Crítica musical: Recital Una veu per a la Sibil·la, de Maria del Mar Bonet.


El pasado 4 de julio Maria del Mar Bonet actuó en el escenario del Teatre Grec de Barcelona, presentando su adaptación de el Cant de la Sibil·la, declarado el año pasado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un canto litúrgico medieval del siglo X que se representa cada año en la noche de Navidad en gran parte de las iglesias de la isla de Mallorca.

Una celebración que permitió a los espectadores que asistieron al concierto volver a gozar de la magia, de la voz y del encanto de “la Bonet”, todo un lujo acompañado, como no de un escenario sin par en la ciudad de Barcelona.

Una noche casi perfecta, y utilizo el “casi” porque en este mundo nada puede llegar a ser perfecto del todo. Maria del Marc Bonet se instaló en el escenario acompañada de su formación habitual de músicos y sin demasiados cumplidos, algo habitual en la cantante, inició un recital que, además de incluir la adaptación de “El cant de la Sibil·la” hizo un repaso por parte del repertorio isleño, punteado por la interpretación de algunos de sus éxitos, los cuales el público recibía con una ovación compartida que acompañaba los primeros acordes de cada tema y que finalizaba con un solemne e imponente aplauso final.

Temas como Penyora (Lluís Llach) Blau i sol de roses blanques (Blai Bonet y Antoni Parera Fons), La dansa de la primavera (Maria del Mar Bonet y Gregorio Paniagua), Des de Mallorca a l’Alguer (Albert Garcia /Popular Sarda), tots dos ens equivocàrem (Isidor Marí y Zülfu Livaneli) o Mons apart (Bruce Springsteen) fueron los encargados de delimitar un recorrido musical idóneo para una fresca noche de principios de julio.

Y es que (perdón, pero este inicio de parágrafo no me gusta y lo cambiaré por algo así como La música de…). La música de Bonet nos traslada con su voz a los rincones más sentimentales y conmemorativos de nuestras almas. Sus temas evocan la tierra; la sensualidad de la voz; el folclore (en el buen sentido de una palabra a veces lacerada por los usos y los sub-usos que se hacen de ella); la resistencia de la memoria ante el olvido impuesto por las exigencias de lo nuevo; la historia; el frescor recalentado del tomillo y del romero y del Mediterráneo y de la supervivencia exhausta de sus pobladores (hombres y mujeres, animales y plantas) decididos a perdurar en el tiempo sean cuales sean las condiciones.

Ya sabía yo, y disculpen de nuevo, que la reseña del recital se me iba a encaminar, un poco al menos, hacia lo poético, pero no he podido evitarlo, teniendo en cuenta que la voz de “la Bonet” se entremezclaba con uno de los escenarios más bucólicos y líricos de que dispone Barcelona, el Teatre Grec, y que obliga al espectador, aún sin quererlo, a realizar un viaje en el tiempo para revivir la sensación que los antiguos griegos experimentarían a la hora de deleitarse, por ejemplo, con la representación de las tragedias de Eurípides o las comedias de Aristófanes. Toda una experiencia musical que une lo antiguo con lo moderno, lo viejo con lo nuevo y la tierra con el cielo.

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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez

Crítica literaria: El usurpador del Imperio, de Rosemary Sutcliff.


Como si se tratara de un itinerario marcado en cada una de sus etapas por indicativos de color, el estreno el pasado 8 de abril del film La legión del águila, la versión cinematográfica de la novela El águila de la Novena legión escrita por Rosemary Sutcliff, nos ha permitido a muchos conocer la obra literaria de esta autora británica especializada en la ficción histórica ambientada en época romana y medieval.

De esta forma, y en referencia al itinerario arriba indicado, la lectura de la primera novela de la saga dedicada a la historia de la familia Aquila, nos lleva directamente a la crítica del segundo capítulo de la serie titulado en castellano El usurpador del Imperio (1957) y nos dispone a completar el trabajo con la futura lectura y reseña de Los guardianes de la luz (1959), la tercera y última novela que cierra la trilogía Aquila, ambas obras publicadas también por editorial Plataforma.

