mujeres de la obra que a través de sujetadores-desatascadores, de peinetas y de faldas hechas en base a fregonas de tela le dan un toque distópico e irreal a la representación y en parte nos informan también de los caracteres de las féminas.

No será, sin embargo, hasta los momentos finales de la representación donde aparecerá la auténtica joya de la obra. Y ésta no es otra que la reflexión que hacen los integrantes de la cápsula sobre la vida en la nave nodriza y sobre el resort asteroidal llamado Itimad. Las dos “invasoras” espaciales, Shukra y Shani, recuerdan, durante el banquete nupcial (¡¡sí, seremos testigos de una boda!! estrafalaria, claro está) la publicidad sobre Itimad, un resort asteroidal promocionado en la nave nodriza. Ambas poseen el mismo recuerdo (exactamente el mismo) mientras que Chandra defiende su individualidad y su idea personal sobre Itimad. En definitiva, la libertad a tener sueños personales, a soñar con cosas que otros no pueden soñar, todo lo contrario a lo que quiere el Estado-nodriza. Todo un hallazgo, si señor, en la línea de la mejor ciencia-ficción, aunque en este caso sea teatral. ¿Quién pudiera controlar y dominar los deseos y los sueños de los hombres? Seguramente el sueño de los Estados, de las corporaciones y casi también de los bancos.

En el aspecto interpretativo ¡Oh, Itimad, Itimad! Es una obra sentidamente coral en la que todos los personajes aportan una parte importante al resultado final. Oriol Roca se recrea en la interpretación de un adulto-niño que no ha sabido y no ha querido crecer a costa de sus padres; Núria Granell se defiende caracterizada de madre y limpiadora de la cápsula con comportamientos esquizofrenoides en algunos momentos y David Blanco compagina su papel de patriarca atormentado y de ciudadano expulsado de la civilización pero ansioso de regresar a ella, cueste lo que cueste. Aún así, la carga de humor y de moralidad más interesante es la que se materializa tras la llegada de Shani (Noelia Izquierdo) y Shukra (Maialen F. Boncompte), la primera sobresaliente en su papel de concienciadora y guía espiritual traidora a los principios que representa y la segunda como campeona de la división de honor de tiro a la cápsula y de carácter desvergonzado y alegre, en penitencia por la caída en desgracia de su hermana.

Toda una combinación de elementos y géneros abordados desde la escasez de medios, que no de ideas y de ganas. ¡Oh, Itimad, Itimad! Es una vuelta de tuerca más de Iván Romero y la compañía de teatro Les Maniquís, sobre una temática, el futuro de la humanidad, observado desde un calidoscopio que nos ofrece muchas vistas particulares y plurales, y que nos propone una pregunta: ¿Qué pasaría si el futuro de la humanidad fuera tal que casi no valiera la pena vivirlo? ¿Qué sucedería si los vicios y los deterioros vitales y sociales de la humanidad nos encaminasen hacia un callejón sin salida? ¿Son nuestros propios sueños privados y personales la última propiedad individual que el futuro nos permitirá poseer? ¿Dónde está el resto de nuestras vidas?

¡Oh, Itimad, Itimad!” se representó en el teatre Riereta del 22 al 24 de abril de 2011.

Autor y director: Iván Romero
Intérpretes: Oriol Roca, Núria Granell, David Blanco, Noelia izquierdo y Maialen F. Boncompte
Luces y sonido: Frisco Sáez “Elfrisco”
Escenografía: J. Chamizo
Vestuario: Lorena Gómez, Aleix Molinero y Gladis Castorseno

Idioma:
castellano
Duración: 1 hora y 15 minutos

Estreno teatral: ¡Oh, Itimad, Itimad!, en el Teatre Riereta.


La compañía de teatro Les Maniquís estrena ¡Oh, Itimad, Itimad!, una nueva obra que se adentra en el análisis de la sociedad y sus comportamientos ambientada en el futuro. Un nuevo “des-propósito espacial” que supone un paso teatral adelante más en relación a Urna 321, su anterior producción de crítica distópica y social.