Centrémonos, pues, en este segundo capítulo, El usurpador del Imperio, que nos traslada de nuevo a la historia de la Britania romana, en este caso a una etapa un poco más avanzada, para recuperar la historia de la familia de los Aquila descendiente de aquel Marco que en tiempos del emperador Trajano consiguió retornar (recuerden que solo según la leyenda, que no la historia) a territorio romano el emblema de la legión desaparecida, la IX hispana, caída, según la tradición, ante un ataque de las fieras tribus del norte.

El usurpador del Imperio nos sitúa unos 150 años después de las hazañas narradas en la primera novela, esto es, entre los años 286 y 293. El imperio está pasando por uno de los peores periodos de su historia, conocido como la Crisis del siglo III o el período de la Anarquía militar, durante la cual la autoridad imperial central se hundió agredida tanto por las amenazas exteriores, materializadas por el inicio de las invasiones germánicas a gran escala por Europa y el desafío persa en Oriente y por los problemas internos entre los cuales las continuas usurpaciones del poder y los enfrentamientos entre los diferentes emperadores y sus rivales al trono, llevaron al Imperio casi a una situación de colapso.

Y es en este ambiente en el que se mueve la novela que se centra en las aventuras de Tiberio Lucio Justiniano (Justino) y Marcelo Flavio Aquila (Flavio) dos primos lejanos pertenecientes a dos linajes que derivan del creado por aquel Marco Aquila de la primera novela. Justino, un joven cirujano militar es trasladado a Britania para servir a las órdenes de Carausio, un usurpador que de alguna forma ha conseguido si no la plena aceptación por parte de los coemperadores Diocleciano y Maximiano, si su reconocimiento “temporal” ante la situación de total inseguridad en la que vive el imperio. Al llegar a su nueva destinación Justino conocerá a Flavio, un familiar del que se hará amigo inseparable a lo largo de la novela.

Ambos protagonistas descubrirán una conspiración tramada contra Carausio desde la oficialidad de sus tropas liderada por su lugarteniente Alecto, el cual, con la ayuda de los sajones, pretende hacerse con el poder en la isla. Aunque Flavio y Justino consiguen alertar al propio Carausio lo único que obtienen es una nueva destinación en uno de los fuertes defensivos de la muralla de Adriano lejos del cuartel general romano en Britania.

El asesinato de Carausio y la usurpación de Alecto les obligará a abandonar las filas del ejercito para salvar sus vidas y les llevará a formar parte de una organización clandestina que pretende ayudar a todos aquellos que se oponen a las injustas y duras medidas impuestas por el nuevo emperador y por sus secuaces y bárbaros aliados sajones, trabajando en la sombra con el objetivo de favorecer la llegada de las tropas lideradas por el césar Constancio Cloro y enviadas desde Roma para recuperar el control de la isla .

Sutcliff nos introduce con la segunda novela de la saga en una época no demasiado conocida por el lector habitual de novela histórica y por ello arriesgándose en la elección de la trama. Hemos de olvidarnos en estos momentos de la Roma del Alto Imperio y situarnos a finales del siglo III, en los inicios del Bajo Imperio, en el cual las grandes figuras imperiales como Augusto, Nerón o Trajano hacía ya mucho tiempo que habían desaparecido y el imperio se encaminaba hacia una etapa en la que el absolutismo y el militarismo se imponían a marchas forzadas. Es por ello que nos topamos con usurpadores, pueblos germanos e incluso coemperadores. No hemos de olvidar que Diocleciano, el emperador y hombre fuerte del momento intentó durante su reinado establecer un estructura imperial conocida como la Tetrarquía con la cual pretendía sustituir la figura única del emperador por un sistema en el que coexistían dos emperadores sénior o Augustos y dos emperadores junior o Césares que se dividían el territorio dominado por Roma. De aquí que no nos extrañemos de que en la novela se cite a más de un emperador compartiendo al mismo tiempo el poder. Una situación, como ven, muy alejada de la clásica Roma de los Julio-Claudios.

El usurpador del Imperio nos ofrece, pues, una aventura de dos jóvenes militares en un mundo roto que comienza a dirigirse hacia el caos político que llevó al final de la Edad Antigua. Un centurión y un cirujano que se verán obligados a abandonar el ejército y trabajar para, podíamos decir, la “resistencia” favorable a Diocleciano y Maximiano. Sutcliff nos ofrece una trama interesante que nos permite transitar por una Britania amenazada por los germanos y en la que queda bien plasmado la situación de crisis política y militar (por no decir económica y social) que vivía el Imperio por aquel entonces.

Podríamos decir que Sutcliff mezcla dos géneros en El usurpador del Imperio: la novela negra y policiaca que le permite inmiscuirse en los tejemanejes políticos y militares por los que atravesaba Roma en la segunda mitad del siglo III. Muy interesante, en este aspecto, la trama que crea la autora en relación a las luchas de poder ya fueran entre Roma y Britania (Diocleciano/Constancio Cloro y Carausio/Alecto) como a las propias de la isla (conspiración de Alecto en contra de Carausio). Este género negro también le sirve para crear la trama principal que convierte a Flavio y Justino en dos “fuera de la ley” que trabajan a favor del poder central romano. Todo ello se envuelve en un ámbito temporal de novela histórica extraño y difícil, sí, pero que no por eso carece de la grandiosidad y la épica propia de unos tiempos que aunque desconocidos (o no tan familiares para muchos) obligaron a sus protagonistas a reinventar y reestructurar una experiencia vital y política materializada en Roma y su imperio existente desde hacia ya más de 1.000 años y que sobreviviría, al menos, 250 años más.

Y de ejemplo que sirvan dos botones (como se dice coloquialmente). El primero de ellos es la ligazón que la autora lleva a cabo para enlazar la primera novela de la saga con la segunda. Aunque el tema está en el aire a lo largo de todas sus páginas (no olvidemos que Justino y Flavio son descendientes de Marco Aquila), el descubrimiento del emblema de la IX legión Hispana ocultado en el hipocausto de la casa familiar de los Aquila en Calleva y la reintroducción del mismo en la unidad militar reclutada por los dos protagonistas es todo un acierto narrativo.

Aunque, y a estas alturas de la reseña me veo obligado a hacer aparecer la parte más sentimental de mi persona, la última escena en la que se produce la conflagración final entre los ejércitos de Alecto y Constancio Cloro y la lucha que le sigue en el centro de la ciudad de Calleva en la que Justino y Flavio intentan salvar a su población del ataque y del saqueo de las huestes sajonas en retirada casi hicieron saltar las lágrimas de emoción al que estas líneas redacta. Pocas veces he notado ese “sentido de la historia” tan a flor de piel durante la lectura de una novela histórica: brillante y apasionante.

Aunque la novela no esté a este tan alto nivel a lo largo de todas sus páginas y se haga notar la no formación histórica de su autora, pues esquiva y trata muy de pasada algunos aspectos de la trama que se podrían abordar de una forma mucho más interesante y palpitante, El usurpador del Imperio es una buena muestra de la pluma de una autora especializada en las sagas ambientadas en la Roma imperial y en los primeros tiempos del Medievo, o lo que es lo mismo, un seguro de disfrute para aquellos que quieran proseguir la historia iniciada por Marco Aquila en El águila de la novena legión, llevada a la pantalla grande en el año 2010 de la mano de Kevin Macdonald y estrenada en nuestro país en abril de este mismo año.

Título: El usurpador del Imperio
Autora: Rosemary Sutcliff
Editorial: Plataforma
Colección: Novela HistóricaHistórica
Fecha de publicación: octubre de 2009
ISBN: 978-84-96981-64-5
Páginas: 315
Precio: € 19.95

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Escrito por: Jorge Pisa Sánchez