Chandra, Ravi y su hijo Jan malviven en una cápsula espacial no tripulada que gravita alrededor de una nave nodriza, la civilización. Un reducto de sociedad con serios problemas de superpoblación donde impera el totalitarismo del código general de nave: decálogo de normas férreas que, en el caso de ser incumplidas, condenan al infractor a vagar eternamente en el espacio.

A pesar de las penurias, Ravi no pierde la esperanza de regresar a la nave y prepara a su hijo para el improbable acontecimiento, mientras Chandra vive del recuerdo de su vida feliz junto a su anterior marido, Spica Spic, un famoso hombre anuncio fallecido en circunstancias ridículas. Jan desconoce lo que hay fuera de la cápsula. Fue su nacimiento lo que les condenó a vagar por el espacio. Su vida se limita a maltratar psicológicamente a sus padres y a hacerlos sentir culpables de su desgraciado destino.

Todo cambiará a partir de la colisión con otra cápsula, ocupada por Shani y Shukra, dos hermanas expulsadas de la nave nodriza por motivos ciertamente peculiares. Shani y Shukra rompen el equilibrio de dominados y dominante destapando el resentimiento más hondo y los odios mejor guardados. 

 

¡Oh, Itimad, Itimad! expone el problema de la educación asociado a un sistema totalmente deshumano y deshumanizado, donde todo se puede comprar, donde la escritura y la lectura son deshonrosas, donde disfrutar de la música es delictivo y llorar es mezquino porque no produce. El humanismo ha muerto. El hombre nuevo no llora, compite. No ama, compra. Las utopías no son más que estrategias de marketing. Los lugares soñados son spots publicitarios y el deseo se limita a lo material.

Itimad no es más que un asteroide en medio de la nada envuelto con el lacito de la sugestión publicitaria. Los personajes, a pesar de vivir desterrados, desean regresar a ese mundo de competitividad y vigilancia continua, escuchar promesas de ascensión social y soñar con que algún día les obsequian con poder bañarse en las playas de Itimad y disfrutar de sus atardeceres plateados.

En la nave nada está sujeto a la imaginación del individuo, todo está prefabricado. No obstante, en el destierro todo está permitido, nadie les vigila, no hay normas. ¿De qué sirve pues insistir en respetarlas? La obra explora esa especie de alienación a la moral, a la norma, a la conducta. Sólo Jan la cuestiona porque nació libre, fuera de la sociedad. He aquí la paradoja, a pesar de recibir una educación basada en el Decálogo y de tener todos los cuidados, el hijo se rebela, somete a sus padres y les hace sentir culpables de todas sus desgracias.

Explorar el concepto de rebeldía, qué hay detrás de la conducta subversiva y, en contraposición, qué hay detrás del sumiso, del que no se cuestiona absolutamente nada, es un hilo muy interesante del que estirar. El texto trata de cuestionar conceptos como la integración, la tradición, la religión e incluso pensar sobre la vida misma. Indaga en el que somete y en el sometido. ¿Qué placer oculto lleva a disfrutar del sometimiento? ¿Qué es lo que induce al ser humano a someter? ¿Qué es la culpa y cómo se gestiona?

¡Oh, Itimad, Itimad! es un texto loco, trepidante, cínico y perturbador. Un espectáculo dislocado, atrevido, un puñetazo donde más duele al espectador con un tono cómico pero desde el sarcasmo y el cinismo.

¡Oh, Itimad, Itimad!” se representará en el teatre Riereta del 22 al 24 de abril de 2011.

Autor: Iván Romero
Director: Iván Romero
Intérpretes: David Blanco, Maialen F. Boncompte, Bárbara García, Núria Granell y Oriol Roca
Producción: Cía Les Maniquís
Escenografía: Javi López
Vestuario: Aleix Molinero y Lorena Gómez
Iluminación y sonido: Frisco Sáez

Horarios: Viernes 22 y sábado 23 de abril a las 21:00 horas; domingo 24 de abril a las 19:30 horas.
Precio:
Duración: 60 minutos.